Hoy 26 de Septiembre, León XIV Riggitano-Prévost, acompañado de su cardenal Jean-Marc Aveline y el arzobispón de París Laurent-Bernard-Marie Ulrich George, hizo una pausa de reflexión en silencio ante la “Escalera de los Mártires”, en el Instituto Católico de París (antiguo convento carmelita descalzo).
Aquí, el 2 de Septiembre de 1792, 116 de los 172 sacerdotes y religiosos encarcelados desde el 10 de Agosto por negarse a prestar el juramento revolucionario (entre ellos los obispos Juan María du Lau d’Allemans, Francisco José y su hermano Pedro Luis de La Rochefoucauld-Bayers) fueron conducidos al patio después de dos juicios farsa en la sacristía presididos por el juez de paz Joachim Ceyra y el comisario Jean-Denis Violette, y asesinados a disparos, golpes de picas y sables. Tal fue el procedimiento durante las Masacres de Septiembre que transcurrieron por los siguientes cinco días. Ellos fueron beatificados por el Papa Pío XI Ratti el 17 de Octubre de 1926.
Menos de 24 horas antes, en su discurso ante las autoridades laicas francesas y el cuerpo diplomático en el Palacio del Elíseo después de reunirse con el presidente Emmanuel Macron Noguès, Riggitano-Prévost elogió los avances de la Ilustración masónica y calificó el famoso lema de la Revolución Francesa, «libertad, igualdad y fraternidad», como «exigencias éticas universales» que encuentran también en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración y realización».
Lo que el Gato Bob y otros (como el recién “beatificado” Fulton Sheen del cual tanto se ufanan los neoconservadores y lo refriegan en la cara a todo mundo como niño malcriado con juguete nuevo) desconocen y/o pasan por alto es que ese lema mentiroso venía con la disyuntiva «O la muerte» para los enemigos (reales o supuestos, daba igual) del sistema que la Revolución pretendía imponer, por lo que ese lema no tiene origen alguno en el Evangelio, sino en las mismas cábilas del Infierno que atizaba a los revolucionarios.
Lema que aún resuena hoy como entonces, y tallado, verbigracia, en el ayuntamiento de Troyes.
Por algo está escrito: «¿Acaso una fuente echa por el mismo caño agua dulce y agua amarga? O ¿puede, hermanos míos, una higuera producir uvas, o la vid higos? Así tampoco la fuente salada puede dar el agua dulce» (Santiago III, 11-12 / Versión de Mons. Félix Torres Amat).





A él le caen las palabras de Nuestro Señor:
ResponderEliminar«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos después que vuestros padres los mataron, y decís: “Si hubiéramos vivido en tiempo de vuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la muerte de los profetas”; con lo que en verdad dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de los que mataron a los profetas y aprobáis los atentados de vuestros padres; porque si ellos los mataron, vosotros edificáis sus sepulcros. Acabad, pues, de llenar la medida de vuestros padres» (cf. Mt. 23, 29-32; Lc. 11, 47-48).
Para esa gracia, mejor hubiera pasado de largo.
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