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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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miércoles, 13 de mayo de 2009

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE FÁTIMA


Nuestra Señora del Rosario de Fátima (en la parte inferior los pastorcitos)

Hoy, 13 de Mayo, celebramos el aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora de Fátima. Por eso tengo a bien contaros la historia y los mensajes de esta aparición de la Bienaventurada Virgen María.


¿DÓNDE QUEDA FÁTIMA?

Fátima es una parroquia situada en la diócesis de Leiría, perdida en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a 100 kms. al norte de Lisboa y casi en el centro geográfico de Portugal, Fátima tiene a su alrededor, en un radio de cerca de 25 kms., algunos de los monumentos más elocuentes y simbólicos de la historia portuguesa: el castillo construido por Don Alfonso Enríquez en Leiría, cuyas imponentes ruinas, altas murallas y fuertes y bellos torreones, se yerguen en la cumbre de una colina de 113 metros de altura; el grandioso Monasterio de la Batalla el cual, con sus amplios salones, soberbios arbotantes, pináculos y ornamentos, es ciertamente la más bella joya de la arquitectura medieval del país; el convento-fortaleza de Tomar, antiguo cuartel general de los templarios lusitanos y más tarde de la Orden de Cristo; no muy distante, circundada por murallas medievales y asentada sobre un cerro que domina la vasta planicie, la encantadora villa de Ourém, con sus estrechas y accidentadas laderas, ruinas góticas y lienzos de muralla del viejo castillo del señor feudal; por fin, construida en el austero y elegante estilo gótico, la gran abadía cisterciense de Alcobaça, una de las mayores de Europa que, en sus días de gloria fue centro de fervor religioso y de gran cultura, dando cabida a más de mil monjes. No muy distante de Fátima, hacia el océano, se encuentra el varias veces centenario pinar de Leiría, plantado por el rey Don Dionís en plena Edad Media. En el paisaje de la región predominan las colinas desnudas y pedregosas, salpicadas de encinas, viéndose aquí y allí pueblos de casas blancas, brillantes a la luz del sol y en los valles, algunos bosques de olivos, robles y pinos. Fue este escenario bucólico, tranquilo y denso en recuerdos, el escogido por la Madre de Dios para transmitir al mundo una de las más graves profecías de la Historia. Palabras venidas del Cielo, cargadas de advertencias, de misericordia y de esperanza.


UN DOMINGO COMO LOS DEMÁS PARA LOS TRES PASTORCITOS

Transcurría la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y sangrienta guerra de las naciones, hacía más de tres años que extendía sus campos de batalla por casi toda la Tierra. Sin embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían distantes para tres pastorcitos. Se trataba de Lucía de Jesús dos Santos, la mayor, con 10 años; Francisco y Jacinta Marto, con 9 y 7 años, respectivamente. Después de asistir a Misa en la iglesia de Aljustrel, caserío de la parroquia de Fátima, donde residían, salieron en dirección a la sierra y allí juntaron su pequeño rebaño de ovejas castañas y blancas. Lucía, al escoger el lugar de pastoreo para el día, dijo con aire de mando:— Vamos a las tierras de mi padre, en la Cova de Iría (Cueva de Irene). Obedeciendo, los otros pusieron en marcha las ovejas, y allí fueron los tres atravesando los matorrales que cubrían la Sierra de Aire. Los animales iban arrancando lo que encontraban a su alcance, y sus cencerros sonaban tristes en el silencio de la mañana clara. Era un bello domingo ese 13 de mayo, ¡mes de María! En el cielo límpido y translúcido, el sol se mostraba en todo su esplendor.El tiempo había pasado sereno y entretenido. Los pastorcitos ya habían comido su merienda, compuesta de pan de centeno, queso y aceitunas; habían rezado el Rosario, junto a un pequeño olivo que el padre de Lucía había plantado por allí. Cerca del mediodía, subieron a una parte más elevada de la propiedad y comenzaron a jugar…


Beatos Francisco y Jacinta Marto


PRIMERA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN


Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado? Pero Lucía, siempre con cierto tono imperativo, ordenó:— Vengan, que puede venir una tormenta. — Pues vamos, dijo Jacinta. Juntaron el rebaño y lo condujeron descendiendo hacia la derecha. A medio camino entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante, vieron un segundo relámpago. Con redoblado susto, apresuraron el paso continuando el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la «Cova» cuando se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios. Según las descripciones de la Hermana Lucía, era «una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran los ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo decir con certeza! El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies que envueltos por una tenue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. «Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. [Como] único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal». Lo que ocurrió a continuación es así relatado por la Hermana Lucía: «Estábamos tan cerca, que quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que irradiaba. Tal vez a un metro y medio de distancia, más o menos. Entonces, Nuestra Señora nos dijo:— No tengáis miedo, no os haré mal.— ¿De dónde es Vuestra Merced? le pregunté.— Soy del Cielo.—¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?— Vengo a pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos, los días 13 y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí aun una séptima vez. —¿Y yo también voy a ir al Cielo? — Sí, irás. —¿Y Jacinta? — También. —¿Y Francisco? — También, pero tiene que rezar muchos rosarios. Me acordé entonces de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y [frecuentaban] mi casa [para] aprender a tejer con mi hermana mayor. —¿María de las Nieves ya está en el Cielo?— Sí, está. ¿Y Amalia? —Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores? —Sí, queremos. —Vais, pues, a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo. Fue al pronunciar estas últimas palabras 'la gracia de Dios, etc.', cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa, como el reflejo que de ellas procedía, que, peñerándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que como nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior también comunicado, caímos de rodillas y repetimos interiormente: Oh, Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento. Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió: —Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra. Enseguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba abriendo un camino en la obscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo». Después que la Aparición se eclipsó en la infinitud del firmamento, los tres pastorcitos permanecieron silenciosos y pensativos, contemplando durante un largo rato el cielo. Poco a poco, fueron despertando del estado de éxtasis en que se encontraban. A su alrededor, la naturaleza volvió a ser lo que era. El sol continuaba fulgurando sobre la tierra, y el rebaño, esparcido, se había echado a la sombra de las encinas. Todo era quietud en la sierra desierta. La celestial Mensajera había producido en los niños una deliciosa impresión de paz y de alegría radiante, de frescura y libertad. Les parecía que podrían volar como los pájaros. De cuando en cuando, el silencio en que habían caído era interrumpido por esta jubilosa exclamación de Jacinta:— ¡Ay, qué Señora tan bonita! ¡Ay, qué Señora tan bonita! En ésta, como en las demás apariciones, la Virgen Santísima habló sólo con Lucía, mientras que Jacinta solamente oía lo que Ella decía. Francisco, sin embargo, no la oía, concentrando toda su atención en verla. Cuando las dos niñas le relataron el diálogo arriba transcrito, y la parte que se refería a él, se llenó de gran alegría. Cruzando las manos sobre su cabeza, el niño exclamó en voz alta:— ¡Oh, Señora mía! ¡Rosarios digo cuantos queráis! Los pastorcitos se sentían otros. Sus almas estaban ligeras y alegres.Ya los envolvían las penumbras del atardecer, mientras en la sierra se oían los ecos de las campanas tocando el Ángelus. Recogiendo sus ovejas, los tres niños abandonaron aquel sitio bendito. En el silencio del anochecer, que iba cubriendo las sierras, «se oía el sonido ronco del cencerro, y los pasos menudos del rebaño, camino abajo, eran como llovizna de verano en hojas secas...»

SEGUNDA APARICIÓN: 13 DE JUNIO DE 1917

El día señalado para la segunda aparición, los videntes se encontraron en Cova de Iría, donde ya se aglomeraban cerca de 50 curiosos, entre hombres y mujeres. Inmediatamente antes de que Lucía hablase con Nuestra Señora, algunos observaron que la luz del sol disminuyó, a pesar de que el cielo estaba despejado. A otros les pareció que la copa de la encina, cubierta de brotes, se curvaba como si soportase un peso. Y, según un testigo ocular, los circunstantes habrían oído algo como «una voz muy aguda, como un zumbido de abeja». La Hermana Lucía describe así lo sucedido: «Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco, y las demás personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba (lo que llamábamos relámpago); y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina, igual [que en la aparición] de mayo. —¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? -pregunté. —Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días, y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.Lucía pide la curación de un enfermo.— Si se convierte, se curará en el transcurso del año.— Quería pedirle que nos llevara al Cielo.— Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace, le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por mí para adornar su trono. —¿Y me quedo aquí sola? —No, hija. ¿Y tú sufres mucho con eso? No te desanimes. Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios. Al decir estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de la Santísima Virgen había un Corazón rodeado de espinas que parecían clavárseles por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres, que pedía reparación». Poco a poco, esa visión se desvaneció ante los ojos maravillados de los tres pastorcitos. La Señora, siempre resplandeciente de luz, comenzó entonces a elevarse del arbusto y, subiendo suavemente por el camino luminoso que su brillo incomparable parecía abrir en el firmamento, se retiró hacia el este, hasta desaparecer. Extasiados, los videntes la siguieron con la mirada, y Lucía gritó a los circunstantes:— Si la quieren ver, miren... va más para allá... Algunos que se encontraban más próximos notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección apuntada por Lucía, como si las ropas de la Señora, rozándolas al partir, las hubiesen arrastrado y doblado. Sólo después de algunas horas volvieron a su posición normal.Una vez desaparecida por completo la visión. Lucía exclamó:— ¡Listo! Ahora ya no se ve; ya entró en el cielo; ya se cerraron las puertas. El público allí presente, aunque no hubiese visto a Nuestra Señora, comprendió que acababa de pasar algo extraordinario y sobrenatural. Algunos comenzaron a arrancar ramitas y hojas de la copa de la encina, pero enseguida fueron advertidos por Lucía para que tomasen sólo las de abajo, que la Santísima Virgen no había tocado. En el camino de vuelta a casa, todos iban rezando el Rosario en alabanza de la Augusta Señora que se había dignado descender del Cielo hasta aquel perdido rincón de Portugal...


TERCERA APARICIÓN: 13 DE JULIO DE 1917

Era un viernes el día en que se daría la tercera aparición de Nuestra Señora. Lucía, que hasta la tarde del día anterior estaba resuelta a no ir a la Cova de Iría, al aproximarse la hora en que debían partir, se sintió de repente impelida por una extraña fuerza, a la que no le era fácil resistirse. Fue a buscar a sus primos, que se encontraban en el cuarto, de rodillas, llorando y rezando:— Entonces ¿no vais? Ya es la hora.— Sin ti no nos atrevemos a ir. Vamos, ¡ven!— Pues yo ya iba...— Los tres niños se pusieron en camino. Al llegar al lugar de las apariciones se sorprendieron con la multitud que había acudido —más de dos mil personas— para presenciar el extraordinario acontecimiento.Según el Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, en el momento en que la Santísima Virgen apareció, una nubecita cenicienta flotó sobre la encina, el sol empalideció y una brisa fresca comenzó a soplar, aunque fuese pleno verano. En medio del silencio profundo de la gente, se oía un susurro como el de una mosca en un cántaro vacío. Es la Hermana Lucía quien narra lo que entonces sucedió: «Vimos el reflejo de la luz como de costumbre y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la pequeña encina.— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?-pregunté. — Quiero que vengáis el 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el Rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella los podrá socorrer.— Quería pedirle que nos dijera quién es y que hiciera un milagro con el que todos crean que Vuestra Merced se nos aparece.— Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver, para que crean. Entonces hice algunas peticiones [de parte de varias personas]. Nuestra Señora dijo que era necesario que rezasen el Rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó diciendo:— Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: ¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».

* Primera parte del secreto:

«Al decir estas últimas palabras —narra la Hermana Lucía— abrió de nuevo las manos como en los dos meses anteriores. El reflejo [de los rayos de luz] pareció penetrar la tierra, y vimos como un mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevados por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados —semejante al caer de las chispas en los grandes incendios— sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor (Debe haber sido ante esta visión que solté aquel 'ay', que dicen haberme oído exclamar). Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.»

* Segunda parte del secreto:

«Asustados y como pidiendo socorro, levantamos los ojos hacia Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:— Visteis el Infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar. Pero, sí no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados. Si atienden mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe, etc. Esto no se lo digáis a nadie. A Francisco, sí, podéis decírselo. Cuando recéis el Rosario, decid después de cada Misterio: ¡Oh! Jesús mío, perdónanos, sálvanos del fuego del Infierno, lleva nuestras almas al Cielo, especialmente a aquellos que más lo necesitan. Se siguió un instante de silencio, y pregunté:— ¿ Vuestra Merced no quiere nada más de mí?— No, hoy no quiero nada más de ti. Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este, desapareciendo en la inmensa lejanía del firmamento». Se oyó entonces, de acuerdo al Sr. Marto, una especie de trueno que indicaba haber terminado la aparición.


CUARTA APARICIÓN: 15 DE AGOSTO DE 1917

Habiendo sido secuestrados y mantenidos tres días bajo vigilancia por el Administrador de Ourém, que a toda costa —y en vano— deseaba arrancarles el secreto confiado por la Virgen, los tres videntes no pudieron comparecer a la Cova de Iría el día 13 de agosto, cuando se daría la cuarta aparición de la Santísima Virgen.Según el testimonio de algunas de las numerosas personas que acudieron al lugar, poco después del mediodía se oyó un trueno, más o menos como las otras veces, al cual siguió el relámpago y, enseguida, todos comenzaron a notar una pequeña nube, muy leve, blanca y muy bonita, que sobrevoló unos minutos sobre la encina, subiendo después hacia el cielo y desapareciendo en el aire. Los rostros de los presentes brillaban con todos los colores del arco iris; los árboles no parecían tener ramas y hojas, sino sólo flores; el suelo y las ropas de las personas también estaban del color del arco iris. Nuestra Señora parecía haber venido, pero no encontró a los pastorcitos.Leamos ahora el relato de la Hermana Lucía sobre la cuarta aparición de la Madre de Dios:«Andando con las ovejas, en compañía de Francisco y de su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que la Santísima Virgen nos fuese a aparecer, y teniendo pena de que Jacinta quedase sin verla, pedimos a su hermano Juan que la fuese a llamar. Mientras tanto, vi con Francisco el reflejo de la luz, a la que llamábamos relámpago y, llegada Jacinta un instante después, vimos a Nuestra Señora sobre una encina.— ¿Que quiere Vuestra Merced de mí?— Quiero que continuéis yendo a Cova de Iría el día 13 y que continuéis rezando el Rosario todos los días. En el último mes haré el milagro para que todos crean.— ¿ Qué quiere Vuestra Merced que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría?—Haced dos andas; una llévala tú con Jacinta y dos niñas más vestidas de blanco; la otra, que la lleve Francisco con tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Lo que sobre es para ayudar a una capilla que debéis mandar construir.— Quería pedirle la curación de algunos enfermos. — Sí, curaré a algunos en el transcurso de este año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: — Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas». Tras pronunciar estas palabras, la Virgen María se retiró, como en las veces anteriores, en dirección hacia levante. Durante largos minutos los pastorcitos permanecieron en estado de éxtasis. Se sentían invadidos por una alegría inigualable, después de tantos sufrimientos y temores. Por fin, cuando fueron capaces de moverse y caminar, cortaron algunas ramas del arbusto sobre el cual había rozado la túnica de Nuestra Señora y los llevaron a casa. ¡Allí pudieron sentir que los mismos exhalaban un delicioso y magnífico perfume! Eran las «ramitas donde la Virgen Santísima puso los pies»...


QUINTA APARICIÓN: 13 DE SEPTIEMBRE DE 1917

A lo largo de las sucesivas apariciones de la Santísima Virgen en Cova de Iría, había ido aumentando el número de los que en ellas creían. Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más. Narra la Hermana Lucía:«Al aproximarse la hora, fui allí con Jacinta y Francisco, entre numerosas personas que nos hacían caminar con dificultad. Los caminos estaban apiñados de gente. Todos querían vernos y hablar con nosotros, pidiendo que presentásemos a Nuestra Señora sus necesidades. [...]Llegamos por fin a Cova de Iría, junto a la encina, y comenzamos a rezar el Rosario con la gente. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a la Santísima Virgen sobre la encina. [Nos dijo:]— Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día. — Me han encargado que le pida muchas cosas: la cura de algunos enfermos, de un sordomudo.— Sí, a algunos curaré, a otros no. En octubre haré un milagro para que todos crean.Y comenzando a elevarse, desapareció como de costumbre». Según el testimonio de algunos espectadores, con ocasión de esa visita de la Santísima Virgen, como en las otras veces, sucedieron diversos fenómenos atmosféricos. Observaron «a la aparente distancia de un metro del sol, un globo luminoso que en breve comenzó a descender hacia poniente y, de la línea del horizonte, volvió a subir en dirección al sol». Además, la atmósfera adquirió un color amarillento, verificándose una disminución de la luz solar, tan grande que permitía ver la luna y las estrellas en el firmamento; una nubecita blanca, visible hasta el extremo de la Cova, envolvía la encina y con ella a los videntes. Del cielo llovían como flores blancas o copos de nieve que se deshacían un tanto por encima de las cabezas de los peregrinos, sin dejarse tocar o coger por nadie. Aunque breve, la aparición de Nuestra Señora dejó a lo pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

SEXTA Y ÚLTIMA APARICIÓN: 13 DE OCTUBRE DE 1917

Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal. Cerca de las once y media, aquel mar de gente abrió paso a los tres videntes que se aproximaban, vestidos con sus trajes de domingo. Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió: «Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. — ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? — Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas. — Quería pedirle muchas cosas. Si curaba a unos enfermos y convertía a unos pecadores... — A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados. Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido. Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol». Habiendo la Santísima Virgen desaparecido en esa luz que Ella misma irradiaba, se sucedieron en el cielo tres nuevas visiones, como cuadros que simbolizaban los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario. Junto al sol apareció la Sagrada Familia: San José, con el Niño Jesús en los brazos, y Nuestra Señora del Rosario. La Virgen vestía una túnica blanca y un manto azul. San José estaba también de blanco y el Niño Jesús de rojo. San José bendijo al pueblo trazando tres veces en el aire una cruz, y el Niño Jesús hizo lo mismo. Las dos escenas siguientes fueron vistas sólo por Lucía. Primero, vio a Nuestro Señor, transido de dolor en el camino del Calvario, y la Virgen de los Dolores, sin la espada en el pecho. El Divino Redentor también bendijo al pueblo. Por fin apareció, gloriosa. Nuestra Señora del Carmen coronada Reina del cielo y del universo, con el Niño Jesús en brazos. Mientras los tres pastorcitos contemplaban los personajes celestiales, se operó ante los ojos de la multitud el milagro anunciado. Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: «¡Miren el sol!». Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a «bailar». Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones. Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zigzag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zigzag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días. El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: «¡El milagro, los niños tenían razón!». Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas. El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones. Nuestra Señora de Fátima, «¡misterioso don del Cielo! En la hora [...] de los hombres en guerra, en la hora del pensamiento y del sentimiento religioso en crisis por el error, por los desvíos de la razón, por la incredulidad, por la ignorancia, por la frivolidad; por el libre pensar de muchos y por la irreligiosidad de tantos; [...] por las dudas, inquietudes, titubeos, perplejidades, indiferencias, apatías. En tal hora trágica, ante la perspectiva del naufragio en las tinieblas, en la anarquía, en la disolución, ¡desciende del Cielo la boya salvadora! ¡Ahí está Ella, toda Ella, en una esfera luminosa de brillante polvo de oro! Sus pies de rosa se posan en una rústica encina, en lo alto de una sierra árida, y sus labios divinos se mueven para hablar con una inocente pastora. Es hermosa y suave; dulce y triste. ¡Sobre su figura cae tanta luz blanca que sus vestidos quedan blanqueados, y sobre ellos brilla tanto el sol que centellean! [...]Apareció en su propio mes. Mayo florido, mayo fecundo de las simientes en tierras preparadas y labradas. Apareció en la hora fuerte del medio día, hora que anima el suelo; hora de milagro, que transporta las almas.»

TERCER SECRETO DE FÁTIMA

La Virgen le dijo a Lucía: "Ve hija, di al mundo lo que pasará cuando se aproxime la fecha del número de la bestia (06 - 06 -06): pues los hombres están siendo dirigidos por el demonio, sembrando odio y cizaña por todas partes. Los hombres fabrican armas mortales que podrán destruir al mundo en minutos. La mitad de la humanidad podrá ser horrorosamente destruida. Habrá conflictos entre órdenes religiosas. Dios permitirá que todos los fenómenos naturales como el humo, el granizo, el frío, el agua, el fuego, las inundaciones, los terremotos, el tiempo inclemente,desastres terribles y los inviernos extremadamente fríos, acaben con la tierra poco a poco. Estos fenómenos naturales sucederán de todas maneras antes del año 2002 y seguirán de ahí en adelante. No podrán sobrevivir, los faltos de caridad hacia el prójimo y los que no se amen unos a otros como mi Hijo les ha amado. Muchos desearán haber muerto, pues millones perderán la vida en segundos. Los castigos que están frente a nosotros, en la Tierra, son inimaginables, pero vendrán, no hay duda. Dios ayuda al mundo, pero todo aquel que no de testimonio de fidelidad y lealtad hacia El, será destruido en forma irremediable" El Padre Agustín, quien reside en Fátima, recibió permiso del Papa Paulo VI, para visitar a la hermana Lucía. El padre Agustín expresa que ella lo recibió muy acongojada y le dijo: "Padre, Nuestra Señora esta muy triste por que nadie ha tomado interés en su profecía de 1917. Así, mientras los buenos tienen que seguir por un camino estrecho; los malos van por un camino amplio que los lleva directamente a la destrucción y créame padre que el castigo vendrá muy pronto. Muchas almas pueden perderse y muchas naciones desaparecerán de la Tierra. Pero en medio de todo esto, si los hombres reflexionan y llevan a cabo buenas acciones, el mundo podría tal vez, ser salvado. En caso contrario si insisten en proseguir sus maldades e inmoralidades; el mundo se podría perder para siempre. Ya ha llegado el tiempo para todos de transmitir el mensaje de Nuestra Señora a sus familiares, a sus amigos y al mundo entero. Estamos cerca del último minuto,del último día y la catástrofe se aproxima. ¿QUE NOS ESPERA? En todas partes se habla de paz y seguridad, pero el castigo vendrá. UNA GUERRA SIN SENTIDO PROVOCARÁ UNA DESTRUCCIÓN NUCLEAR. Esta guerra podría destruir todo. La oscuridad caerá entonces sobre nosotros durante 72 horas (3 días) y la tercera parte que sobreviva a estas 72 horas de oscuridad y sacrificio; empezará a vivir en una nueva era. Será gente buena. En una noche muy fría, 10 minutos antes de la media noche, UN GRAN TERREMOTO sacudirá la tierra durante 8 horas. Los buenos y los que propaguen la profecía de la Virgen de Fátima, NO DEBEN TEMER. ¿QUÉ HACER? La madre Lucía, dice que la Virgen pide: "No salgan de su hogar y no dejen a nadie extraño entrar en el. Por que solo lo bueno no estará en poder del mal y sobrevivirá a la catástrofe" La madre Lucía, prosigue según lo que se le ha revelado:Para que ustedes se preparen y puedan permanecer con vida, como hijos míos que también son; les daré las siguientes señales:La noche será muy fría. Soplarán fuertes vientos. Habrá angustia y en poco tiempo empezará un terremoto que hará temblar fuertemente la Tierra. En casa, cierren puertas y ventanas y no hablen con nadie que no esté dentro de ella. No miren hacia fuera, no sean curiosos, pues esa será la ira del Señor. Enciendan velas, ya que por tres días ninguna otra luz podrá alumbrar. El movimiento será tan violento que moverá la tierra 23 grados y luego la regresará a su posición normal. Entonces vendrá una absoluta y total oscuridad que cubrirá la Tierra entera. Todo espíritu maligno andará suelto haciendo mucho mal a las almas que no quisieron escuchar este mensaje y a los que no quisieron arrepentirse. Todo estará oscuro y aparecerá en el cielo una gran cruz mística, para recordarnos el precio que su Hijo pagó por nuestra redención. El Señor protegerá la propiedad de los elegidos. La madre Lucía sigue relatando lo que la Virgen le confió: Imploren lo siguiente: "Oh Dios perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno y lleva al cielo todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia". Aquellos que crean mis palabras y lleven el mensaje a los demás, no deberán temer nada en el Gran Día del Señor. Hablen a todas las almas ahora que hay tiempo. Los que callen ahora, se harán responsables por ese gran número de almas que se pierdan por ignorancia. Cuando la Tierra ya no tiemble, aquellos que todavía no crean en nuestro Señor, morirán horriblemente. El viento traerá gas y lo regará por todas partes. Entonces saldrá el Sol. Puede que muchos vivan después de esta catástrofe. No olviden que si esto es un castigo de Dios, entonces es santo y que, una vez comenzado, no deben mirar hacia fuera, por ningún motivo, ya que Dios no quiere que ninguno de sus hijos vea cuando castiga a esos pecadores.


martes, 12 de mayo de 2009

LAMENTABLE

Tomado de SANTA IGLESIA MILITANTE
En cuanto a lo siguiente, como escribe otro Blogger que linkeamos al final, esperamos al respecto ser unos brutos, ignorantes, ineptos, incapaces e incompetentes; aspiramos a estar entendiendo mal, y que con el tiempo se aclare todo.
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Por una parte, los medios están pidiendo más sangre Cristiana para la sinagoga de Satanás y acusan al Papa de no pedir perdón por el anti semitismo, lo cual a priori habla bien, en parte, de este pontificado y lo distancia del precedente, propenso al ambiguo mea culpa.
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Sin embargo, el Papa, que no es infalible en todo, con sus dichos y actos en este viaje, los que de por sí bastan para un análisis pormenorizado que nos supera, pareciera enmarañarse en las redes de aquellos que odian a la Iglesia, y que siempre impíamente le pedirán estar más enredado en ellas.
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Con dolor decimos que este viaje papal está muy lejos de lo que esperábamos. Y lo lamentamos.
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Y un rumor apocalíptico y esperanzado nos llama a levantar las cabezas, pues se acerca nuestra liberación.
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Ver que están publicando al respecto:
Secretum Meun Mihi ¿La Iglesia desistirá a un mandato de su jefe?
Radio Cristiandad día negro y El papa habría aceptado paralizar las misiones en Israel y entre los judíos

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA Y LOS DEBERES DEL PROPIO ESTADO DE VIDA

Traducción del artículo publicado por fray Thomas McGlynn OP en la revista Vision of Fátima, año de 1949 (tomado de AGE OF MARY).
  
LOS DEBERES DE ESTADO
 
«¡Cumple tu deber y todo marchará bien!» (Papa San Pío X)
  
Nuestra Señora del Rosario dijo en Fátima:
  • «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Recordad que muchas almas van al Infierno porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas».
  • «Ellos deben enmendar sus vidas, pedir perdón por sus pecados. No ofendáis más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido».
  
Este es el mismo triste, pero dulcemente persistente llamado oído en Lourdes hace muchos años: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!». Esta es la misma Madre que lloraba en la montaña de La Salette en 1846: «Si mi pueblo no quiere someterse, yo me veo forzada a dejar caer el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y tan pesado, que ya no puedo sostenerle». Seguramente la Madre de Dios se quejaría solamente de una cosa, y es el pecado.
 
¿Cuáles eran los pecados que la hacían llorar? El trabajo en los domingos, tomar el Nombre de Dios en vano, y no guardar las leyes eclesiásticas sobre el ayuno y la abstinencia. Ella dijo “Mi pueblo”, los campesinos de la Francia Católica —no los francmasones, herejes o ateístas—. ¿Qué eran estos pecados? Las violaciones de los Mandamientos de Dios y su Iglesia que se convirtieron en un modo de vida para estas pobres gentes: «Los que conducen carros no saben jurar sin poner en ello el nombre de mi Hijo». ¿Qué es más habitual que el tomar el Nombre de Dios en vano? ¿Trabajar los Domingos? ¿Violar la abstinencia de la Iglesia? ¡Seguramente estos pecados no “lastiman” a nadie! No, a nadie… sino a Dios y su Madre.
 
Atiende a las palabras dirigidas por Sor Lucía al Obispo de Leiría en 1943. La queja es todavía la misma, y más clara no puede ser:
«El buen Dios se queja amarga y dolorosamente por el pequeño número de almas en Su gracia que están dispuestas a renunciar a todo lo que la observancia de Su Ley requiere de ellos. Esta es la penitencia que el Señor pide ahora: el sacrificio que toda persona tiene que imponerse a sí misma para llevar una vida justa en observancia de Su Ley. Muchos piensan que la penitencia consiste en la práctica de grandes austeridades, y como no tienen ni la fuerza ni la generosidad para sobrellevarlas, se desalientan y caen en una vida de indiferencia y de pecado. Nuestro Señor me dijo: “El sacrificio requerido de cada persona es el cumplimiento de sus deberes de estado y la observancia de Mi Ley. Esta es la penitencia que ahora busco y demando”». (Sor Lucía de Fátima, Carta del 28 de Febrero de 1943)
  
Estas palabras son el significado de Fátima. Todo lo demás (el Rosario, la Consagración, la Devoción al Inmaculado Corazón de María, los Primeros Sábados) son medios a un fin. El Rosario no es un tiquete automático para la salvación eterna. Si conscientemente seguimos llevando una vida mundana y pecaminosa, si los misterios del Rosario no significan nada en nuestras vidas, ¿qué bien podemos hacer a nosotros mismos o a otros? ¿No seríamos sino contados entre estos falsos devotos que, como dice San Luis María de Montfort, «rezan muchos Rosarios, pero atropelladamente, [...] sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones» (Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen Santísima, 96)? No, la enmienda de la vida es la esencia e importancia de Fátima, la “penitencia” entendida como guardar los mandamientos de Dios y cumplir los deberes propios del estado de vida. Muy poco atractivo y nada emocionante, ¿cierto? Y quizá es por eso que perdemos el barco.
  
Los sacrificios inherentes al llevar una familia, en trabajar honestamente cada día, en mantener inviolados los votos matrimoniales, y practicar la castidad de acuerdo al propio estado; vencer el respeto humano cuando significa vivir nuestra Fe en una sociedad pagana, adherir intransigentemente a los estándares eclesiales de la modestia mariana, evitar las personas, lugares y cosas que nos sean ocasión de pecado, incluyendo lo que hoy en día llaman “recreación”, en fin, los cientos de “sacrificios” que Dios pide de nosotros en la simple vivencia diaria de nuestra Fe Católica. Estas son las “cosas pequeñas” que actualmente son obras heroicas, cosas que nos santifican y purifican mucho mejor que lo harían el cilicio y el flagelo. Esta es la “sustancia” de la cual se hacen los mártires.
  
En la simplicidad del mensaje de Fátima, es grandemente de temer que muchos no lo entiendan, o no lo quieran entender. Rusia no se ha convertido, y estamos lejos, muy lejos de la paz mundial [Para cuando se redactaron estas líneas, Pío XII no había realizado la Consagración de Rusia que la convertiría a la paz, consagración que se realizó en 1952. Y en cuanto a la “paz mundial”, ni hablar N. del T.]. Los pedidos de Nuestra Señora ho han sido contestados, a pesar de los millones que han prometido rezar el Rosario y vestir el Escapulario carmelita. Quizá pudiéramos ser más optimistas, millones habrían enmendado sus vidas. «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?» (Palabras de Nuestra Señora a los pastorcitos, 13 de Mayo de 1917). Si tu respuesta es SÍ, recuerda lo que Nuestra Señora pidió a todos sus hijos… penitencia.
  
Dice Nuestra Señora a Lucía:
«Jesús quiere usarte para hacerme conocida y amada. Él quiere establecer en el mundo la Devoción a mi Inmaculado Corazón. Yo prometo salvar a todos los que la abracen, y sus almas serán amadas por Dios como flores puestas por Mí para adornar Su trono» (Segunda Aparición, 13 de Junio de 1917).
 
Tenemos que mirar honestamente a Fátima. No es lo que queremos que sea, sino lo que Dios planeó que fuera: «Mis pensamientos no son los vuestros, ni vuestros caminos son los míos, dice el Señor» (Isaías LV, 8).
  
Dios ha provado la verdad de Fátima con grandes milagros. Debemos aceptar la verdad o correr el riesgo de rechazar la gracia. Si encontramos que nuestro modo de pensar es distante a lo que Dios ha hecho saber en Fátima, será mejor que revisemos prontamente nuestro pensamiento. A nadie le gusta pensar en el Infierno; la Justicia divina es un atributo atemorizante que fácilmente ignoramos; la penitencia es perturbadora; la devoción al Inmaculado Corazón de María puede ser una novedad innecesaria; la discusión sobre Rusia puede ser imprudente; el Rosario algo monótono; y los Cinco primeros Sábados ser excesivamente matemático. Pero todo eso está en el mensaje de Fátima, y debemos ponerlo en práctica y entenderlo si queremos aceptar lo que Dios nos ha dicho a través de las apariciones en Fátima con la potente voz de los milagros y profecías.
 
Fátima es, primeramente, un llamado angustioso al mundo para que abandone el pecado. La enormidad de la rebelión de la humanidad contra Dios y la infinita aversión que Dios tiene al pecado forman el fundamento del mensaje de Fátima. Entonces Él le da al pecador la esperanza en la revelación de que aceptará el arrepentimiento hecho a través del Inmaculado Corazón de María. Fátima manifiesta los atributos peor entendidos de Dios: la justicia y la misericordia.
   
Los tres niños de Fátima vieron el Infierno. La visión no fue para su instrucción o advertencia, sino para nosotros; la Virgen Santísima les aseguró que ellos serían salvos. El acento del Infierno es tremendo. Es la primera parte del Secreto de Fátima; es la razón para el resto de las revelaciones. Nuestra Señora pasó a hablar de los castigos temporales con los que el mundo sería visitado si los hombres no enmiendan su vida. Los hemos visto llegar: guerra, hambre, persecución de la Iglesia, la destrucción de muchas naciones. De las palabras de Nuestra Señora debemos temer incluso mayores aflicciones a menos que cambie la conducta humana. Pero definitivamente perdemos “el significado espiritual de las cosas” si pensamos que Nuestra Señora vino a Fátima a decirnos cómo evitar una Tercera Guerra Mundial, o cómo convertir a Rusia, o cómo obtener tranquilidad en nuestra vida terrena. ¡Ella vino a decirnos cómo evitar el Infierno!
   
Los castigos temporales son secundarios; son castigos que extrañamente nos impresionan más que el Infierno. Pero todo el deramamiento de sangre, muerte, y desesperación de mil guerras no pueden igualar el desastre de la condenación de una sola alma. Y la condenación no es simplemente un posible mal que puede llegar si no hacemos lo que dijo Nuestra Señora de Fátima; hay actualmente clamando innumerables almas que no cumplieron, y ahora no podrán cumplir, el propósito de su existencia. Las apariciones de Fátima intentan detener esta devastación. Venga o no la guerra; es un mal, en últimas, sólo en la medida que lleve al único mal final, la pérdida de las almas.
  
«Visteis el Infierno, donde van a parar las almas de los pecadores», le dijo la Virgen Santa a Lucía. Este es el primer punto del mensaje de Fátima. Somos libres, hemos abusado de nuestra libertad, estamos en peligro de caer eternamente, debemos arrepentirnos. «No ofendáis más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido», dijo Nuestra Señora a Lucía mientras 70.000 personas vieron al Sol girar y caer.
   
En la aparición del mes de Agosto, dijo: «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Muchas almas se pierden porque no hay quien se sacrifique por ellas». En cada aparición Ella urgía a los niños al sacrificio, y para su sacrificio les presentó dos motivos: la reparación de las ofensas contra la Divina Majestad, y la conversión de los pecadores. En la aparición de Julio, Ella les enseñó una oración que pidió rezar cada vez que se ofrezca un sacrificio: «Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María». Los niños respondieron con excepcionales obras de penitencia. Estamos llamados también a hacer penitencia, haciendo al menos los sacrificios necesarios para cumplir nuestros deberes.
  
Si el énfasis que hace el mensaje de Fátima sobre el peligro del Infierno y la necesidad de la penitencia es molesto, hay pocas consideraciones que puedan rectificar nuestro juicio. Nadie puede entender a cabalidad la gravedad del pecado porque debe ser medido por la santidad del Dios al que ofende el pecado. El apelo de Nuestra Señora en la colina de Fátima no es diferente al mandato de Nuestro Señor en otro monte:
«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, y amplio es el camino que lleva a la destrucción, y son muchos los que van por él» (Mateo VII, 13).
  
El fuego del Infierno no puede extinguirse por nuestra indiferencia a él; ni la justicia divina ser alterada por nuestra falla para entenderla. «Escuchad, pues, ¡oh casa de Israel!: ¿es Mi proceder el que no es justo, y más bien no es perverso vuestro camino?» (Ezequiel XVIII, 25). Debemos admitir el misterio y aceptar los hechos de la justicia divina y el castigo eterno. El crimen de no buscar el Cielo es muy grande. Es mucho mejor aterrarse ahora del Infierno y evitarlo, que ignorarlo ahora y descubrirlo después de morir. «¿Para qué perecer vosotros, oh casa de Israel?» (Ezequiel XVIII, 31).
 
«Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón». Esto resume la segunda parte del Secreto de Fátima. La advertencia del Infierno y los castigos en la tierra manifiestan la justicia divina, pero también es una expresión de la misericordia de Dios. La misericordia de Dios se manifiesta más claramente en la revelación del Inmaculado Corazón. La devoción al Inmaculado Corazón de María no es nueva. Fue practicada por Nuestro Señor: El Corazón de María fue honrado con su primer milagro. Fue la afectuosa consideración del corazón de Nuestra Señora por la pareja de esposos en Caná lo que la inspiró a fin de que Nuestro Señor convirtiera el agua en vino. El corazón de María es el símbolo de su amor. Amor que es sin mancha de ninguna clase, sin la menor traza de egoísmo. En una palabra, es Inmaculado.

El Ángel Gabriel honró el Inmaculado Corazón de María cuando la saludó como “Llena de Gracia”, porque la gracia es compartir la vida de Dios, y la vida divina en el alma cristiana es activa por medio de la caridad, que es el amor. El Inmaculado Corazón es el pleno florecer de la gracia que Dios le otorgó a su Madre en su Inmaculada Concepción.
 
Siempre hemos sabido que la Bienaventurada Virgen tuvo una íntima coparticipación en la obra de la Redención, y Dios quiere que por medio de ella los frutos de la redención se distribuyan a las almas de los hombres. Sabemos por Fátima que Dios desea que honremos el Corazón de Su Madre, o, dicho de otra manera, honremos a Su Madre, o Corredentora, por el título de su amor, su Inmaculado Corazón.

El Inmaculado Corazón de María sufrió por causa del pecado. En Fátima, ella le mostró a Lucía su corazón rodeado de espinas. Dios nos ha dicho ahora, por medio de las apariciones de Fátima, que podemos hacer reparación a Él si reparamos el dolor que le hemos causado a Ella. El Corazón que recibió la plenitud de participación en la vida divina, que conoció los afectos de una madre para con Jesucristo durante los años en Nazaret, que fue atravesado por la agonía de verle morir, que le honra en el Cielo más de lo que pudiera el resto de la creación, ahora es proclamado gloriosamente por Él a través de Fátima. El Señor desea establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. No debemos discutir la temporalidad o conveniencia de la devoción al Inmaculado Corazón; debemos esforzarnos en humilde oración para adquirirla.
  
Este es sustancialmente el significado de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima. Hay otros detalles, de hecho, pero los detalles no deben oscurecer la esencia del mensaje de Fátima, específicamente: nuestra propia salvación, la conversión de los pecadores, la expiación de nuestros pecados, y el que Dios quiere que honremos el Corazón de Su Madre.
  
Los otros detalles tienen que ver con el medio de honrar el Inmaculado Corazón de María y con las sanciones divinas de esta devoción: los castigos que se siguen si la oferta misericordiosa de Dios es despreciada y se ignora la devoción al Inmaculado Corazón de María. El primer medio declarado en Fátima para rendir homenaje al Inmaculado Corazón es el Rosario, que ciertamente es la oración favorita de Nuestra Señora, y no es difícil encontrar la razón para ello: el alma del Rosario es meditar los misterios de la Encarnación, Pasión redentora y glorioso Triunfo de Nuestro Señor. Es su oración favorita porque representa en nosotros a Nuestro Señor.
  
La devoción de las Comuniones Reparadoreas de los Cinco Primeros Sábados fue dada a conocer e insistida a lo largo de tres apariciones distintas a Lucía. Ello ha simplificado el modo en el cual podemos cumplir las demandas de Fátima. Y fue hecha una gran promesa: nos ha asegurado la ayuda necesaria para la salvación si realizamos una serie de actos devotos con la intención de hacer reparación a Dios por el pecado a través del Inmaculado Corazón de María. La petición no es vaga; es definida. De esta definición puede derivarse el descanso de alcanzar una seguridad de que hemos atendido el llamado de Fátima. Se nos pide que recibamos los sacramentos de la Confesión y la Santa Comunión (la Confesión puede hacerse la semana antes o después) el primer Sábado de cada mes durante cinco meses seguidos; y, en los primeros Sábados, rezar un tercio [cinco decenas del Rosario, que tiene quince] y, aparte del Rosario, pasar quince minutos meditando uno o más misterios del Rosario.
   
Nuestra Señora anunció en Fátima que Rusia esparciría sus errores por todo el mundo y que el resultado serían guerras y persecución a la Iglesia. Esto no significa qur Rusia sea el enemigo de la paz; en cambio significa que Rusia es —inconscientemente, de hecho— el instrumento de la justicia divina. El enemigo de la paz no es Rusia, si no el pecado, que abunda en todas las fronteras.
  
Nuestra Señora de Fátima ha profetizado absolutamente que un día Rusia se convertirá y que un período de paz le seguiría. No hay indicación en su mensaje que esto se logrará antes de otra guerra. Fátima no debe ser malentendida como una simple garantía de paz. La paz un día llegará; su arribo se acelerará si los hombres se arrepienten y honran el Corazón de María. Si no lo hacen, el mundo continuará sufriendo los castigos de la justicia divina.
  
Pero el triunfo del Inmaculado Corazón de María en tu alma y en la mía, y en el alma del hombre en la tienda de ultramarinos, o de la mujer que cruza la calle en el tranvía, o la del niño en el salón de clases, o la del ejecutivo en su escritorio, no tiene que esperar la consagración de Rusia; sólo espera la consagración individual a Dios en penitencia y reparación por el Corazón de María.

viernes, 8 de mayo de 2009

ALGUNOS ERRORES DE LA LLAMADA RENOVACIÓN CARISMÁTICA "CATÓLICA"

Visto y Tomado de Semper Fidelis
“Los jefes, los conductores del pueblo de Dios, han desdeñado la oración y la penitencia y el diablo les ha ofuscado la inteligencia; se han transformado en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola, para hacerlos perecer (...) los espíritus de las tinieblas difundirán por todas partes un relajamiento universal para todo lo que se relacione con el servicio de Dios; adquirirán un enorme poder sobre la naturaleza; habrá iglesias al servicio de esos espíritus”. Nuestra Señora de la Salette
  
 
Creo que la mayoría de los seguidores de la llamada Renovación Carismática Católica -RCC- son sinceros, aunque engañados por y en la RCC, en sus posiciones. Sería conveniente leer los propios libros de la RCC, para comprender como ese movimiento, nacido de errores pentecostales protestantes se distancia, y se opone a la doctrina católica. Por ejemplo, leer lo que está escrito en el libro Los Carismas cuyos autores son teólogos famosos y favorables a la RCC. Vease como en ese libro se confiesa que la RCC es de origen protestante:
“Damos por supuesta una continuidad entre el neopentecostalismo católico y el pentecostalismo protestante de los años 1900, bien como entre éste y el «revivalismo» americano del siglo XIX”. Esa continuidad es verificable y declarada (aunque relativizada en la declaración). (Claude Gérest et allii, en Los Carismas; ensayo “La Hora de los Carismas”, en Revista Concilium, 1977, Número 109. Ed. Vozes, Petrópolis, p. 16).
Y aún:
“Una larga historia de oposición a las herejías, a las tendencias sectarias, a los abordajes místicos, a las utopías mesiánicas modeló la actual faz de la Iglesia. Esa, esa Iglesia está marcada por la preponderancia de la institucionalización sacramental, cuyo elemento organizador es el ministerio sacerdotal o episcopal. El poder eclesiástico se concentra en las manos de los que se impusieron plenamente en el funcionamiento de la institución al punto de renunciar a la fundación de una familia y, hasta una fecha reciente, al ejercicio de una profesión (...) Entre la institucionalización y la interioridad no existe termino medio”. (Editorial de la Revista Concilium, N° citado, pág. 3)

¿Se entienden bien esos textos? En ellos se declara:
  1. Que la RCC tiene claramente origen protestante;
  2. Que la RCC se opone -sin termino medio- a las autoridades de la Iglesia institucional (Papa, Obispos, Sacerdotes), colocando énfasis en los carismas místicos, y no en la organización de la Iglesia, como institución.

En esa misma revista, el Padre Christian Duquoc afirma:
“El Dios del Nuevo Testamento trajo innovaciones, si se compara al Dios manifestado en el Antiguo Testamento. El Dios de Jesús no es un legislador, sino un Padre. Perdona sin exigir compensaciones; perdona porque, siendo los hombres sus hijos, los ama. En compensación, los hombres son fieles a él, no para evitar el castigo infligido por un Juez, sino porque es su Padre. Así la religión según el orden de la Ley es substituida por un lazo familiar irracional” (Christian Duquoc O. P. “Los carismas, formas sociales del carácter imprevisible de la gracia” En Carismas, ed. cit. Pág. 94).
  
Se entiende bien lo que escribió ese sacerdote: Dios nada exigiría en compensación del pecado. Ahora bien, Cristo nos dice que “si no hiciereis penitencia pereceréis todos del mismo modo”. (Lucas, XIII, 5).

Y aún explica el Padre Duquoc que “El Espíritu Santo no estipuló que se manifestaría únicamente por la mediación de las instituciones eclesiales, o por los sacramentos” (op. cit., pág. 95). ¿Comprendemos lo que ahí se dice? Que el Espíritu Santo no asiste sólo a la Iglesia, y sólo en la Iglesia. Se comprende que lo que ese sacerdote quiere enseñar es que no es necesario ser católico para tener la gracia y los carismas del Espíritu Santo. Y que la RCC se opone a las autoridades es reafirmado por el Padre Duquoc, en el libro citado, diciendo: “Ejercer un ministerio en la Iglesia es un carisma, no un derecho, en el sentido atribuido hoy...” (Op. cit., pág. 100)... Traduciendo: está afirmando que la autoridad ministerial en la Iglesia, hoy, es atribuida por el Derecho Canónico al Papa, Obispos y Sacerdotes, pero que, de hecho, debería ser atribuida a los que tienen un carisma. Se ve bien que, cuando a alguien le inculcan que la RCC no está contra las autoridades, en la Iglesia, le están ocultando algo, ya que los teólogos de la RCC quieren dar el poder a quien dice tener carisma. Y en la RCC cualquier “hijo de vecino”, muchas veces sin la más mínima instrucción religiosa, aparece de la noche a la mañana con carismas imponiendo las manos. Por eso, si una mujer es quien tiene carisma, ellos son favorables a que ella tenga la autoridad, y sea ordenada sacerdotisa, contra todo lo establecido por N. S. J. C. y que siempre han enseñado y determinado los Papas, Juan Pablo II, inclusive.
“Excluir a las mujeres del acceso al ministerio sería, de hecho, volver a legalizar el carisma. Sería crear una ley según la cual se determinase que los seres humanos, en razón de su sexo -una condición natural, por lo tanto- son a priori, excluidos de cualquier apropiación por el Espíritu Santo, en vista de ayudar a la comunidad de forma ministerial o sacerdotal. No es el carisma que hace brotar aquí, lo institucional, sino que es lo institucional que limita el carisma” (C. Duquoc., op. cit., pág. 100. El negrito es mío)....
 
Y hasta la Eucaristía es negada por esos seudoteólogos carismaticos de la RCC:
“«Tomad y comed... esto es mi cuerpo. Tomad y bebed... esta es mi sangre». Ahora, es forzoso reconocer, para la casi totalidad de los laicos esas palabras no tienen un sentido inmediatamente perceptible; este sentido no es en sí ni estimulante ni entusiasmante. Tomadas al pié de la letra, vemos inmediatamente cuánto comportan de peligros de equívocos, pues evocan casi siempre, aún que a título simbólico, magia y antropofagia” (Paul Abela, “Celebrar la Eucaristía y poner manos a la obra” En revista cit, pág. 106)...
  
Esta aclaración se alarga, aunque se podrían dar muchas otras pruebas de las herejías de los teólogos de la Renovación Carismatica Católica, por hoy, quedemos aquí. Espero que se reflexione. Y que no nos engañemos por el hecho de que en muchos casos aún no se enseñen explícitamente esas herejías en el grupo carismático que cada uno frecuenta. Ellos acostumbran a destilar sus errores gota a gota, lentamente.

ORLANDO FEDELI
 
“Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán” (Mateo XXIV, 5).

domingo, 3 de mayo de 2009

EXPASTOR: “EL DEMONIO ES PROTESTANTE” (Testimonio de mi conversión al Catolicismo)

Por Luis Miguel Boullón, tomado de APOLOGÉTICA CATÓLICA.
 
“El Demonio es protestante” , fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.
  
“AL PRINCIPIO ERA EL VERBO”
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer. No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente. Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.
 
PRIMERA CONFESIÓN DE MALA FE
Yo aprovechaba –Dios me perdone– de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina. Otra cosa que solía hacer –me avergüenzo al recordarla– era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones. En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
  
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar. Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
  
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante. Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
  
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga. En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
   
En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M... comencemos desde el principio”. Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y...”. Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia! “Pastor Boullón”, me dijo luego, “no avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico”. Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó: “Sí... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!”. “Pero Cristo les respondió con la Biblia...”. “Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca”.
 
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, 11-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”. Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: “Pero también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido. Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto! Creo que fue la plática más saludable de mi vida.
 
LA TÁCTICA DEL DEMONIO
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban. Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado. Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí –creo– brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús –respondió Pablo– y te salvarás tú y toda tu casa”.
 
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio. Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo: “¿Continuará la lectura de San Pablo?”. “Ya terminé, Padre M.”. “¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32”. Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”. “Entonces la fe...”. “La fe... la fe... la fe es lo que salva”. “¡Vaya novedad!”, me dice riendo. ¡No sé bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse”. “¿Salvarse?”. “Sí.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...”. “...”. “No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (cap. II). Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos”. Ahí tiene usted la respuesta completa”. Me acompañó hasta la puerta y me dijo: “Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica –sólo una me basta– en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia”. Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.
 
“SÓLO LA BIBLIA”
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”. Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición. Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.
 
EL PAGO DEL MUNDO
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”. Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban. Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio –pensaba– me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones. Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.
  
Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención. Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella. Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
  
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía. Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento. Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.
  
MI QUERIDO AMIGO SE DESPIDE
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón! El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos. Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba –si tenía sentido– desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad. Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía –jamás dio muestras de sufrir– y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo. Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia. Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.
  
Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba. Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció. Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!”, les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones. Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M., quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe
    

ROMA... MI DULCE HOGAR
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión. Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado. A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.
  
Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada. Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto –por superficiales y emocionales– de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!
   
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Nota del editor: Muy pronto presentaré más testimonios de fe y conversión.

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


San Constantino y Santa Elena (icono griego)

Hoy 3 de Mayo, celebramos la Exaltación (o Hallazgo) de la Santa Cruz.


Tal vez os preguntéis: ¿Por qué se honra a la Cruz? La respuesta es que se recuerda la batalla del Puente Milvio (Roma), ocurrida en el año 312 A.D., donde Constantino enfrenta al tirano Majencio en una batalla cuya victoria se cree imposible a causa de la magnitud del ejército enemigo. Una noche, el emperador había visto la Cruz de Cristo en el cielo, y sobre ella estaban escritas estas palabras: "In hoc signo vincis" (CON ESTE SIGNO VENCERÁS). Al día siguiente, Constantino mandó pintar en los escudos de sus soldados el signo de la Cruz y sustituyó el águila imperial de sus estandartes con la Cruz; y, en efecto, derrotó totalmente al tirano Majencio, y fue proclamado como la autoridad máxima del Imperio Romano. De vuelta a la ciudad, averiguado el significado de la Cruz, Constantino se hizo bautizar en la religión Católica y mandó edificar muchas iglesias.


Visión de San Constantino (Fresco de un monasterio croata)
 

Su madre, Santa Elena, en agradecimiento de este favor de Dios, dispuso se hiciesen búsquedas en Jerusalén para dar con la verdadera Cruz. En el año 324 comenzaron las búsquedas. Una vez en la ciudad sagrada, Elena (que tenía ochenta y dos años) mandó llamar a los más sabios sacerdotes de los judíos, los interrogó y logró hallar el lugar donde se encontraba la Santa Cruz. Dióle tristeza y rabia a ella que el Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo estuviese lleno de tierra y sobre él un templo dedicado a la inmoralidad. La emperatriz ordeno demoler aquel edificio infame y limpiar la cueva. Descubriéronse tres cruces (la de Jesús y las de los malhechores que fueron crucificados con Él), pero no había forma de diferenciarlas porque la Cruz de Nuestro Señor no tenía el título (los judíos decidieron durante el siglo II retirar la inscripición). Recurrieron a un milagro para conocer con certeza cuál era aquélla de la que pendiera el precio de nuestra redención. Y para descubrir cuál era la verdadera cruz donde falleció Cristo, colocó una a una las cruces sobre personas enfermas, e incluso muertos, que se curaban o resucitaban al tocar la cruz que había sido la de Cristo. Santa Elena y san Constantino hicieron construir la Basílica del Santo Sepulcro, donde la guardaron.


Santa Elena encuentra la Cruz



A partir de ahí nace la veneración a la Santa Cruz, ya que Santa Elena murió rogando a todos los que creen en Cristo que celebraran la conmemoración del día en que fue encontrada la Santa Vera Cruz.

Mucho después, en el año 614, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén y, tras la victoria, se llevó la Santa Vera Cruz y la puso bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión Católica (es de saber que Cosroes era pagano).

Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio I lo venció definitivamente en el año 628. Poco después, en una ceremonia celebrada el 14 de Septiembre de ese año, la Santa Vera Cruz regresó a Jerusalén, llevada en persona por el emperador a través de la ciudad.


MEDITACIÓN SOBRE TRES CLASES DE PERSONAS QUE ENCUENTRAN LA CRUZ


I. Algunas personas se empeñan en evitar las cruces, pero sin poder lograrlo: son los pecadores y los voluptuosos. Siempre en busca de placeres, no encuentran en su camino sino tristeza y aflicción de espíritu. ¿Por qué esto? Porque el hombre que no busca a Dios jamás está contento; sus deseos y sus pasiones lo atormentan, Y Dios mismo se complace en enviarle sufrimientos para desasirlo de las creaturas y volverlo a Él. El pecador no puede ser dichoso, porque donde no hay virtud no hay verdadera dicha. (Salviano).

II. Otros hay que buscan las cruces y las mortificaciones y que, en efecto, las encuentran. Es lo que sucede a los que comienzan a servir a Dios; no tienen todavía bastante valor ni suficiente amor de Dios que les haga encontrar dulces y agradables las aflicciones: sienten aún las asperezas y la amargura ¡dichosos si continúan en este arduo ejercicio de la mortificación sin desanimarse!

III. Las almas santas buscan las cruces con diligencia, pero no las encuentran. San Francisco Javier las deseó en aumento progresivo; pidió Santa Teresa padecer o morir; y, como San Pablo, superabundaron de gozo en medio de sus aflicciones. Es que el prolongado sufrimiento, su amor a Dios y el consuelo que el Señor difunde en sus almas, los hace felices en este mundo mientras ellos buscan la felicidad del cielo. Persiguen la dicha y ya son dichosos; la buscan y ya la encontraron. (San Euquerio).

ORACIÓN A LA SANTA CRUZ

Dios todopoderoso, que habéis padecido la muerte en el Árbol de la Cruz por nuestros pecados, acompañadme.

Santa Cruz de Jesucristo, sed mi esperanza.
Santa Cruz de Jesucristo, tened piedad de mí.
Santa Cruz de Jesucristo, rechazad de mí toda arma cortante.
Santa Cruz de Jesucristo, derramad sobre mí todo bien.
Santa Cruz de Jesucristo, descartad de mí todo mal.
Santa Cruz de Jesucristo, haced que alcance el camino de la salud.
Santa Cruz de Jesucristo, preservadme de accidentes corporales y temporales.
Que adore la Santa Cruz de Jesucristo por siempre.

Jesús de Nazareth crucificado, tened piedad de mí, y haced que el espíritu maligon y nocivo huya de mí por todos los siglos. Amén.

En honor de la Preciosa Sangre de Jesucristo, en honor de su Encarnación, por donde puede conducirnos a la vida eterna, tan cierto como que Jesucristo nació el día de la Natividad, y fue crucificado el Viernes Santo, y resucitó al tercer día el Domingo de Pascua. Amén.

viernes, 1 de mayo de 2009

MAYO, MES DE MARÍA SANTÍSIMA

Sobre la Bienaventurada Virgen María, se pueden establecer cinco grandes verdades (dogmas):

1. María es la Madre de Dios (Theótokos). Esta verdad ha sido definida en el Concilio de Éfeso (431 A.D.), y se sustenta en el hecho de que Jesús nuestro Señor es Hijo de Dios e igual al Padre y al Espíritu Santo. El texto original dice: "Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios".

Como este dogma tenía gran aceptación popular, durante la procesión de los obispos, los habitantes de Éfeso cantaron "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén."; y se hicieron desde entonces miles de imágenes donde se muestran a Jesús y a María Santísima. Estas imágenes son conocidas entre los ortodoxos como Theótokos (Madre de Dios).



Santa María Madre de Dios (Theótokos)



2. María es Virgen antes, durante y después del parto (Virginidad Perpetua). A los ojos de los herejes, es imposible, pero "Para Dios no hay nada imposible" (Lucas I, 37). Además, la Santísima Virgen nunca tuvo relaciones con san José. Esta doctrina fue propuesta por el patriarca san Ignacio de Antioquía en el siglo II, que afirmó: "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen,... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2). Y en el Concilio II de Constantinópolis (533 A.D.) se declaró la veracidad de este postulado.

3. María fue concebida sin mancha de pecado original (Inmaculada Concepción). Aclaro que cuando hablamos del dogma de la Inmaculada Concepción no nos referimos a la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado. El dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir María es la "llena de gracia" desde su concepción.

Los Padres se referían a la Virgen María como la Segunda Eva (cf. I Cor. 15:22), pues ella desató el nudo causado por la primera Eva.

Justino (Diálogo con Trifón, 100),
Ireneo (Contra los Herejes, III, XXIII, 4),
Tertuliano (De carne Christi, xvii),
Julio Firm cus Maternus (De errore profan. relig XXIV),
Cirilo de Jerusalén (Catequesis, XII, 29),
Epifanio (Hæres., LXXVIII, 18),
Teodoto de Ancira (Or. in S. Deip n. 11),
Sedulio (Carmen paschale, II, 28).

También se refieren a la Virgen Santísima como la Absolutamente pura San Agustín y otros. La iglesia Oriental ha llamado a María Santísima la "Toda Santa".


En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Nápoles y luego en Inglaterra.Hacia el año 1128, un monje de Canterbury llamado Eadmero escribe el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción donde rechaza la objeción de San Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana.


La castaña, escribe Eadmero, «es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos». Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».Los grandes teólogos del siglo XIII presentaban las mismas dificultades de San Agustín: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado.


El franciscano Juan Duns Escoto (beato), al principio del siglo XIV, inspirado en algunos teólogos del siglo XII y por el mismo San Francisco (siglo XIII, devoto de la Inmaculada), brindó la clave para superar las objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. El sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso: Cristo la redimió preservándola del pecado original. Se trata una redención aún más admirable: No por liberación del pecado, sino por preservación del pecado. Escoto preparó el camino para la definición dogmática. Dicen que su inspiración le vino al pasar por frente de una estatua de la Virgen y decirle: "Dignare me laudare te: Virgo Sacrata" (Oh Virgen sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de Ti).
1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original? - Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para Él.

2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original? -Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.

3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.

Entonces Scotto exclamó: Luego,

1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.
2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.
3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.

Por esta tesis, a Juan Duns Escoto se le conoce como Apóstol de la Inmaculada.



Nuestra Señora de Lourdes (En las letras francesas se lee "Yo soy la Inmaculada Concepción")


Méritos: María es libre de pecado por los méritos de Cristo Salvador. Es por El que ella es preservada del pecado. Ella, por ser una de nuestra raza humana, aunque no tenía pecado, necesitaba salvación, que solo viene de Cristo. Pero Ella singularmente recibe por adelantado los méritos salvíficos de Cristo. La causa de este don: El poder y omnipotencia de Dios.
Razón: La maternidad divina. Dios quiso prepararse un lugar puro donde su hijo se encarnara.

Frutos: 1-María fue inmune de los movimientos de la concupiscencia. Concupiscencia: los deseos irregulares del apetito sensitivo que se dirigen al mal.
2-María estuvo inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida. Esta es la grandeza de María, que siendo libre, nunca ofendió a Dios, nunca optó por nada que la manchara o que le hiciera perder la gracia que había recibido.

El dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien pone mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana. Todas las virtudes y las gracias de María Santísima las recibe de Su Hijo. La Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde su concepción. Ella desde el principio recibió la gracia y la fuerza para evitar el influjo del pecado y responder con todo su ser a la voluntad de Dios. A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.

En torno a las ideas de Escoto se suscitó una gran controversia. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas. El Papa Sixto IV, en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.
Fue valioso también el aporte del mundo universitario. Las universidades de París, Maguncia y Colonia y, en España, la de Valencia (1530), Granada, Alcalá (1617), Salamanca (1618) y otras proclamaron a María Inmaculada como Patrona. Sus doctores, al recibir el grado, hacían voto y juramento de enseñar y defender la doctrina de la Inmaculada Concepción de María.
La devoción a la Inmaculada Concepción movió a que en el siglo XVII, el pintor español Bartolomé Esteban Murillo, realizara numerosas (y hermosas, por supuesto) represantaciones de la Virgen María bajo esta advocación.
Ya en el siglo XIX, el Papa Pío IX (beato) el 8 de diciembre de 1854 A.D., en su bula "Ineffabilis Deus" escribió:
"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..."
Cuatro años después, en 1858, Nuestra Señora se aparece a santa Bernardette Sobirous en la villa de Lourdes (Francia). En la última aparición, Nuestra Señora le responde a Bernardette: "Yo soy la Inmaculada Concepción" (Je suis l' Immaculée Conception).

Luego de las apariciones, el párroco de Lourdes, al interrogar a la vidente, se maravilla del hecho de que una simple campesina conociera del tercer dogma mariano.

4. María fue Asunta en cuerpo y alma a los Cielos (Asunción de María). San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
"Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios."
Según el punto de vista de san Germán de Constantinópolis, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
"Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y participe de la vida perfecta."
Su Santidad, el Siervo de Dios Pío XII, bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos de la Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el primero de Noviembre de 1950 A.D., definió solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus":
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
¿Cual es el fundamento para este dogma? El Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales para la definición del dogma:

1-La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.
2-Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.
3-Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.

4-Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.
La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas.





Asunción de María Santísima (Basada en un cuadro de Murillo)

Los herejes dicen que eso no es verdad, porque "sólo" Jesús subió a los Cielos. Ese "sólo" lleva comillas porque en la Biblia se narra la asunción de los profetas Enoc y Elías. Y, además, si ellos dos recibieron esta gracia, ¿cuánto más la Virgen María, que fue mil veces más santa que ellos dos juntos, no merecería ser asunta?
Tambien se puede asegurar sin caer en error que, si María Santísima no tuvo la mancha del pecado original, entonces Ella fue inmune a la muerte.

5. María es Corredentora del género humano. Esta doctrina ha causado gran polémica entre miles de católicos actualmente, pero católicos como san Pío de Pietrelcina, santa Francisca Xavier Cabrini, santa Gemma Galgani, san Maximiliano Kolbe, san Leopoldo Mandic, sor Lucia de Fátima y otros, invocan a Nuestra Señora como Corredentora del género humano sin ningún escrúpulo ni reparo.
 
APARICIONES DE MARÍA SANTÍSIMA
También se han dado muchas apariciones de María Santísima en el mundo, tantas que no hay país donde no se haya presentado una. Pero sólo nombraré algunas, porque no cabrían todas en esta nota. (Tomado de http://www.corazones.org/)

Año, Lugar y Aparición, Vidente

40: Aragón, España Virgen del Pilar. A Santiago Apóstol. -Aprobada, con santuario y liturgia propia.
  
1208 Virgen del Rosario. A santo Domingo de Guzmán
 
1246 Virgen del Carmen. A san Simon Stock. Aprobada con Misa propia.

1531 Tepeyac, México La Virgen de Guadalupe. A san Juan Diego. -Aprobada con Misa propia.

Siglo XVI y XVII Velankanni, India Our Lady of Velankanni (Vailankanni). A varias personas-Santuario basílica. Aparición conocida como "Lourdes de Oriente".

1664 Laus, Francia Notre Dame du Laus . A Benoîte Rencurel, de 17 años-Santuario de la diócesis.
  
1798-1898 Viet Nam Nuestra Señora de La Vang. A muchas personas por espacio de un siglo.
 
1830 Rue de Bac, Paris, Francia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. A santa Catalina Labouret.-Aprobada con Misa propia.
 
1836 Paris, Francia Nuestra Señora de las Victorias Al padre Genettes-Reconocida.
 
1846 La Salette, Francia Nuestra Señora de la Salette. A Melanie C. y Maximin G.-Aprobada.
 
1858 Lourdes, Francia Nuestra Señora de Lourdes. A santa Bernardita Soubirous-Aprobada con Misa propia.

1871
Pontmain, Francia Madre de la Esperanza. A seis niños-Aprobada por la Santa Sede. Santuario

1876 Pellevoisin, Francia María Madre de Misericordia. A Estelle Faguete-Obispo aprobó curación milagrosa y santuario
 
1879 Knock, Irlanda Nuestra Señora de Knock. A 15 personas-Aprobada.

1917 Fátima, Portugal Nuestra Señora de Fátima. A Sor Lucia, Beatos Jacinta y Francisco Marto-Aprobada.
 
1932 Beauraing, Bélgica Madre de Dios. A 5 niños-Aprobada por la Santa Sede, santuario.
 
1933 Banneux, Bélgica La Virgen de los Pobres. A Mariette Beco-Aprobada por la Santa Sede, santuario, liturgia.
 
1947 Roma, Italia (Abadía de Tre Fontane) Nuestra Señora de la Revelación. A Bruno Cornacchiola, comunista; buscaba matar al Papa Pío XII.-Aprobado culto en el lugar.
 
1953 Siracusa, Italia La Virgen de las lágrimas. A Angelo y Antonina Januso- Únltima aparición antes del Vaticano II.
  
Algunas apariciones privadas:

250 Neo-Cesarea, Palestina Virgen con San Juan Apóstol. A san Gregorio Tamaturgo

S. XII Francia. A San Bernardo

S. XIII Italia. A san Francisco de Asis

S. XVI España. A san Ignacio de Loyola

S. XIXItalia, María Auxiliadora. A san Juan Bosco

1842Roma, Iglesia San Andreas delle FrattesNuestra Señora del Milagro. A Alfonso Ratisbone, judío ateo se convierte. -El Papa Juan Pablo II visitó y rezó en el altar de la aparición.

SAN PEREGRINO LAZIOSI, PATRONO DE LOS ENFERMOS DE CÁNCER

 San Peregrino Laziosi
  
San Peregrino nació en Forlí hacia el año 1.265. En aquella época Forlí se hallaba bajo la jurisdicción pontificia pero en 1.282, instigada por el partido gibelino, se rebeló contra el Papa e incurrió en entredicho.
  
San Felipe Benicio, entonces Prior General, habiéndose trasladado a aquella ciudad romañola para visitar el convento de los Siervos de María, trató de convencer a sus habitantes a que obedecieran al Pontífice, pero fue rechazado por ellos. Peregrino, sumándose a un grupo de facinerosos, cubrió de insultos al Santo y hasta parece que lo agredió a bofetadas. Movido en seguida por el arrepentimiento, Peregrino le pidió perdón y, más aún, le rogó que lo admitiera en la Orden de los Siervos de María. San Felipe acogió paternalmente su petición y lo envió al convento de Siena. Al cabo de pocos años Peregrino regresó a su ciudad natal, en donde residió hasta su muerte, acaecida en 1.345.
 
San Peregrino dedicó su vida de fraile a la oración, al culto y devoción a María, a la práctica de una áspera penitencia, al ejercicio de la caridad para con los más pobres, en cuyo favor Dios le concedió obrar milagros.
  
Contrajo gangrena en una pierna, de la que fue milagrosamente curado mientras se encontraba en oración ante un crucifijo.
  
Ya han pasado más de 650 años desde que Dios le llamó a Peregrino a vivir su Pascua personal. Murió en Forlí casi a los ochenta años de edad, aquejado por una fiebre devoradora. Su cuerpo se venera en la Iglesia anexa al convento Servita de Forlí.
 
Los Siervos vemos realizado en Peregrino, de modo eminente, su ideal de vida: servicio, oración, piedad mariana, amor al prójimo.
  
Nuestro hermano Peregrino Laziosi fue un hombre santo. Fue canonizado por el Papa dominico Benedicto XIII el 27 de diciembre de 1.726, en nombre de la Iglesia Universal. Y siendo que fue duramente probado por la enfermedad y milagrosamente sanado por Cristo crucificado, San Peregrino ha sido invocado desde antiguo como patrono de los enfermos de cáncer, de los que padecen algún mal de las piernas, o de otras dolencias crónicas. Su culto se extendió por todo el mundo, en todos los continentes.
  
Curiosamente coincide la fecha de su canonización con la de la intervención del mismo Papa Benedicto XIII para que el Padre General de los Frailes Servitas entregase al capuchino Fray Francisco de Jaén la patente de erección de la Orden Servita en Cádiz, hecho que ocurrió el 13 de Marzo de 1.727.
  
Pensemos que todos podemos sacar ventaja al contemplar su vida con una mirada actual. Esto puede renovar la esperanza en nuestro corazón, iluminarnos, levantarnos, y fortalecer nuestros pasos en pos de Jesús. Miremos a Peregrino y reconozcamos en él al joven convertido, al novicio peregrino, al santo penitente, al fraile amable y al enfermo sanado.
  
La noche de su curación, Peregrino se retira a la sala capitular cerca de Jesús Crucificado para confiarle su mal, para orar. Con todo lo que tengamos entre manos debemos hacer lo mismo, confiárselo a Jesús diariamente. En tu oración expón tus deseos, tus preocupaciones, las contrariedades, todo lo puedes decir con la mayor sencillez, Dios no necesita de rebuscadas palabras, pero no se te olvide mirar un poco a María, modelo por excelencia de la criatura orante, aquella que escucha la palabra, ella te sostendrá, te protegerá, y te guiará por los caminos de la vida.
      
ORACIÓN
Oh Dios, que diste al bienaventurado San Peregrino un Ángel por conductor, a la Virgen Madre como maestra, y a Jesús como admirable médico para su úlcera, te suplicamos nos des, por sus méritos, que en la tierra amemos singularmente a los santos Ángeles, a la Virgen y a nuestro Salvador, y les alabemos juntamente en el Cielo. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.