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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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lunes, 4 de julio de 2022

ENCÍCLICA “Satis Cógnitum”, SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

  
La Unidad es una de las cuatro notas (características visibles) de la Iglesia verdadera, y la Unidad de la Iglesia es salvaguardada por el Magisterio de la Iglesia, que santifica, gobierna y enseña a la grey de Cristo. Magisterio que es encabezado por el Romano Pontífice, quien ostenta como Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro no solamente un primado honorífico, sino también de jurisdicción.
  
Tal doctrina es reiterada una vez más por el Papa León XIII, en tiempos en que ya se estaba comenzando a hablar del ecumenismo y de la “unidad”, principalmente por los protestantes y los católicos liberales, desconociendo que esa unidad existe y es visible en la Iglesia Católica. “Satis Cógnitum” será recordada luego por Pío XII en su encíclica “Mýstici Córporis Christi”. 
  
Ahora, con estos tiempos en que no hay Papa, los que han dicho serlo desde el 28 de Octubre de 1958 no son tales sino herejes, cismáticos y apóstatas usurpadores, como también la estructura mayoritaria, hemos de recordar que la Iglesia verdadera continúa existiendo por los Obispos y Sacerdotes legítimos, que ofician la Misa tradicional y los demás Sacramentos, y transmiten la Sana Doctrina y la Sucesión Apostólica.
    
ENCÍCLICA “Satis Cógnitum”, SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA
 
León, por la Divina Providencia Papa XIII, a nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
    
Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica
   
1. Tema de la Encíclica: La Unidad de la Iglesia. 
Bien sabéis que una parte considerable de Nuestros pensamientos y de Nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que rige el Soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando Nuestro espíritu a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tal designio y tan grande empresa de salvación, trazar la imagen de la Iglesia dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner de relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra.
     
Considerada en su forma y en su hermosura genuinas, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no Nos apartamos de la verdad al decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia, y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la milicia. Puede también excitar en los hombres el amor a la Iglesia; un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina. Pues «Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella» (Efes. 5, 2).
   
El retorno a la Iglesia. 
Si para volver a esta madre amantísima, deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio lo pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera» (Mat. 9, 30).
   
Por esto, poniendo Nuestra principal esperanza en el «Padre de la luz de quien desciende toda gracia y todo don perfecto» (Jac. 1, 17), sólo en Aquel que «da el crecimiento» (I Cor. 3, 7), Nos le pedimos con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.
   
2. Dios toma al hombre como ministro. 
Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo que realizan los seres creados; pero, por un designio misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudara los hombres, servirse de los hombres. Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en el orden puramente natural la perfección que le es debida, y se vale de ellos, aún en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.
    
Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarse, sino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto «el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana, Él, que teniendo la forma de Dios… se anonadó, tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres» (Fil. 2, 7-7); y así, mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, su doctrina y sus leyes.
  
3. Constitución de la Iglesia. 
Pero como su obra divina debía ser perdurable, y perpetua, se rodeó de discípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellos desde lo alto de los cielos el Espíritu de verdad (Juan, 16, 13), les mandó recorrer toda la tierra y predicar fielmente a todas las naciones los que El mismo había enseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo a sus leyes, el genero humano, pudiese adquirir la santidad en la tierra, y en el cielo la bienaventuranza eterna.
     
Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son los principios que han presidido a su nacimiento. Si miramos en ella el fin último que se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en las almas, seguramente la Iglesia es espiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone, y los medios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exterior y necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídos, fue como los Apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no la cumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así su voz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: «la fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo» (Rom. 10, 7).
   
4. Exteriorización. 
Y la fe misma, esto es, el asentimiento de la primera y soberana verdad, por su naturaleza está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por la evidente profesión que de ella se hace: «pues se cree de corazón para la justicia; pero se confiesa por la boca para la salvación» (Rom. 10, 10). Así nada es más íntimo en el hombre que la gracia celestial que produce en él la salvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales por los que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los Sacramentos que son administrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para ese ministerio. Jesucristo ordenó a los Apóstoles y a los sucesores de los Apóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos; ordenó a los pueblos que recibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esas relaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamente no habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse, sin la mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.
   
5. La Iglesia, cuerpo visible. 
Por todas estas razones la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. «Sois el cuerpo de Cristo» (I Cor. 12, 37). Porque la Iglesia es un cuerpo, es visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra  con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia, se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.
  
De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios. 
   
6. Es un cuerpo animado.
Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo, como  el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una especie  de cadáver; es el cuerpo de Cristo animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, Jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturaleza humana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamente la naturaleza divina e invisible, como hacen los Monofisitas; pero Cristo es uno por la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en los dos: del mismo modo su cuerpo místico no es la verdadera Iglesia, sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles: y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores. 
     
7. Perennidad de la Iglesia. 
Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, así debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así, no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiende quedaría limitado en el tiempo y en el espacio; doble conclusión contraria a la verdad. Es por consiguiente cierto que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios en la naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar, necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.
   
No es otra la razón en que se funda San Juan Crisósotomo, cuando nos dice: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno. Por eso la Escritura para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da el nombre de montaña» [1]. San Agustín añade: «Los infieles creen que la Religión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer. Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir, mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el cuerpo de Cristo, no desaparecerá del mundo» [2]. Y el mismo Padre dice en otro lugar: «La Iglesia vacilará si su fundamento vacila; ¿pero cómo podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: “La Iglesia ha desaparecido del mundo”, cuando ni siquiera puede flaquear?» [3].
   
8. Unidad dada por Jesucristo. 
Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. La Iglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo Nuestro Señor; por lo tanto, cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo que Jesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir esta regla cuando sea preciso tratar, sobre todo de la unidad de la Iglesia, asunto del que Nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en las presentes Letras.
   
Si, ciertamente la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todos los caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que proceden de una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que en realidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.
  
Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una»…
   
9. Una en su naturaleza. 
«La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia… Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella» [4]. Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: «Yo edificaré mi Iglesia» (Mat. 16, 18). Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella, no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo. 
  
10. Continuar la misión recibida del Padre. 
Esto resulta más evidente aun, si se considera el designio del Divino autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo Nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión, del mismo mandato que El recibió de su Padre.
    
Esto es lo que había decretado hacer, y esto es lo que realmente hizo: «Como mi Padre me envió, os envío a vosotros» (Juan, 20, 21). «Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo» (Juan, 17-18). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar lo que había perecido» (Mat. 18, 11); esto es, no solamente a algunas naciones o ciudades, sino a la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. «El Hijo del Hombre ha venido…; para que el mundo sea salvado por Él» (Juan, 3, 17). «Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados» (Hechos, 4, 12). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande, sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido. 
   
11. Palabras de Isaías. 
Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado, cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: «En los últimos tiempos la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas» (Is. 2, 2). Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. «Y todas las naciones afluirán hacia ella u dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos» (Is. 2, 2-3).
    
San Optato de Milevo dice a propósito de este pasaje: «Está escrito en la profecía de Isaías: “La ley saldrá de Sión, y la palabra de Dios de Jerusalén”. No es pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en la montaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva su cima hasta el cielo… La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en la cual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo el mundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica» [5]. Y he aquí los que dice San Agustín: «¿Qué hay más visible que una montaña? Y sin embargo, hay montañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo… Pero no sucede así con esa montaña, pues que ella lleva toda la superficie de la tierra  y está escrita de ella que está establecida sobre las cimas de las montañas» [6]. 
   
12. El Cuerpo Místico de Cristo. 
Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su  propio cuerpo místico al que se uniría para ser su cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano que tomó por la Encarnación la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como  tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte, para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un cuerpo místico único en el que, y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. «Dios hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia que es su cuerpo» (Efes. 1, 22-23).
    
Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: «Todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo» (Cor. 12, 12). Y es por esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado: «Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo unido y ligado por todas sus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad» (Efes. 4, 15-16). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. «Hay -dice San Cipriano- un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo». Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados han de morir necesariamente. «No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar [7]. Ahora bien; ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos (Efes. 5, 29-30)».
    
Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo si se quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. «Mirad de la que debéis guardaros, ved por la que debéis velar, ved la que debéis tener. A veces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien, se le separa del cuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando el miembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así el hombre en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia es cristiano católico; separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado» [8].
   
13. Unidad de los miembros con la cabeza y entre sí. 
La Iglesia de Cristo es, pues, única y además, perpetua: quien se separa de ella, se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo Nuestro Señor , deja el camino de salvación y corre a su pérdida. «Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandone a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo… Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud» [9].
    
Pero Aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación» (Efes. 4, 4).
    
En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: «No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí… a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros… a fin de que sean consumados en la unidad» (Juan 17, 20, 22-23), y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que limitase en algún modo a su propia unión con su Padre: «os pido… que sean todos una misma cosa, como vos, mi Padre, estáis en mí y yo en vos» (Juan 17, 21).
  
14. Unidad absoluta en la fe. 
Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de la que seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.
      
«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Efes. 4, 5), es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el Apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino les conjura a ello por los motivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje, ni sufráis cisma entre vosotros; sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en los mismos sentimientos» (I Cor. 1, 10). Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.
   
15. Punto en que muchos yerran. 
Además, aquellos que hacen profesión del cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamente indispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de qué es naturaleza, de qué especie es esta unidad. Puesta aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y Comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.
    
La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación» [10]. y San Agustín: «El origen de las herejías y de los dogmas perversos que tienden lazos a las almas y las precipítan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras que son buenas se entienden de una manera que no es buena» [11].
   
16. Principio de unidad en la fe. 
Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócil instrumento. Es pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cual es el principio de unidad en la fe que quiso establecer.
    
Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los orígenes del cristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por las Sagradas Letras, y son conocidos de todos.
   
17. Creer toda la doctrina de Cristo. 
Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre no me creáis» (Juan, 10, 37). «Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado» (Juan, 15, 24). «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras» (Juan 10, 38). Todo lo que ordena, lo ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber, no solamente de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla, es contrario a la razón.
    
Al punto de volverse al cielo, envía a sus Apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones… enseñadlas a observar todo lo que os he mandado» (Mat. 28, 18-20). Todos los que obedezcan a los Apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán. «Quien crea y se bautice será salvo; quien no crea será condenado» (Mc. 16, 16). Y como conviene sobrenaturalmente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo, si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos al Espíritu de verdad que permanecerá con ellos eternamente. «Si me voy os lo enviaré (al Paráclito)… y cuando este Espíritu de verdad venga sobre vosotros os enseñará toda la verdad» (Juan, 16, 17-18). Y «yo rogaré a mi Padre y Él os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; este será el Espíritu de la verdad» (Juan 14, 16-17). «Él os dará testimonio de mí y vosotros también daréis testimonio» (Juan 15, 26-27).
    
18. Aceptar la doctrina de los Apóstoles. 
Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los Apóstoles como la suya propia. «Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia» (Luc. 10, 16).
    
Los Apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo, de la misma manera como Él fue enviado por su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros» (Juan 20, 21). Por consiguiente, así como los Apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los Apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los Apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los Apóstoles, sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.
    
En efecto, la palabra de los Apóstoles después de haber descendido a ellos el Espíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.
    
Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. «Es por Él (Jesucristo), por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe todas las naciones en honor de su nombre» (Rom. 1, 5). Y en todas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misión por prodigios. «Y habiendo partido, predicaron por todas partes y el Señor cooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que le acompañaban» (Mc. 16, 20).
   
¿De qué palabra se trata? De aquella evidentemente que abraza todo lo que habían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y a la luz del sol dado que les era imposible callar nada de lo que habían visto y oído. 
    
19. La misión de los Apóstoles no debía terminar con su muerte. 
Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los Apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los Apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública o instituida para la salvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los Apóstoles que predicasen el Evangelio a todas las gentes (Mc. 16,15), y que llevasen su nombre delante de los pueblos y de los reyes (Act. 9, 15), y que le sirviesen de testigos hasta en los últimos confines de la tierra (Act. 1, 8).
    
Y en el cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y esto no por períodos de años, sino por todos los tiempos, hasta la consumación de los siglos (Mat. 28, 20). Acerca de esto escribe San Jerónimo: «Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que Él mismo no cesará de estar con los creyentes» [12].
   
¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los Apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo no quedaría restringido a los límites de la vida de los Apóstoles, sino que duraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado como de mano en mano en la sucesión de los tiempos. 
   
20. Los Obispos sus sucesores. 
Los Apóstoles, en efecto, consagraron a los Obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el ministerio de la palabra (Act. 6, 4). Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que los revistieran de la misma autoridad y les confiriesen a su vez el cargo de enseñar.
    
Así fue el mandato de San Pablo a Timoteo: «Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y lo que has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a los hombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros» (II Tim. 2, 1-2). Es, pues, verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los Apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los Obispos y todos los que sucedieron a los Apóstoles.
    
«Los Apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por Nuestro Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los Apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios… Los Apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los Obispos y los Diáconos para gobernar a los que habían de creer en los sucesivo… Instituyeron a los que acabamos de citar y más tarde tomaron sus disposiciones para cuando aquellos muriera, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio» [13].
   
21. Conservación de la doctrina. 
Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estos términos: «Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio declara que aquellos que no están con Él son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como adversarios suyos a todos aquellos que no están enteramente con Él, y que no recogiendo con Él, dispersan el rebaño: El que no está conmigo -dijo- está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» [14].
   
Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo, como conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha desterrado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina.
   
22. No es lícito separarse en lo más mínimo del magisterio de la Iglesia. 
Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los favorecedores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica» [15].
   
Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica.
    
«De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esa obra y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico» [16]. 
   
23. San Pablo insiste en la integridad de la fe. 
Este medio instituido por Dios para para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Efeso, al exhortarlos en primer término, a conservar la armonía de los corazones. «Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz» (Efes. 4, 3); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad, si los espíritus no están conformados en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. Un solo Señor y una sola fe» (Efes. 4, 5).
       
Y quiere una unidad tan perfecta, que excluya todo peligro de error a fin de que «no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento de doctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a los lazos del error» (Efes. 4, 14). Y enseña que esta regla debe ser observada, no durante un período de tiempo determinado, «sino hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, en la medida de los tiempos de la plenitud de Cristo» (Efes.4, 13). ¿Pero dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: «Ha hecho a unos Apóstoles, y a otros pastores y doctores para la perfección de los Santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efes. 4, 11).
   
24. Orígenes ensalza la tradición. 
Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguido siempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad a Orígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad. Pero no debemos creerles ni apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesias de Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva» [17].
   
25. San Ireneo. 
Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los Apóstoles… que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los Obispos… al trasmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservándolos sin alteración» [18].
     
26. Tertuliano. 
He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues, ella guarda sin duda la que las Iglesias han recibido de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo, Cristo de Dios…Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicasm ninguna tiene diferente doctrina; este es el mayor testimonio de la verdad» [19].
   
27. San Hilario.
Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos da a entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna unión con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, esté- riles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle» [20].
    
28. San Gregorio y San Basilio. 
Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque «se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a su propia inteligencia, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, quienes a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación» [21].
    
29. Cristo instituyó el magisterio.
Es, pues, incuestionable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declarare ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, todos deben tener por cierto que es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres: «Señor, si estamos en el error, Vos mismo nos habéis engañado» [22]. Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿Puede a nadie permitirse rechazar alguna de esas verdades, sin que se precipiten abiertamente en la herejía, sin que se separe de la Iglesia y sin que repudie en conjunto toda la doctrina cristiana?
    
30. Separarse en un punto es separarse en todo.
Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es «una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por Él es verdadero; y lo creemos, no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista a la luz natura de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades, y que no puede engañarse ni engañarnos» [23].
   
Si hay, pues, un punto que ha sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina. Pues el juicio que emite Santiago respecto de las faltas en el orden moral, hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. «Quien hace se culpable en un solo punto se hace transgresor de todos» (Jac. 2, 10). Esto es aun más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio, como pueda llamarse trasgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda ley, ese desprecio no aparece sino por una especie de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, empero, quien en un solo punto rehusa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehusa someterse a Dios en cuanto es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. «En muchos puntos están conmigo, en otros no están conmigo; pero a causa de los puntos en que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás» [24].
   
Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia a Cristo (II Cor. 10, 5), obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. «Vosotros que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio» [25].
   
Los Padres del Concilio Vaticano nada nuevo dictaminaron al respecto pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe, cuando formularon este decreto: «Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios, escrita o trasmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelada» [26].
   
31. Acogerse al seno de la Iglesia. 
Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta que en su Iglesia reine la unidad de fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esa unidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanos permitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a la verdad y decirles con San Agustín: «Pues que vemos en ellos un gran socorro de Dios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos al seno de esta Iglesia que, según la confesión del género humano tiene en la Sede Apostólica y ha guardado por la sucesión de sus Obispos la autoridad suprema, a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados ya por el, juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los Concilios, o por la majestad de los milagros? No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una impiedad soberbia o de una arrogancia desesperada. y si toda ciencia, aun la más humilde y fácil, exige, para lograrse, el auxilio de un doctor o de un maestro ¿Puede imaginarse un orgullo más temerario, tratándose de libros de los divinos misterios, negarse a recibirlos de boca de sus intérpretes y, sin conocerlos, querer condenarlos?» [27].
   
32. Otros deberes de la Iglesia.
Es, pues, sin duda deber de la Iglesia conservar y propagar la doctrina cristiana en toda su integridad y pureza. Pero su papel no se limita a eso, y el fin mismo para , el que la Iglesia fue instituida no se agotó con esta primera obligación. En efecto, por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y con este fin relacionó todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina, fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este plan tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fe sola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia y de piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participación de los sacramentos y, por añadidura, la santidad de las leyes morales y de la disciplina. Todo esto debe hallarse en la Iglesia, pues ella está encargada de continuar hasta el fin de los siglos las funciones del Salvador; la religión que por la voluntad de Dios, en cierto modo toma cuerpo en ella, es la Iglesia sola quien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los medios de salvación que, en el plan ordinario de la Providencia son necesarios a los hombres, sola ella es quien los procura.
   
33. No cualquiera es maestro. 
Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada al capricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramente enseñada por Jesús,  después confiada exclusivamente al magisterio de que hemos hablado, tampoco al primero que llega de entre el pueblo cristiano, sino a ciertos hombres escogidos ha dado Dios la facultad de cumplir y administrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.
   
Sólo a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio… bautizad a los hombres…» (Mc. 16, 15; Mat. 28, 19), «haced esto en memoria mía» (Luc. 22, 10), «A quien perdonareis los pecados les serán perdonados» (Juan 20, 23). Del mismo modo, sólo a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano, que por ese mandato éste quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico, está comprendido en estas palabras de San Pablo: «Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (I Cor. 4, 1).
   
De este modo Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir más tarde: para que le siguiesen como Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en un solo haz de personas y de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de la fe, de fin y de medios apropiados a alcanzar a éste; un pueblo sometido a un solo y un mismo poder.
    
34. Libertad de la Iglesia.
De hecho, todos los principios naturales que entre los hombres crean espontáneamente una sociedad destinada a proporcionarles la perfección de que su naturaleza es capaz, fueron establecidos por Jesucristo en la Iglesia, de modo que, en su seno todos los que quieran ser hijos adoptivos de Dios puedan llegar a la perfección conveniente a su dignidad, y conservarla y así lograr su salvación. La Iglesia, pues, como ya hemos indicado, debe servir a los hombres de quía en el camino del cielo, y Dios le ha dado la misión de juzgar y de decidir por sí misma, de todo lo que atañe a la Religión, y de administrar, según su voluntad, libremente y sin cortapisas de ningún género, los intereses cristianos.
   
Es, por lo tanto, no conocerla bien o calumniarla injustamente, al acusarla de pretender invadir el dominio de la sociedad civil, o de poner trabas a los derechos de los soberanos. Todo lo contrario; Dios ha hecho de la Iglesia la más excelente de todas las sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja a la naturaleza y los bienes inmortales superan las cosas perecederas.
   
35. Sociedad divina y humana. 
Por su origen, es pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembros de que se compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto vemos que las Sagradas Escrituras la designan con los nombres que convienen a una sociedad perfecta. Llámasela, no solamente Casa de Dios, la Ciudad colocada sobre la montaña, donde todas las naciones deben reunirse, sino también Rebaño que debe ser gobernado por un solo pastor, y en el que deben refugiarse todas las ovejas de Cristo; también es llamada Reino suscitado por Dios y que durará eternamente; en fin, Cuerpo de Cristo, cuerpo místico, sin duda, pero vivo siempre, perfectamente formado y compuesto de gran número de miembros, cuya función es diferente, pero ligados entre sí y unidos bajo el imperio de la cabeza que todo lo dirige.
    
36. Un solo jefe. 
Ahora bien, es imposible imaginarse una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera. Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo a quien toda la multitud de los cristianos es sometida y obediente, Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad divinamente constituida, ha de tener, por derecho divino, la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. «La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe» [28].
    
37. Gravedad del cisma. 
De ahí se comprende que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. «Se señala como diferencia entre por la herejía y el cisma, que la herejía profesa un dogma corrompido y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia» [29].
     
Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: «Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía» [30]. Por esto si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho: «Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad» [31].
    
38. No basta reconocer a Cristo como Jefe. 
¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer y cuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bien la voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que Él mismo subió a los cielos.
    
«Si alguno dice que el único jefe y el único pastor es Jesucristo, que es el único esposo de la Iglesia única, esta respuesta no es suficiente. Es cierto, en efecto, que el mismo Jesucristo obra los Sacramentos en la Iglesia. Él es quien bautiza, quien remite los pecados; es el verdadero Sacerdote que se ofrece sobre el altar de la cruz y por su virtud se consagra todos los días su cuerpo sobre el altar y, no obstante, como no debía permanecer con todos los fieles por su presencia corpórea, escogió ministros por cuyo medio pudiera dispensarse a los fieles los Sacramentos de que acabamos de hablar, como lo hemos dicho más arriba (cap. 74). Del mismo modo, porque debía sustraer a la Iglesia su presencia corporal, fue preciso que designara a alguien para que en su lugar, cuidase de la Iglesia universal. por eso dijo a Pedro antes de su ascensión: Apacienta mis ovejas» [32].
   
39. Primado de Pedro.
Jesucristo, pues, dio pedro a la Iglesia por Jefe soberano, y estableció que este poder instituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase como herencia a los sucesores de Pedro, en quienes el mismo Pedro sobreviviría perpetuamente mediante su autoridad. Cierto es que al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» [33]. «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo a fin de fundar la unidad por uno solo» [34].
   
«En efecto, sin ningún otro preámbulo, designa por su nombre al padre del Apóstol y al apóstol mismo. (Tu eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás), y no permitiendo ya que se le llame Simón, reivindica para él en adelante como suyo en virtud de su poder, y quiere por una imagen muy apropiada que se llame Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar su Iglesia» [35].
    
40. Pedro, cimiento de la Iglesia. 
Según este oráculo, es evidente, que por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro; como el edificio sobre los cimientos. y como la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar solidez y cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad de toda la obra, si el cimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues, el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de una cohesión indisoluble. Pero, ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuviera el poder de mandar, defender y juzgar, en una palabra, un poder de jurisdicción propio y verdadero? Es evidente que los Estados y las sociedades no pueden subsistir sin un poder de jurisdicción. El primado de honor, o el poder tan modesto de aconsejar y advertir, que se llama poder de dirección, son incapaces de prestar a ninguna sociedad humana un elemento eficaz de unidad y de solidez. 
    
41. Pedro y la Iglesia una misma cosa.
Por el contrario, el verdadero poder de que hablamos está declarado y afirmado con estas palabras: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mat. 16, 18).
   
«¿Qué es contra ella? ¿Es contra la piedra sobre la que Jesucristo edificó su Iglesia? ¿Es contra la Iglesia? La frase resulta ambigua. ¿Será para significar que la piedra y la Iglesia no son sino una misma cosa? Sí; esa es, según creo, la verdad; pues las puertas del infierno no prevalecerán, ni contra la piedra sobre la que Jesucristo fundó la Iglesia, ni contra la Iglesia misma» [36]. He aquí el alcance de esta divina palabra: La Iglesia apoyada en Pedro, cualquiera que sea la habilidad que desplieguen sus enemigos, no podrá sucumbir jamás ni desfallecer en lo más mínimo.
    
«Siendo la Iglesia el edificio de Cristo, quien sabiamente ha edificado “su casa sobre piedra”, no puede estar sometida a las puertas del infierno, éstas pueden prevalecer contra quien se encuentre fuera de la piedra, fuera de la Iglesia, pero son impotentes contra ésta» [37]. Si Dios ha confiado su Iglesia a Pedro, ha sido con el fin de que ese sostén invisible la conserve siempre en toda su integridad. La ha investido de la autoridad, porque para sostener real y eficazmente una sociedad humana el derecho de mandar es indispensable para quien la sostiene.
     
42. Poderes soberanos. 
Jesús añade aún: y te daré las llaves del reino de los cielos, y es claro que continúa hablando de la Iglesia, de esta Iglesia que acaba de llamar suya y que ha declarado querer edificar sobre Pedro, como sobre su fundamento. La Iglesia ofrece, en efecto, la imagen no sólo de un edificio, sino de un reino; además, nadie ignora que las llaves son las insignias ordinarias de la autoridad. Así cuando Jesús promete dar a Pedro las llaves del reino de los cielos, promete darle el poder y la autoridad de la Iglesia. «El Hijo le ha dado (a Pedro) la misión de esparcir en el mundo entero el conocimiento del Padre y del Hijo y ha dado a un hombre mortal todo el poder de los cielos al confiar la llaves a Pedro quien ha extendido la Iglesia hasta las extremidades del mundo y la ha mostrado más inquebrantable que el cielo» [38].
   
Lo que sigue tiene también el mismo sentido: «Todo lo que atares en la tierra será también atado en el cielo, y lo que desatares en la tierra también será desatado en el cielo» (Mat. 16, 19). Esta expresión figurada: atar y desatar, designa el poder de establecer leyes y el de juzgar y castigar. y Jesucristo afirma que ese poder tendrá tanta extensión y tal eficacia, que todos los decretos dados por PEDRO serán ratificados por Dios. Este poder es, pues, soberano y de todo punto independiente, porque no hay sobre la tierra otro poder superior al suyo que abrace a toda la Iglesia ya todo lo que está confiado a la Iglesia.
     
43. Pedro Pastor universal. 
La promesa hecha a Pedro, fue cumplida cuando Jesucristo nuestro Señor, después de su resurrección habiendo preguntado por tres veces a Pedro si le amaba más que los otros, le dijo en tono imperativo: «Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas» (Juan 21, 16-17).
      
Es decir, que a todos los que deben estar un día en su aprisco, les envía a Pedro como a su verdadero pastor. «Si el Señor pregunta lo que no le ofrece duda, no quiere, indudablemente instruirse, sino instruir a quien a punto de subir al cielo, nos dejaba por Vicario de su amor… y porque solo entre todos Pedro profesaba este amor, es puesto a la cabeza de los más perfectos para gobernarlos, por ser él mismo más perfecto» [39]. El deber y el oficio de pastor es guiar el rebaño, velar por su salud, procurándole pastos saludables, librándole de los peligros, descubriendo los lazos y rechazando los ataques violentos; en una palabra, ejerciendo la autoridad del gobierno. y como PEDRO ha sido propuesto cual pastor al rebaño de fieles, ha recibido el poder de gobernar a todos los hombres, por cuya salvación Jesucristo dio su sangre. «¿Y por qué vertió su sangre? Para rescatar a esas ovejas que ha confiado a Pedro y a sus sucesores» [40].
   
44. Pedro columna de la fe. 
Y porque es necesario que todos los cristianos estén unidos entre sí por la comunidad de una fe inmutable, nuestro Señor Jesucristo, por la virtud de sus oraciones, obtuvo para Pedro que en el ejercicio de su poder no desfalleciera jamás su fe. «He orado por ti a fin de que tu fe no desfallezca» (Luc. 22, 32). Y le ordenó además que cuantas veces lo pidieran las circunstancias, comunicase a sus hermanos la luz y la energía de su alma: «Confirma a tus hermanos» (Luc. 22, 32). Aquel, pues, a quien designó como fundamento de la Iglesia, quiere que sea columna de la fe. «A quien dio el reino por su propia autoridad no podía afirmarle la fe dado que ya lo señaló como base de la Iglesia cuando lo llamó “Piedra”» [41].
    
De aquí que ciertos nombres que designan muy grandes cosas y que «pertenecen en propiedad a Jesucristo en virtud de su poder, Jesús mismo ha querido hacerlas comunes a Él y a Pedro por participación [42], a fin de que la comunidad de títulos manifestase la comunidad del poder. Así, Él, que es la piedra principal del ángulo sobre la que todo el edificio construido se eleva como un templo sagrado en el Señor (Efes. 2, 21)», ha establecido a Pedro como la piedra sobre que debía estar apoyada su Iglesia. «Cuando Jesús dice: “Tú eres la piedra”, esta palabra le confiere un hermoso título de nobleza. Y sin embargo, es la piedra, no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra. Cristo es esencialmente la piedra inconmovible y por esto es que Pedro es la piedra. Porque Cristo comunica sus dignidades sin empobrecerse… Es sacerdote y hace sacerdotes… Es piedra, y hace de su Apóstol la piedra» [43].
    
45. Pedro, jefe de la sociedad cristiana. 
Es, además, el Rey de la Iglesia, «que posee la llave de David; cierra, y nadie puede abrir: abre, y nadie puede cerrar (Apoc. 3, 7), y Por eso al dar las llaves a Pedro le declara jefe de la Sociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama el Buen Pastor (Juan 10, 11) y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos y ovejas.
   
Por esto dice San Crisóstomo: «Era el principal entre los Apóstoles; era como la boca de los otros discípulos y la cabeza del cuerpo apostólico… Jesús, al decirle que debe tener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada, le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tus hermanos» [44]. Finalmente, Aquel que confirma «en toda buena obra y en toda buena palabra» (II Tes. 2, 16), es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.
   
San León Magno dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los Apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo» [45]. Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio Magno al emperador Mauricio Augusto: «Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido Confiado al Santo Apóstol Pedro, jefe de todos los Apóstoles… Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia le ha sido confiado» [46].
    
46. El Papa, continuación de los Poderes de Pedro. 
Y dado que esta autoridad, al formar parte de la constitución y de la organización de la Iglesia, como su elemento principal, es el principio de la unidad, el fundamento de la seguridad y la duración perpetua, se sigue que de ninguna manera Podía desaparecer con el bienaventurado Pedro, sino que debía necesariamente pasar a sus sucesores y ser transmitida de uno a otro. «La disposición de la verdad permanece; pues, el bienaventurado Pedro, perseverando en la firmeza de la Piedra, cuya virtud ha recibido, no puede dejar el timón de la Iglesia puesto en su mano» [47].
   
Por esto los Pontífices que suceden a Pedro en el episcopado romano poseen de derecho divino el poder supremo de la Iglesia, «Nos definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano poseen la primacía sobre el mundo entero, y que el Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro Príncipe de los Apóstoles, y que es el verdadero Vicario de Jesucristo, el Jefe de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos, y que a él en la persona del bienaventurado Pedro, ha sido dado por nuestro Señor Jesucristo, el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; así como está contenido, tanto en las actas de los Concilios ecuménicos, como en los Sagrados Cánones» [48]. El cuarto Concilio de Letrán dice también: «La Iglesia romana… por la disposición del Señor, posee el principado del poder ordinario sobre las demás Iglesias, en su cualidad de madre y maestra de todos los fieles de Cristo»  [49].
   
47. Así lo sintió la antigüedad. 
Tal había sido antes el sentimiento unánime de la antigüedad, que sin la menor duda ha mirado y venerado a los Obispos de Roma como a los sucesores legítimos del bienaventurado Pedro. ¿Quién podrá ignorar cuán numerosos y cuán claros son acerca de este punto los testimonios de los Santos Padres? Bien elocuente es el de San Ireneo que habla así de la Iglesia romana: «A esta Iglesia por su preeminencia superior, debe necesariamente reunirse toda la Iglesia» [50].
    
48. San Cipriano. 
San Cipriano afirma también que la Iglesia romana es «la raíz y madre de la Iglesia católica» [51], «la Cátedra de Pedro y la Iglesia principal aquella de donde ha nacido la unidad sacerdotal» [52]. La llama «Cátedra de Pedro», porque está ocupada por el sucesor de Pedro; «Iglesia principal» a causa del principado conferido a Pedro y a sus legítimos sucesores; «aquélla de donde ha nacido la unidad», porque en la sociedad cristiana la causa eficiente de la unidad es la Iglesia romana.
    
49. San Jerónimo, San Agustín y San Cipriano.
Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso I: «Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz… Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra se ha edificado la Iglesia» [53].
     
El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico, es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. «Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ese es mi hombre» [54]. Por un método análogo San Agustín, que declara abiertamente que «en la Iglesia romana estaba siempre en vigencia el Primado de la Cátedra apostólica», afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. «No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana» [55].
   
Y lo mismo San Cipriano: «Estar en comunión con Cornelio es estar en comunión con la Iglesia católica» [56].
     
50. El Abad San Máximo.
El Abad San Máximo enseña igualmente que el sello de la verdadera fe y de la verdadera comunión consiste en estar sometido al Pontífice Romano. «Quien no quiera ser hereje ni sentar plaza de tal, no trate de satisfacer a éste ni al otro… Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma. Satisfecha la Sede de Roma, en todas partes ya una sola voz le proclamarán piadoso y ortodoxo. Será en vano que se contente con hablar el que de ello quiera persuadir, si no satisface y si no implora al bienaventurado Papa de la santísima Iglesia de los Romanos, esto es, la Sede apostólica», y he aquí, según él, la causa y la explicación de este hecho: «La Iglesia romana ha recibido del Verbo de Dios Encarnado y según los Santos Concilios, según los santos Cánones y las definiciones, posee, sobre la universalidad de las santas Iglesias de Dios que existen sobre la superficie de la tierra, el imperio y la autoridad, en todo y por todo, y el poder de atar y desatar. Pues, cuando ella ata y desata, el Verbo que manda a las virtudes celestiales, ata y desata, también en el cielo» [57].
     
51. Algunos Concilios.
Era este, pues, un artículo de la fe cristiana; era un punto reconocido y observado constantemente, no por una nación o un siglo, sino por todos los siglos, y por el Oriente no menos que por el Occidente, conforme recordaba al Sínodo de Éfeso, sin que se levantase la menor objeción el Sacerdote Felipe, Legado del Pontífice Romano: «No es dudoso para nadie y es cosa conocida en todos los tiempos que el Santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Jefe de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las llaves del reino, y que el poder de atar y desatar los pecados fue dado a ese mismo Apóstol, quien hasta el presente momento y siempre, vive en sus sucesores y ejerce por medio de ellos su autoridad» [58]. Todo el mundo conoce la sentencia del Concilio de Calcedonia sobre el mismo asunto: «Pedro ha hablado… por boca de León» [59].; sentencia a la que la voz del tercer Concilio de Constantinopla respondió como un eco: «El soberano Príncipe de los Apóstoles combatía al lado nuestro, pues tenemos en nuestro favor su imitador y su sucesor en su Sede… No se veía al exterior (mientras se leía la carta del Pontífice Romano) más que el papel y la tinta, y era Pedro quien hablaba por boca de Agatón» [60]. En la fórmula de profesión de fe católica propuesta en términos precisos por Hormisdas en los comienzos del siglo VI, y suscrita por el emperador Justiniano y los Patriarcas Epífanio, Juan y Mennas, se expresó el mismo pensamiento con gran vigor: «Como la sentencia de nuestro Señor Jesucristo, que dice: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, no puede ser desatendida, la que ha dicho está confirmado por la realidad de los hechos, pues en la sede Apostólica la religión católica se ha conservado sin ninguna mancha» [61].
     
No queremos enumerar todos los testimonios; pero no obstante, nos place recordar la fórmula con que Miguel Paleólogo hizo su profesión de fe en el segundo Concilio de Lyon: «La Santa Iglesia romana posee también el soberano y pleno primado y principal sobre la Iglesia católica universal, y reconoce con verdad y humildad haber recibido este primado y principado con la plenitud del poder del Señor mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o jefe de los Apóstoles y de quien el Pontífice romano es el sucesor. Y por la mismo que está encargado de defender, antes que las demás, la verdad de la fe, también cuando se levantan dificultades en puntos de fe, es, a su juicio, al que las demás deben atenerse» [62].
    
52. Poder soberano pero no único.
De que el poder de Pedro y de sus sucesores es pleno y soberano, no se ha de deducir, sin embargo, que no existen otros en la Iglesia. Quien ha establecido a Pedro como fundamento de la Iglesia, también «ha escogido doce de sus discípulos, a los que dio el nombre de Apóstoles» (Luc. 6, 13). Así del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los Apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. y aunque la autoridad de los Obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan con toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan.
    
Pero como el sucesor de Pedro es único mientras que los de los Apóstoles son muy numerosos, conviene estudiar qué vínculos, según la constitución divina, unen a estos últimos al Pontífice Romano. Y desde luego la unión de los Obispos con el sucesor de Pedro es de una necesidad evidente y que no puede ofrecer la menor duda; pues si este  vínculo se desata, el pueblo cristiano mismo no es más que una multitud que se disuelve y se disgrega, y no puede ya en modo alguno, formar un solo cuerpo y un solo rebaño. «La salud de la Iglesia depende de la dignidad del Sumo Sacerdote: si no se atribuye a éste un poder aparte y sobre todos los demás poderes, habrá en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes» [63].
    
53. Pedro independiente, los Apóstoles dependientes. 
Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sido conferido a los Apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sido conferidas a Pedro aislada e independientemente de los Apóstoles, San Juan Crisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo que refiere San Juan [64], se pregunta «por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo a Pedro», y responde formalmente: «Porque era el principal entre los Apóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpo apostólico» [65]. Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo para fundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar; a él sólo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo que los Apóstoles han recibido en lo que se refiere a funciones y autoridad, lo han recibido conjuntamente con Pedro. «Si la divina Bondad ha querido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común con Pedro, la que no ha rehusado a los demás, no se les ha dado jamás sino por Él» [66]. «Él sólo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ninguno sin su participación» [67].
      
Por donde se ve claramente que los Obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre el que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.
     
54. Unidad de fe, gobierno y comunión.
Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia al decretar dar a ésta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro ya sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el cetro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: «hay, para llegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: Te digo que eres Pedro…”. Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la Iglesia. y aunque después de su Resurrección confiere a todos los Apóstoles un poder igual, y les dice: “Como mi Padre me envió…”, no obstante, para poner a la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad» [68].
   
Y San Optato de Milevo escribe: «Tú sabes muy bien, no puedes negarlo, que es a Pedro el primero a quien ha sido conferida la Cátedra episcopal en la ciudad de Roma, es en la que está sentado el jefe de los Apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedra única en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demás Apóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera en adelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra esta Cátedra única» [69].
     
De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que la herejía y el cisma se producen y nacen, del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas, es que no se obedece al Pontífice de Dios, ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez que ocupa el lugar de Cristo» [70].
    
55. Toda autoridad debe estar unida a Pedro.
Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad, si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia, tuviese autorídad en la Iglesia. Fundándose en esto San Optato de Milevo, reprendía así a los donatistas: «Contra las puertas del infierno, como la leemos en el Evangelio, ha recibido las llaves de salud Pedro, es decir, nuestro jefe, a quien Jesucristo ha dicho: “Te daré las llaves del reino de los cielos, y las puertas del infierno triunfarán jamás de ellas”. ¿Cómo, pues, tratáis de atribuiros las llaves del reino de los cielos, vosotros que combatís la cátedra de Pedro?» [71].
     
56. No basta una primacía de honor.
Pero el orden de los Obispos no puede ser mirado como verdaderamente unido a Pedro, de la manera que Cristo lo ha querido, sino en cuanto está sometido y obedece a Pedro; sin esto, se dispersa necesariamente en una multitud en la que reinan la confusión y el desorden. Para conservar la unidad de fe y comunión, no bastan ni una primacía de honor ni un poder de orientación; es necesaria una autoridad verdadera y al mismo  tiempo soberana, a la que debe obedecer toda la comunidad. ¿Qué ha querido, en efecto, el Hijo de Dios cuando ha prometido las llaves del reino de los cielos sólo a Pedro? Que las llaves signifiquen aquí el poer supremo; el uso bíblico y el consentimiento unánime de los Padres no permiten dudarlo. Y no se pueden interpretar de otro modo los poderes que han sido conferidos sea a Pedro separadamente o ya a los demás Apóstoles conjuntamente con Pedro. Si la facultad de atar y desatar, de apacentar el rebaño, da a los Obispos, sucesores de los Apóstoles, el derecho de gobernar con autoridad propia al pueblo confiado a cada uno de ellos, seguramente esta misma facultad debe producir idéntico efecto en aquel a quien ha sido designado por Dios mismo el papel de apacentar los corderos y las ovejas. «Pedro no ha sido sólo instituido Pastor por Cristo, sino Pastor de los pastores. Pedro, pues, apacienta a los corderos y apacienta a las ovejas; apacienta a los pequeñuelos y a sus madres, gobierna a los súbditos y también a los Prelados, pues en la Iglesia fuera de los corderos y de las ovejas, no hay nada» [72].
      
57. Nombres expresivos de San Bernardo.
De aquí nacen entre los antiguos Padres estas expresiones que designan en especial al bienaventurado Pedro, y que le muestran evidentemente colocado en un grado supremo de la dignidad y del poder. Le llaman con frecuencia jefe de la Asamblea de los discípulos, príncipe de los santos Apóstoles, o corifeo del coro apostólico, boca de todos los Apóstoles, jefe de esta familia; aquel que manda al mundo entero, el primero entre los Apóstoles, columna de la Iglesia. 
        
La conclusión de todo lo que precede parece hallarse en estas palabras de San Bernardo al Papa Eugenio: «¿Quién sois Vos? Sois el gran Sacerdote, el Príncipe soberano. Sois el príncipe de los Obispos, el heredero de los Apóstoles. Sois aquel a quien las llaves han sido dadas, a quien las ovejas han sido confiadas. Otros, además de Vos, son también porteros del cielo y pastores de rebaños, pero ese doble título es en Vos tanto más glorioso cuanto que lo habéis recibido como herencia en un sentido más particular que todos los demás. Estos tienen sus rebaños que les han sido asignados a cada uno en particular, pero a Vos han sido confiados todos los rebaños, Vos únicamente tenéis un solo rebaño formado no solamente por las ovejas, sino también por los pastores, sois el único pastor de todos. Me preguntáis cómo lo pruebo. Por la palabra del Señor. ¿A quién, en efecto, no digo entre los Obispos, sino entre los Apóstoles, han sido confiadas absoluta e indistintamente todas las ovejas? Si tú me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. ¿Cuáles? ¿Los pueblos de tal o cual ciudad, de tal o cual comarca, de tal reino? Mis ovejas, dice. ¿Quién no ve que no se designa a una o algunas, sino que todas se confían a Pedro? Ninguna distinción, ninguna excepción» [73].
   
58. Poder sobre el colegio de los Obispos.
Sería apartarse de la verdad y contradecir abiertamente a la constitución divina de la Iglesia, pretender que cada uno de los Obispos, considerados aisladamente, debe estar sometido a la jurisdicción de los Pontífices Romanos; pero que todos los Obispos, considerados en conjunto, no deben estarlo. ¿Cuál es, en efecto, toda la razón de ser y la naturaleza del fundamento? Es la de salvaguardar la unidad y la solidez más bien de  todo el edificio que la de cada una de sus partes.
     
Y esto es mucho más cierto en el punto que tratamos, pues Jesucristo nuestro Señor ha querido para la solidez del fundamento de su Iglesia obtener este resultado; «que las puertas del infierno no puedan prevalecer contra ella». Todo el mundo conviene en que esta promesa divina se refiere a la Iglesia universal y no a sus partes tomadas aisladamente, pues éstas pueden, en realidad, ser vencidas por el esfuerzo de los infiernos, y ha ocurrido a algunas de ellas que separadamente fueron, en efecto, vencidas.
     
Además, el que ha sido puesto a la cabeza de todo el rebaño, debe tener necesariamente la autoridad, no solamente sobre las ovejas dispersas, sino sobre todo el conjunto de las ovejas reunidas. ¿Es acaso el conjunto de las ovejas que gobierna y conduce al pastor? Los sucesores de los Apóstoles, reunidos, ¿serán el fundamento sobre el que el sucesor de Pedro debería apoyarse para encontrar la solidez?
    
Quien posee las llaves del reino tiene evidentemente derecho y autoridad, no solamente sobre las provincias aisladas, sino sobre todas a la vez; y del mismo modo que los Obispos, cada uno en su territorio, mandan con autoridad verdadera, no solamente a cada individuo, sino a toda la comunidad, así los Pontífices Romanos, cuya jurisdicción abraza a toda la sociedad cristiana, tienen todas las porciones de esta sociedad, aún reunidas en conjunto, sometidas y obedientes a su poder, Jesucristo nuestro Señor, según hemos dicho repetidas veces, ha dado a Pedro y a sus sucesores la misión de ser sus Vicacrios para ejercer perpetuamente en la Iglesia el mismo poder que Él ejerció durante su vida mortal. Después de esto, ¿se dirá que el colegio de los Apóstoles excedía en autoridad a su Maestro?
     
59. Declaraciones de este poder.
 Este poder de que hablamos sobre el colegio mismo de los Obispos, poder que las Sagradas Letras enuncian tan abiertamente, no ha cesado la Iglesia de reconocerlo y atestiguarlo. He aquí lo que acerca de este punto declaran los Concilios: «Leemos que el Pontífice romano ha juzgado a los Prelados de todas las Iglesias, pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos» [74]. Y la razón de este hecho está indicada con solo decir que «no hay autoridad superior a la autoridad de la Sede Apostólica» [75].
    
Por esto, Gelasio habla así de Ios decretos de los Concilios: «Del mismo modo que lo que la Sede primera no ha aprobado, no puede estar en vigor, así, por el contrario, lo que ha confirmado por su juicio, ha sido recibido por toda la Iglesia» [76]. En efecto, ratificar o invalidar la sentencia y los decretos de los Concilios ha sido siempre propio de los Pontífices romanos. León Magno anuló los actos del conciliábulo de Éfeso; Dámaso rechazó el de Rimini; Adriano el de Constantinopla; y el vigésimo octavo canon del Concilio de Calcedonia, desprovisto de la aprobación y de la autoridad de la Sede Apostólica, ha quedado como todos saben, sin vigor ni efecto.
    
Con razón, pues, en el quinto Concilio de Letrán, expidió León X este Decreto: «Consta de un modo manifiesto, no solamente por los testimonios de la Sagrada Escritura, por las palabras de los Padres y de otros Pontífices romanos y por los Decretos de los Sagrados Cánones, sino por la confesión formal de los mismos Concilios, que sólo el Pontífice romano, durante el ejercicio de su cargo, tiene pleno derecho y poder, como tiene autoridad sobre los Concilios, para convocar, transferir y disolver los Concilios» [77].
     
Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que las llaves confiadas a Pedro solamente, y también que el poder de atar y desatar fue conferido a los Apóstoles conjuntamente con Pedro; ¿pero dónde consta que los Apóstoles hayan recibido el soberano poder sin Pedro y contra Pedro? Ningún testimonio lo dice. Seguramente no es de Cristo de quien lo ha recibido.
     
Por esto el decreto del Concilio del Vaticano que definió la naturaleza y el alcance de la primacía del Pontífice Romano, no introdujo ninguna opinión nueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos.
   
60. Jerarquía de autoridades. 
No hay que creer que la sumisión de los mismos súbditos a dos autoridades implique confusión en la administración.
    
Tal sospecha nos está prohibida en primer término por la sabiduría de Dios que ha concebido y establecido por sí mismo la organización de ese gobierno. Además, es preciso notar que lo que turbaría el orden y las relaciones mutuas, sería la coexistencia, en una sociedad, de dos autoridades del mismo grado y no se sometería la una a la otra. Pero la autoridad del Pontífice es soberana, universal y del todo independiente; la de los Obispos está limitada de una manera precisa y no es plenamente independientemente. «Lo inconveniente sería que dos Pastores estuviesen colocados en un grado igual de autoridad sobre el mismo rebaño. Pero que dos superiores, uno de ellos sometido al otro, estén colocados sobre los mismos súbditos, no es un inconveniente, y así un mismo pueblo está gobernado de un modo inmediato por su Párroco, por el Obispo y por el Papa» [78].
   
Los Pontífices romanos, que saben cuál es su deber, quieren más que nadie la conservación de que lo que está divinamente instituido en la Iglesia, y por esto del mismo modo que defienden los derechos de su propio poder con el celo y vigilancia necesarios, así también han puesto y pondrán constantemente todo su cuidado en mantener incólume la autoridad de los Obispos.
     
Y más aún; todo lo que se tributa a los Obispos en orden al honor ya la obediencia, lo miran como si a ellos mismos le fuere tributado: «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el pleno vigor de la autoridad de mis hermanos. No me siento verdaderamente honrado sino cuando se tributa a cada uno de ellos el honor que le es debido» [79].
     
En todo lo que precede. Nos hemos trazado fielmente la imagen y figura de la Iglesia según su divina constitución. Nos hemos insistido acerca de su unidad, y hemos declarado cuál es su naturaleza y por qué principio su divino Autor ha querido asegurar su conservación.
   
61. A los hijos fieles. 
Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacido en el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella escucharán nuestra voz Apostólica, No tenemos ninguna razón para dudar de ello. «Mis ovejas oyen mi voz» (Juan, 10, 27). Todos ellos habrán hallado en esta Carta medios para instruirse más plenamente y para adherirse, con un amor más ardiente, cada uno a sus propios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar con mayor seguridad en el aprisco único, y recoger una mayor abundancia de frutos saludables.
     
62. A los que están fuera de la Iglesia. 
Pero «fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús» (Hebr. 12, 2), cuyo lugar Ocupamos y por quien Nos ejercemos el poder, aunque sean débiles Nuestras fuerzas para el peso de esta dignidad y de este cargo Nos sentimos que su caridad inflama Nuestra alma y emplearemos no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo: «Tengo otras ovejas que no están en este aprisco: es preciso también que yo las conduzca y escucharán mi voz» (Juan, 10, 16). No rehúsen, pues, escucharnos y mostrarse dóciles a Nuestro amor paternal, todos aquellos que detestan la impiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijo de Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errados y apartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. «Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo único de Dios, el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimiento diferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugares donde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia. E igualmente todos los que piensen como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia» [80].
    
63. A los que vacilan. 
Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor a aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, por lo menos experimentan el deseo de tener por Padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios, si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia.
   
64. Dios por Padre y la Iglesia por Madre. 
A todos, pues., Nos dirigimos con grande amor estas palabras que tomamos a San Agustín: «Amemos al Señor, nuestro Dios, amemos a su Iglesia, a Él cual padre, a ella cual madre. Que nadie diga: “Sí, voy aun a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero, no obstante, no dejo la Iglesia de Dios, soy católico”. Permanecéis adheridos a la madre, pero ofendéis al padre. Otro dice poco más o menos: “Dios no lo permita, no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato”: ¿De qué os sirve no ofender al padre que vengará a la madre a quien ofendéis? ¿De qué os sirve confesar al Señor, honrar a Dios, alabarle, reconocer a su Hijo, proclamar que está sentado a la diestra del Padre, si blasfemáis de su Iglesia? Si tuvieseis un protector, a quien tributaseis todos los días el debido obsequio, y ultrajaseis a su esposa con una acusación grave, ¿os atreveríais ni aun a entrar en la casa de ese hombre? Tened, pues, mis muy amados, unánimemente a Dios por vuestro padre, y por vuestra madre a la Iglesia» [81].
    
Confiando grandemente en la misericordia de Dios, que pueda tocar con suma eficacia los corazones de los hombres y formar las voluntades más rebeldes avenir a Él, Nos encomendados, con vivas instancias, a su bondad a todos aquellos a quienes se refiere Nuestra palabra. y como prenda los dones celestiales, y en testimonio de Nuestra benevolencia os concedemos, con grande amor en el Señor, a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro Clero y a vuestro pueblo la Bendición Apostólica.
    
Dado en Roma, en San Pedro, a 29 de Junio del año 1896, décimonoveno de Nuestro Pontificado. LEÓN PAPA XIII.
  
NOTAS
[1] San Jerónimo, Homilía de Eutropio cautivo, Nº 6. Migne, Patrología Græca 52, 402.
[2] San Agustín, Comentario sobre el Salmo 71, nº 8. Migne, Patrología Latína 36, 609.
[3] San Agustín, Explicación sobre el Salmo 103, sermón II, nº 5. Migne, Patrología Latína 37, 1353.
[4] Clemente de Alejandría, Strómata, 7, 17. Migne, Patrología Græca 9, 551.
[5] San Optato de Milevo, Del cisma donatista, lib. III. nº 2. Migne, Patrología Latína 11, 995-997.
[6] San Agustín, Tratado I sobre las Epístolas de San Juan, 13. Migne, Patrología Latína 35, 1988.
[7] San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia Católica, 23. Migne, Patrología Latína 4, 517.
[8] San Cipriano de Cartago,  De la unidad de la Iglesia Católica, 23. Migne, Patrología Latína 4, 517.
[9] San Agustín, Sermón 267, nº 4. Migne, Patrología Latína 38, 1231.
[10] San Ireneo. Contra las herejías, III, 12, nº 12. Migne, Patrología Græca 7, 906.
[11] San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan 18, c. 5, nº 1.
[12] San Jerónimo, Sobre el Evangelio de San Mateo, lib. 4, c. 28, 20.
[13] Clemente Romano, Epístola I a los Corintios, 42-44. Migne, Patrología Græca 1, 291-298.
[14] San Cipriano de Cartago, Epístola a Magno, 1. Migne, Patrología Latína 3, 1138.
[15] Autor del Tratado de la Fe Ortodoxa contra los Arrianos, c. 1. Migne, Patrología Latína 17, 552.
[16] San Agustín, De las herejías, nº 88. Migne, Patrología Latína 42, 50.
[17] Orígenes, Comentario sobre las antiguas interpretaciones sobre San Mateo, n. 46. Migne, Patrología Græca 7, 1077
[18] San Irineo, Contra las herejías, 1.IV, c. 33, n. 8. Migne, Patrología Græca 7, 1077.
[19] Tertuliano, De la prescripción contra los herejes, c. 21. Migne, Patrología Latína 2, 33.
[20] San Hilario, Comentario sobre San Mateo 23, n. 1. Migne, Patrología Latína 9, 993.
[21] Rufino, Historia Eclesiástica, lib. II, c. 9. Migne, Patrología Latína 21, 518.
[22] Ricardo de San Víctor, De la Trinidad, lib. I, c. 2. Migne, Patrología Latína 196, 891.
[23] Concilio Vaticano, sesión III, c. 3. Denzinger, n.º 1789.
[24] San Agustín, Comentario sobre el Salmo 54, n. 19. Migne, Patrología Latína 36, 641.
[25] San Agustín, Contra Fausto, lib. 17, 3. Migne, Patrología Latína 42, 342.
[26] Concilio Vaticano, sesión III, c. 3. Denzinger, nr. 1792.
[27] San Agustín, De la utilidad de creer, c. 17, 35. Migne, Patrología Latína 42, 91.
[28] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II-IIæ, q. 39, art. 1.
[29] San Jerónimo, Comentario sobre la Epístola a Tito, c. 3, 10-11. Migne, Patrología Latína 26, 598.
[30] San Juan Crisóstomo, Homilía 9 sobre la Epístola a los Efesios, n. 5. Migne, Patrología Græca 62, 87.
[31] San Agustín, Réplica a la epístola de Parmeniano, II, c. 9n. 25. Migne, Patrología Latína 43, 69.
[32] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los Gentiles, IV c. 76.
[33] San Paciano, Epístola III (a Sempronio), 11 P.L. 13, 1071.
[34] San Cirilo de Alejandría, Sobre el Evangelio de San Juan, II in 1, 42.
[35] Orígenes, Comentario sobre el Evangelio de San Mateo, t. 12, n. 11. Migne, Patrología Græca 13, 1003-06.
[36] Orígenes, Comentario sobre el Evangelio de San Mateo, t. 12, n. 11. Migne, Patrología Græca 13, 1003.
[37] Orígenes, Comentario sobre el Evangelio de San Mateo, t. 12, n. 11. Migne, Patrología Græca 13, 1003-1006.
[38] San Juan Crisóstomo, Homilía 54 sobre el Evangelio de San Mateo, n. 2. Migne, Patrología Græca 58, 534-35.
[39] San Ambrosio, Exposición sobre el Evangelio de San Lucas, X, n. 175-176. Migne, Patrología Latína 1, 1818.
[40] San Juan Crisóstomo, Del Sacerdocio, II. Migne, Patrología Græca 48, 632.
[41] San Ambrosio, De la Fe, IV, 56. Migne, Patrología Latína 16, 628.
[42] San León Magno, Sermón IV, c. 2. Migne, Patrología Latína 54, 150.
[43] San Basilio Magno, Homilía sobre la Penitencia, n. 4 (en el apéndice de las Obras de San Basilio).  Migne, Patrología Græca 31, 1483
[44] San Juan Crisóstomo, Homilía 88 sobre el Evangelio de San Juan, 1. Migne, Patrología Græca 59, 178-79.
[45] San León Magno, Sermón IV, c. 11. Migne, Patrología Latína 54, 149-50.
[46] San Gregorio Magno, Epistolario V, epístola 20. Migne, Patrología Latína 77, 745-46.
[47] San León Magno, Sermón III, c. 3. Migne, Patrología Latína 54, 146.
[48] Concilio de Florencia, Decreto para los griegos. Denzinger-Umberg. n. 694.
[49] Concilio IV de Letrán (1215) cap. II (Errores del abad Joaquín de Flore). Denzinger-Umberg. n. 433.114.
[50] San Ireneo, Contra las herejías, lib. III, 3 n. 2. Migne, Patrología Græca 7, 849.
[51] San Cipriano de Cartago, Epístola 48 (a Cornelio), n. 3. Migne, Patrología Latína 3, 710.
[52] San Cipriano de Cartago, Epístola 59 (a Cornelio), n. 14. Migne, Patrología Latína 3, 732.
[53] San Jerónimo, Epístola 15 (a Dámaso), n. 2. Migne, Patrología Latína 22, 355.
[54] San Jerónimo, Epístola 16 (a Dámaso), n. 2. Migne, Patrología Latína 22, 359.
[55] San Agustín, Epístola 43, 7; Sermón 120, 13. Migne, Patrología Latína 33, 163.
[56] San Cipriano de Cartago, Epístola 55, n. 1. Migne, Patrología Latína 3, 765.
[57] San Máximo Abad, Explicación de la Epístola al ilustre Pedro. Migne, Patrología Latína 129, 576.
[58] Concilio de Éfeso (431), Discurso de Felipe, Legado del Romano Pontífice, en Actio III; Denzinger-Umberg, n. 112. Mansi 4, 1295.
[59] Concilio de Calcedonia, Actio II. Mansi 6, 971.
[60] Concilio III de Constantinopla, Actio 18. Mansi 11, 666.
[61] Fórmula de profesión de fe católica, después de la Epístola 26 a todos los obispos de España, n. 1. Migne, Patrología Latína 63, 460; Mansi 8, 467; Denzinger-Umberg, nr. 466.
[62] Concilio II de Lyon, Actio IV: Profesión de fe de Miguel Paleólogo. Denzinger-Umberg, nr. 466.
[63] San Jerónimo, Diálogo contra los luciferianos, n. 9. Migne, Patrología Latína 23, 165.
[64] San Juan 21, 15: «Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: “hijo de Juan, ¿me amas más que éstos”?».
[65] San Juan Crisóstomo, Homilía 88 sobre el Evangelio de San Juan, 1. Migne, Patrología Græca 59, 478.
[66] San León Magno, Sermón IV, c. 2. Migne, Patrología Latína 54, 150.
[67] San León Magno, Sermón IV, c. 2. Migne, Patrología Latína 54, 150.
[68] San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, n. 4. Migne, Patrología Latína 4, 498.
[69] San Optato de Milevo, Del cisma donatista, lib. II, 2. Migne, Patrología Latína 11, 947.
[70] San Cipriano de Cartago, Epístola 12 a Cornelio, n. 5. Migne, Patrología Latína 3, 802.
[71] San Optato de Milevo, Del cisma de los donatistas, lib. II, n. 4-5. Migne, Patrología Latína 955-956.
[72] San Bruno de Segni. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, parte III, cap. 21, n. 55.
[73] San Bernardo, De la consideración, libro II, c. 8. Migne, Patrología Latína 182, 751.
[74] Adriano II, Alocución III al Sínodo Romano de 869-870, cfr. Actiones VII Conc. Constantinop, IV; véase también Denzinger-Umberg, n. 330 y n. 353.
[75] San Nicolás I (858-867) Epístola 84 al emperador Miguel: cfr. Epístola. “Proposuerámus quídem”, al emperador Miguel (865), Denzinger-Umberg n. 333. Migne, Patrología Latína 119, 954: «Patet profécto Sedis Apostólicæ, cujus auctoritáte major non est, judícium a némine fore retractándum, néque cuíquam de ejus líceat judicáre judício» (Es manifiesto que los juicios de la Sede Apostólica son irreformables, y que a nadie es permitido hacerse juez de sus sentencias).
[76] San Gelasio I, Epístola 26 (a los obispos de Dardania), n. 5. Migne, Patrología Latína 59, 67.
[77] Concilio V de Letrán (1512-1517) sesión IV c. 3; véase también sesión XI (1516). Denzinger-Umberg, nr. 740-741.
[78] Santo Tomás de Aquino, Sentencias, libro IV, dist. 17, art. 4, ad q. ad 13.
[79] San Gregorio Magno, Epistolario VIII, epístola 30 (a Eulogio). Migne, Patrología Latína 77, 933. 1146. Juan 10, 27.
[80] San Agustín, Epístola contra los donatistas, o de la Unidad de la Iglesia, c. IV, n. 7, Migne, Patrología Latína 43; 395.
[81] San Agustín, Explicación sobre el Salmo 88, sermón II, n. 14. Migne, Patrología Latína 33, 1140.

POR SEGUNDA VEZ, EL “RITO ZAIREÑO” EN EL VATICANO (¿Y “Desidério desiderávi” en qué quedó?)

Francisco Bergoglio canceló su viaje a la República Democrática del Congo (antiguo Congo Belga), enviando en su lugar a su Secretario de Estado Pietro Parolin Miotti; pero ayer 3 de Julio presidió una celebración en “rito zaireño” en la Basílica de San Pedro, siendo la segunda vez que preside en dicho rito.
  

Bergoglio, revestido con estola y capa pluvial verde, entró y salió en silla de ruedas. A veces miraba como si estuviera en coma. El evento, lleno de aplausos, cantos y bailes, fue dirigido por el arzobispón Paul Richard Gallagher (Secretario para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado).

La celebración se da en el marco de la firma el día anterior de unos acuerdos entre el Vaticano y el gobierno de la RDC, en el que se reconoce la personalidad jurídica de la Iglesia en dicho país africano.
   
Las lecciones se hicieron en francés y suajili, y la oración de los fieles en los idiomas locales en RDC (lingala, suajili, chiluba y kikongo) y en italiano.
   
Aun antes de la narración de la Institución (que remplazó las Palabras Consecratorias en los ritos conciliares), los presbíteros co-concelebrantes en la primera fila sostenían en las manos sendos tazones con “hostias”, cuando la liturgia católica exige que la hostia sea consagrada sobre el corporal en el altar.
   

El “rito zaireño” (llamado así por su uso en el Zaire, antiguo Congo Belga y actual RDC) fue inventado en 1969 por el entonces arzobispo de Kinshasa Joseph-Albert Malula Bolumbu († 1989) a instancias de la “zaireización” impuesta por el dictador cleptócrata Joseph-Désiré Mobutu Sese Seko († 1997), y permitido por la Congregación para el Culto Divino en 1988. La traducción francesa de un libro sobre este rito (el primero creado y –hasta ahora– el único aprobado por el Vaticano siguiendo la “inculturación” propuesta en el documento deuterovaticano “Sacrosánctum Concílium”) fue presentado en el Vaticano el 20 de Junio. Vittorio Francesco Viola Mello OFM Conv., secretario del Dicasterio para el Culto Divino, dijo en esa ocasión que el rito representaba «un ejemplo de colaboración entre dicasterios y conferencias episcopales» y «un modelo del camino sinodal de los pastores que escuchan al pueblo para pensar y repensar una liturgia viva» (lo que sea que eso sea).
  
En síntesis, y contrario a “Traditiónis custódes” y “Desidério desiderávi”, no existe una única forma de Novus Ordo, sino tantas como se quiera inventar.

MISA DEL BEATO GASPAR DE BONO

Del Misal propio de España. La Misa Os Justi es del Común de los Confesores no pontífices, pero las oraciones son propias.

Die 4. Julii
In Festo B. Gaspáris de Bono, Confessóris.

Introitus. Ps. 36, 30-31. Os justi meditábitur sapiéntiam, et lingua ejus loquétur judícium: lex Dei ejus in corde ipsíus. (T. P. Allelúja, allelúja.) Ps. ibid., 1. Noli æmulári in malignántibus: neque zeláveris faciéntes iniquitátem. ℣. Glória Patri.
   
ORATIO
Deus, qui beátum Gaspárem Confessórem tuum insígne tuæ dilectiónis, et sacerdotális ministérii exémplar esse voluísti; da nobis ejus précibus, ut per eádem vestígiae gradiéntes, prǽmia cónsequi mereámur. Per Dóminum.

Et fit Comm. Octavæ Sanctorum Apostolorum Petri et Pauli.
ORATIO
Deus, qui hodiérnam diem Apostolórum tuórum Petri et Pauli martýrio consecrásti: da Ecclésiæ tuæ, eórum in ómnibus sequi præcéptum; per quos religiónis sumpsit exórdium. Per Dóminum nostrum.
   
Léctio libri Sapiéntiæ.
Eccli. 31, 8-11.
   
Beátus vir, qui invéntus est sine mácula, et qui post aurum non ábiit, nec sperávit in pecúnia et thesáuris. Quis est hic, et laudábimus eum? fecit enim mirabília in vita sua. Qui probátus est in illo, et perféctus est, erit illi glória ætérna: qui potuit tránsgredi, et non est transgréssus: fácere mala, et non fecit: ídeo stabilíta sunt bona illíus in Dómino, et eleemósynis illíus enarrábit omnis ecclésia sanctórum.
   
Graduale. Ps. 91, 13 et 14. Justus ut palma florébit: sicut cedrus Líbani multiplicábitur in domo Dómini.
℣. Ibid., 3. Annuntiándum mane misericórdiam tuam, et veritátem tuam per noctem.
   
Allelúja, allelúja. ℣. Jac. 1, 12. Beátus vir, qui suffert tentatiónem: quóniam, cum probátus fúerit, accípiet corónam vitæ. Allelúja.
  
Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur:
Tractus. Ps. 111, 1-3. Beátus vir, qui timet Dóminum: in mandátis ejus cupit nimis.
℣. Potens in terra erit semen ejus: generátio rectórum benedicétur.
℣. Glória et divitiæ in domo ejus: et justítia ejus manet in sǽculum sǽculi.
   
Tempore autem Paschali omittitur Graduale, et ejus loco dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Jac. 1, 12. Beátus vir, qui suffert tentatiónem: quóniam, cum probátus fúerit, accípiet corónam vitæ. Allelúja.
℣. Eccli. 45, 9. Amávit eum Dóminus et ornávit eum: stolam glóriæ índuit eum. Allelúja.
  
✠ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.
Luc. 12, 35-40.
   
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucérnæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.
  
Offertorium. Ps. 88, 25. Véritas mea et misericórdia mea cum ipso: et in nómine meo exaltábitur cornu ejus. (T. P. Allelúja.)
   
SECRETA
Beáti Gaspáris quǽsumus, Dómine, méritis et intercessióne Spíritum nobis tuæ charitátis infúnde, ut sicut te in illo mirábilem prædicámus, ita in nos misericórdem fuísse lætémur. Per Dóminum.
   
Commemoratio Octava S. Apostolorum.
SECRETA
Hóstias, Dómine, quas nómini tuo sacrándas offérimus, apostolica prosequátur orátio: per quam nos expiári tríbuas et deféndi. Per Dóminum.
  
Communio. Matth. 24, 46-47. Beátus servus, quem, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántem: amen, dico vobis, super ómnia bona sua constítuet eum. (T. P. Allelúja.)
   
POSTCOMMUNIO
Refécti cibo, pótuque cœlésti, te súpplices exorámus, omnípotens Deus, ut qui beáto Gaspári plenam de mundi illecébris victóriam tribuísti, nos fácias ejus imitatióne sǽculi blandiménta vitáre, et ad te puris méntibus perveníre. Per Dóminum.
   
Commemoratio Octava S. Apostolorum.
POSTCOMMUNIO
Quos cœlésti, Dómine, aliménto satiásti: apostólicis intercessiónibus ab omni adversitáte custódi. Per Dóminum nostrum.

PRESBÍTERO Y TRES “MONJAS”, CONDENADOS POR TORTURAS Y ESCLAVITUD

Noticia tomada de GLORIA NEWS, ampliada en algunos detalles.
   
   
El Tribunal de Vila Nova de Famalição (Portugal) impuso sentencias de prisión de 12 y 17 años al sacerdote-presbítero Joaquim Milheiro Valente, de 90 años (ordenado el 9 de Abril de 1955), ex cura párroco (diócesis de Portalegre), y a tres “monjas”: Maria Arminda Costa, Maria Isabel Silva y Joaquina Carvalho, de entre 70 y 75 años “por esclavizar” a al menos nueve novicias y hermanas, una de las cuales (Maria Amelia Serra) se suicidó en Agosto de 2004 presuntamente después de ser forzada a comer “excremento de perros” en castigo por ser sorprendida viendo televisión. Ella había estado en la comunidad durante veinte años.
    
Los abusos ocurrieron durante tres décadas en la sede de la Fraternidad Misionera de Cristo Joven, una asociación diocesana de fieles fundada en 1975 y vinculada a los “Testigos de la Cruz”, movimiento surgido alrededor de las presuntas “apariciones” a Madeleine Aumont en Dozulé (Francia). Milheiro Valente también promocionaba en Portugal a la falsa mística egipcia Vassula Rydén (nacida Vassiliki Claudia Pendakis), cuyas obras y actividades fueron condenadas por el Vaticano y por varias iglesias ortodoxas.
   
Según el DiariDeGirona.cat (1 de julio), el tribunal consideró “probable” un «clima de terror y miedo» y las “agresiones bárbaras” cometidas por los condenados.

CRÍMENES PEDERASTAS CONCILIARES SERÍAN JUZGADOS BAJO LA LEY FEDERAL ESTADOUNIDENSE

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
Todos los 300 obispones de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos podrían ser llevados a juicio, por el Gobierno federal estadounidense, cuyo FBI está investigando a los cooperadores criminales bajo el estatuto federal conocido como la Ley Mann, que prohíbe el tráfico de menores a través de los límites estatales para delitos sexuales.
La Ley Mann es más amplia que las leyes estatales, y no tiene prescripción, por la cual muchos clérigos conciliares anteriormente salían impunes.
   
Se ha elevado la apuesta contra los presbíteros y obispones partícipes en el Gran Holocausto Sexual y Malversación conciliar, mientras el Negociado Federal de Investigaciones estadounidense anunció el 1 de Julio de 2022, que estaba investigando si perseguir a estos criminales bajo la federal Ley Mann, que prohíbe cruzar las fronteras estatales para sexo ilícito. Así, los criminales serían responsables no solo bajo la ley penal estatal sino también bajo la ley penal federal.
    
El FBI está investigando los crímenes sexuales contra menores por parte de los obispones y presbíteros conciliares, a veces remontados a décadas, porque frecuentemente los clérigos conciliares cruzan las fronteras estatales para cometer sus crímenes. El nuevo procedimiento permitiría demandas federales, como también estales, por las víctimas contra el criminal clero conciliar. Adicionalmente, la Ley Mann no tiene prescripción, así que los perpetradores nunca podrán escapar de la justicia, sin importar cuánto tiempo transcurrieron los delitos. Un caso notorio involvucra a un ex “monaguillo” conciliar, quien fue abusado sexualmente hacia los 1970s, cuando un presbítero pervertido lo llevó fuera de las fronteras del estado para sodomizarlo. Entre estos implicados están los cuatro últimos arzobispones de Nueva Orléans (Luisiana), quienes coludieron con el presbítero laicizado Lawrence Hecker, de 90 años y notorio predador sexual [Parte de la información para este Comentario proviene del National Catholic Register].
    
Católicos tradicionales, la Archidiócesis de Nueva Orleáns entró en bancarrota en 2020 por los rampantes crímenes sexuales contra menores por su clero. Casi 400 menores víctimas fueron privados de la justicia por la prescripción del Estado de Luisiana. Sin embargo, con la aplicación de la Ley Mann, estas víctimas podrán demandar en los tribunales federales de Estados Unidos. Además, un fiscal federal estadounidense declaró que la misma Iglesia Conciliar en los Estados Unidos, como la organización de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos,  “pueda ser llevada a juicio”. No podría haber algo más merecido para ese grupo de criminales.

domingo, 3 de julio de 2022

DE TRED CASOS SONADOS EN MENOS DE UNA SEMANA

Elementos tomados de distintas fuentes.
   
1.º VATICANO-ESTADOS UNIDOS-PUERTO RICO: LOS CASOS STIKA Y FERNÁNDEZ TORRES, EJEMPLO DE INCONSISTENCIA PROCESAL VATICANA.
   
  
Las inyecciones del Covid fueron solo un pretexto para la brutal destitución del obispón de Arecibo, Daniel Fernández Torres, de 57 años, según publica el 29 de Junio Edward Pentin en National Catholic Register.

De acuerdo al documento “Dios Siempre es Mayor” preparado por la defensa de Fernández, él y el arzobispón de San Juan, Roberto González Nieves (presidente de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña), han tenido desacuerdos durante mucho tiempo, por ejemplo, sobre la independencia de Puerto Rico. González Nieves es independentista, mientras que Fernández Torres no.
   
Ítem, en 2010, González Nieves pidió por medio del entonces nuncio en República Dominicana y Delegado apostólico para Puerto Rico Józef Wesołowski (con quien también tuvo discrepancia política), que Fernández Torres, quien entonces era obispón auxiliar de San Juan, fuese instalado en una diócesis fuera de la isla, petición que fue infructuosa. Desde entonces, el rencor de González Nieves se incrementó hasta propiciar la salida de Fernández.

En 2012, bajo Benedicto XVI, el Vaticano le pidió en numerosas ocasiones a González que renunciara, porque protegía a los sacerdotes homosexuales/pedófilos y apoyaba las cohabitaciones homosexuales, pero él se negó y Ratzinger no pudo seguir adelante.

Por supuesto, Francisco Bergoglio estaba feliz de mantener en el cargo al comprometido González, quien es un amigo cercano del cardenal francisquista hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga SDB, quien, según Pentin, desempeñó un rol clave en la expulsión de Fernández.
   
El pasado 19 de Mayo, en un encuentro con editores europeos de las revistas jesuitas, Bergoglio dijo que los conflictos diocesanos como el de Colonia y Arecibo eran causados por “grupos de presión”. En Colonia, el cardenal Rainer Maria Woelki fue investigado por presunto encubrimiento de pederastas y ofreció su renuncia, siendo enviado a licencia por seis meses, mientras que Reinhard Marx en Múnich y Stephen Ackerman en Tréveris afrontaron el mismo cargo, y no les fue aceptada la renuncia ni impuesta medida alguna.
   
Pentin además cuestiona que Richard Stika, obispo de Knoxville (Tennessee), acusado entre otras cosas de encubrir el caso de abuso sexual por un seminarista, conducta errática y malos manejos fiscales, permanezca gobernando su diócesis sin afrontar sanción alguna (no obstante presentarse las denuncias bajo el motu próprio “Vos estis lux mundi”, cuya fase experimental terminará este verano). Y citó a un cardenal que, bajo anonimato, dijo respecto a ese doble rasero: «El trato dado a estas situaciones me parece muy arbitrario, despertando preguntas serias y justificadas».
  
En todo caso, varios canonistas consultados por Pentin dijeron que el secretismo en los procesos vaticanos, sumado a la disparidad de conceptos entre los actuales Dicasterios para los Obispos y para la Doctrina de la Fe (cuyos prefectos son respectivamente Marc Armand Ouellet Michaud PSS y Luis Francisco Ladaria Ferrer SJ) y qué tantos amigos poderosos se tengan contribuyen a que los procesos canónicos de obispos tengan dispar resultado.
  
2.º MALAUI: PRESBÍTERO PARTÍCIPE EN ASESINATO DE ALBINO, CONDENADO A 30 AÑOS DE PRISIÓN Y TRABAJOS FORZADOS.
   
   
El 27 de Junio, el Tribunal Superior de Blantyre (Malaui) condenó al presbítero Thomas Muhosha a treinta años de prisión “con trabajos forzados” por su participación en el asesinato en 2018 de MacDonald Masambuka, un albino de 22 años, un albino.
   
Otros cinco sospechosos fueron condenados a cadena perpetua, después de haber sido declarados culpables el 28 de Abril. Uno de ellos era Kassim White, el hermano de la víctima. Muhosha había planeado vender las partes del cuerpo de la víctima, a quien sus asesinos atrajeron a una trampa mortal con la promesa de que le habían encontrado una esposa.

El asesinato de albinos, que es frecuente particularmente en la región africana de los Grandes Lagos, está impulsado por la superstición de que las partes del cuerpo y los huesos de estos proporcionan riqueza y buena suerte a su portador. Solo en Malaui, desde 2014 han habido 148 ataques contra albinos, de los cuales 14 corresponden a homicidios y siete tentativas.
  
3.º INDIA: TRIBUNAL LIBERA BAJO FIANZA A PRESBÍTERO Y MONJA, PRESUNTOS ASESINOS DE UNA NOVICIA.
    
   
El 23 de Junio, los jueces K. Vinod Chandran y C. Jayachandran del Tribunal Superior de Kerala (India) suspendieron las cadenas perpetuas del presbítero Thomas M. Kottoor y de la hermana Sephy, y les ha concedido la libertad bajo fianza.

Los acusados presentaron por medio de su apoderado B. Raman Pillai (que había defendido al controvertido obispón latino Franco Mulakkam durante el juicio por presunto abuso sexual a una monja, proceso del que salió absuelto en Enero de 2022) una impugnación a la sentencia de primera instancia.

Según dijeron los magistrados, 
«No nos detenemos en la circunstancia de falta de explicación o las extravagantes de suicidio dadas por los imputados ya que sólo pueden formar un eslabón en la cadena de circunstancias y no pueden conducir únicamente a una condena. En una mirada prima facie a las pruebas señaladas por la defensa, y no contrarrestadas efectivamente por la acusación, no podemos sino liberar a los dos acusados, como medida provisional, suspendiendo su sentencia hasta la resolución de la apelación».
Por tal razón les otorgaron la libertad provisional previo el pago cada uno de una caución de 500.000 rupias indias, monto de la multa que les había sido impuesta en primera instancia. Adicionalmente, se les impuso la prohibición de salir del estado.
   
Kottoor y Sephy fueron acusados de homicidio y destrucción de evidencia por la muerte de la novicia Abhaya (nacida Beena Thomas) el 27 de Marzo de 1992. Según el Negociado Central de Investigaciones indio, Abhaya fue asesinada de un hachazo en la cabeza después de sorprenderlos teniendo relaciones sexuales en la cocina del convento San Pío X de la siro-malabar Congregación de San José en Kottayam, y su cadáver fue arrojado a un pozo para hacerlo pasar como un suicidio. En Diciembre de 2020, fueron condenados a cadena perpetua.
  
En Kottayam, la decisión fue mal vista por la población, que reiteró que las autoridades eclesiásticas de la archieparquía siro-malabar de Kottayam ejercieron su influencia y poder sobre los policías primero, y sobre el tribunal después. Es de advertir que la archieparquía siro-malabar de Kottayan fue fundada en 1911 a instancias de los Knanayas (una comunidad endogámica de cristianos siro-malabares establecida en Kerala desde el siglo VI, emparentada con los Judíos de Cochín), que no aceptaban tener obispos que no fueran de su etnia, siendo así la única diócesis personal en el Rito oriental y con dos ritos distintos (tiene un vicario para los knanayas siro-malabares y otro para los knanayas siro-malankaras).

BERGOGLIO RATIFICA BRUTAL CASTIGO DE LA OBRA A PRESBÍTERO

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   
El expulsado sacerdote del Opus Dei Janvier Gbénou, de 42 años, que se llama a sí mismo Jesusmary Missigbètò y actualmente vive con sus padres en Costa de Marfil, recibió el 1 de Julio un Decreto de la Congregación para los Obispos firmado por Francisco Bergoglio y el cardenal Marc Ouellet.
   

Este valida las sanciones impuestas a Gbénou por el Opus Dei por una alegada falta de “respeto y obediencia al Sumo Pontífice” (canon 273 wojtyliano), un párrafo que tal vez nunca antes se había usado en la historia de la Iglesia.
    
Gbénou ha cuestionado el homosexualismo de Bergoglio. Actualmente tiene prohibido celebrar Misa en público y privado, predicar y oír confesiones.
    

Él llama injusta la decisión declarando que en conciencia (la que Bergoglio valora mucho en los pecadores impenitentes) no puede renunciar a su criticismo porque el mismo Francisco Bergoglio «ha faltado gravemente al “respeto y obediencia a Dios y al Pueblo de Dios”».
    
Gbénou cita a Cristo, y documentos papales y vaticanos contra la homoherejía de Bergoglio. Enlista los cardenales homosexualistas y sus ofensas contra la doctrina de la Iglesia como Jean-Claude Hollerich SJ (Luxemburgo) que el 2 de Febrero llamó “falsa” a la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad, Matteo Maria Zuppi Fumagalli (Bolonia) que permitió el 11 de Junio una “bendición” homosexual por el presbítero Gabriele Davalli en la parroquia San Lorenzo de Prunaro en Budrio, y a Blase Joseph Cupich Mayhan (Chicago) quien permitió que el presbítero Joe Roccasalva OSA dejara predicar a dos homosexuales en la antigua parroquia de San Patricio el 19 de Junio.
    
La víctima de Bergoglio pregunta: «¿Qué sanción para estos cardenales infieles a la enseñanza tradicional de la Iglesia Católica? Ninguna. Por el contrario, cargos de responsabilidad y elogios públicos del Papa Francisco mientras se sanciona a los sacerdotes fieles a la Tradición cristiana».

sábado, 2 de julio de 2022

BERGOGLIO CÓMODO CON LA OLIGARQUÍA

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
    
El  multimillonario estadounidense Elon Reeve Musk Haldeman tuvo una reunión privada con Francisco Bergoglio, junto con sus cuatro hijos.
   

Según los informes, la reunión tuvo lugar en la Casa Santa Marta y duró menos de una hora.
   
“Me siento honrado de haber conocido al Pontífice ayer”, reveló en un trino Musk, patrocinador de Tesla y SpaceX, publicando una foto del evento.
   

Poco antes, Musk había tuiteado una foto de él junto con una mujer joven, ambos utilizando máscaras, en Venecia.
  

PRESBÍTERO QUE DENUNCIÓ ABUSON DE PODER, SE SUICIDA


El presbítero francés François de Foucauld (foto), de 50 años de edad, fue hallado muerto en el bosque de Rambouillet (suroeste de París) el pasado 30 de Junio. Había cometido suicidio, informó Lucien-Jacques-Marie-Joseph Crépy Vermersch CJM, obispón de la diócesis de Versalles, en un comunicado (ver abajo) que después bajó de su página web.
    

François de Foucauld fue instalado presbítero en el año 2004 para la diócesis de Versalles. Su última parroquia fue San Gil, en el pueblo de Bois-d’Arcy, donde se hizo famoso hacia el año 2018 por las “misas de los curiosos” que presidía el primer sábado de cada mes, donde buscaba atraer la atención con juegos de luces sobre la mesa. Pero, por razones desconocidas no le dieron misión canónica en Septiembre de de 2021, y tres meses después, en una columna para el diario La Croix denunció haber sido víctima de abuso de poder y que en torno a estas situaciones, la Iglesia Conciliar aplica una omertá similar a la que hay sobre el abuso sexual.
  
La parroquia de San Germán de París en Fontenay-le-Fleury escribió respecto a este caso de suicidio: «Los sentimientos de culpa son inevitables en estas circunstancias, y deben ser rechazados vigorosamente; no vienen de Dios». Quizá un intento de “lavar las culpas” de la diócesis.
  
Un estudio realizado por la Unión San Martín para la Conferencia Episcopal Francesa en 2020 (después de los suicidios de los presbíteros conciliares Jacques Amouzou –togolés incardinado en la diócesis de Langres– y Thierri Min –miembro del consejo episcopal de la diócesis de Metz– el 20 y el 23 de Agosto respectivamente) reveló que dos de cada diez presbíteros menores de 75 años sufren de depresión, 7,4% padecen agotamiento laboral y casi el 2% de desgaste laboral severo debido a la sobrecarga de trabajo (en promedio, trabajan 9,4 horas al día y solo tienen un día y medio de descanso a la semana). Además, el estudio reveló que el 63% padece de sobrepeso y el 20% de obesidad, que más de 40% abusan del alcohol y un 8% de estos están en riesgo crónico o ya son alcohólicos.

MÁS CURIOSIDADES DEL LOGO DEL JUBILEO 2025

1.º LOGO DISEÑADO POR UN MASAJISTA.
   
  
El logotipo del Vaticano para el Año Santo 2025 fue diseñado por un tal Giacomo Travisani, informa el sitio web TraniLive.it, al mismo tiempo que lo muestra en la presentación del logotipo con un arete.
  
El diseño de Travisani fue elegido (vaya a saber uno por qué motivo) entre un total de 294 presentaciones de 213 ciudades y 48 países diferentes. Los participantes tenían entre 6 y 83 años de edad.
  
El arzobispón Salvatore “Rino” Fisichella afirmó que fue “realmente conmovedor” recorrer los diseños hechos a mano por niños y que eran el fruto de la fe sencilla.
  
El presbítero John Todd Zuhlsdorf Sabbe encontró el nombre y la fotografía de Travisani y su profesión en Internet. El “diseñador” es un especialista en todo tipo de técnicas de masaje, entre ellas:
  • Masaje Sueco básico;
  • Masaje Ayurvédico Abyangam;
  • Masaje Emocional californiano;
  • Masaje Hawaiano Lomi Lomi Nui;
  • Masaje Tailandés con aceite;
  • Masaje Deportivo;
  • Masaje Tailandés tradicional;
  • Masaje Anticelulítico;
  • Masaje Kirei y Kobido;
  • Anatomía palpatoria.
2.º SI PERSIGUEN EL LATÍN, ¿POR QUÉ LO DISEÑARON CON ESE IDIOMA?
   
 
Entre los comentarios que ha generado el logo del Jubileo, que en su mayoría han cuestionado que sea propaganda homosexual o que su estilo sea muy de los años 70, se destacó uno que, al ver la versión latina del mismo, comentó lo siguiente: «Cur posuérunt línguam Latínam in hac imágine? Ne unum quídem verbum Latíne dicunt in Missa Novi Órdinis. Quam ob rem hic?» (¿Por qué pusieron el latín en esta imagen? Ellos no dicen ni una sola palabra en latín en la Misa del Nuevo Orden. ¿Por qué está esto aquí?).
  

La pregunta (que también puede hacerse sobre el logo del Jubileo del año 2000, o los del Jubileo de la Misericordia de 2016 –diseñados siguiendo al presbítero esloveno Marko Iván Rupnik Kaučič SJ–, que pueden verse arriba) tiene sentido, porque si bien Juan XXIII Roncalli en “Véterum sapiéntia” buscó fomentar el estudio del latín y otros idiomas no vernáculos en los seminarios, y que en los misales del Novus Ordo se incluye un aparte con la versión latina del Ordinario de la Misa, el latín ha sido desplazado totalmente del Vaticano conciliar, hasta el punto que el idioma de trabajo de la Curia ha pasado a ser el italiano moderno, y el uso del latín incluso en el Novus Ordo es duramente perseguido (¿o no, Sixto Varela?).
 
3.º OTRO PARECIDO AL LOGO.
  

Apenas fue publicado el logo del Jubileo 2025, un usuario en Facebook publicó una animación de la serie televisiva infantil británica “Teletubbies” (1997-2001).
  
Aparte de la controversia de que esta serie era perjudicial a la capacidad comunicativa de los niños por el uso de balbuceos en lugar de oraciones completas, y de no tener valor educativo alguno, también se ha señalado a la serie de ser homosexualista. Como si el hecho de ser protagonizada por cuatro extraterrestres asexuados con rostro de bebé fuese poco, en 1997, el conferencista de la Universidad de Sussex y crítico académico y cultural Andy Medhurst sacó del armario al personaje Tinky Winky por usar un bolso de mujer diciendo: «Puede ser el primer modelo de personaje queer para infantes»; y en Kazajistán, la serie fue prohibida por orden del presidente Nursultán Nazarbáyev, al acusar al personaje de ser un pervertido sexual.

viernes, 1 de julio de 2022

EL SÍNODO DE LA SINODALIDAD, REVIVIENDO LA HEREJÍA DE LA APOCATASTASIS

La Comisión de Espiritualidad-Subgrupo de Espiritualidad para la Sinodalidad del Sínodo sobre la Sinodalidad publicó el folleto “Hacia una espiritualidad para la Sinodalidad” (sin versión española en el momento en que se redactó este artículo), que incluye la siguiente cita:
«¿Qué es un corazón misericordioso? Es el incendio del corazón por toda criatura: por los hombres, por las aves, por las bestias, por los demonios y por todo lo que existe. A su recuerdo y a su vista, los ojos [de tal individuo] derraman lágrimas, por la violencia de la misericordia que impulsa a [su] corazón con motivo de la gran compasión. El corazón se derrite y no puede soportar oír o ver un daño o un sufrimiento pequeño de cualquier criatura. Por tal razón, ofrece oraciones con lágrimas en todo tiempo, aun por los seres que no son dotados de razón, por los enemigos de la verdad y por aquellos que le son adversos, para que sean protegidos y reciban misericordia; e incluso por los reptiles, con motivo de su gran misericordia, que en su corazón brota sin medida, como imagen de Dios».
 
  
El texto anterior proviene de la Homilía 74 “La discriminación de las virtudes” de Isaac de Nínive (en siríaco ܡܳܪܝ ܐܺܝܣܚܳܩ ܕܢܺܝܢܘܳܝ̈ܶܐ/Mar ʾĪsḥāq ḏ-Nīnwē; en árabe إِسْحَاق النينوي/Ishaq an-Naynuwī; en griego Ἰσαὰκ Σῦρος; 700), parte de la Primera Colección (Escritos místicos), traducida al inglés por el semitólogo, historiador e islamólogo neerlandés Arent Jan Wensinck Vermeer († 1939), y cuya primera página puede verse a continuación:
  

Isaac de Nínive (en realidad, nacido en lo que hoy es Catar) era un obispo nestoriano que parecía sostener que el Infierno estaba vacío, la condenación no era eterna, y que todas las criaturas (incluidos los demonios) serían salvadas. En una palabra, adhería a la apocatastasis, doctrina contraria al Evangelio y que ha sido condenada en cuatro momentos:
  • Sínodo Endemousa (hoy Santo Sínodo) de Constantinopla (año 543), Anatemas al origenismo: «Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema».
  • Concilio de Constantinopla II (año 553), Condena al Cisma Tricapitolino: «Si alguno no anatematiza a […] Orígenes, juntamente con sus impíos escritos, y a todos los demás herejes, condenados por la santa Iglesia Católica y Apostólica y por los cuatro antedichos santos Concilios, y a los que han pensado o piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin en su impiedad, ese tal sea anatema».
  • Concilio de Letrán IV (año 1215), Profesión de fe para los valdenses: «Y, finalmente, [creemos y confesamos que] Jesucristo unigénito Hijo de Dios, […] ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna».
  • Papa Benedicto XII, Constitución Dogmática “Benedíctus Deus” (29 de Enero de 1336): «Definimos [por autoridad apostólica] además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales».
De otra arista, Santo Tomás de Aquino explica que a los demonios no se les debe amar (mucho menos tener misericordia):
«Como ya hemos expuesto (art. 6), en los pecadores debemos amar por caridad la naturaleza y odiar el pecado, y la palabra demonio significa una naturaleza deformada por el pecado. Por eso los demonios no deben ser amados en caridad» (Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 25, art. 11).
Con todo, el propio Isaac de Nínive postula en otro lugar que el mayor tormento en los condenados es la privación del amor de Dios:
«En cuanto a mí, digo que los que son atormentados en el infierno son atormentados por los golpes del amor. ¿Qué hay más amargo y más violento que los tormentos del amor? Quien siente que ha pecado contra el amor lleva en sí una condena mucho mayor que los castigos más temidos. El dolor que trae al corazón el pecado contra el amor es más desgarrador que cualquier otro tormento.
       
Es absurdo pensar que los pecadores en el infierno sean privados del amor de Dios. El amor es hijo del conocimiento de la verdad, que, según todos, se da sin compartir. Por su mismo poder, el amor actúa de dos maneras. Él atormenta a los pecadores, como sucede aquí que un amigo atormenta a otro amigo. Y se regocija en sí mismo los que han guardado lo que se debe hacer. Éste, en mi opinión, es el tormento del infierno: el arrepentimiento. Pero las almas de los de arriba están en la embriaguez del deleite» [Œuvres spirituelles, serie1ª serie; discurso 84. (Jacques Touraille, traductor). París, Desclée de Brouwer, 1981, pág. 415]. 

RETIRAN CUADRO DEL ESCRIBA DE LA CATEDRAL LIMENSE


El 26 de Junio de 2022, los feligreses y turistas que visitan la catedral de Lima hallaron que un cuadro monumental de José María Escriba y Albás (más conocido como “San” Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, marqués –español– de Peralta), el “Padre” fundador del Opus Dei, había sido removido de la capilla de la Inmaculada Concepción de dicha catedral, reportó Samuel Soldevilla Burga en su página Inquisitivo.net.
   
El lienzo, de tres metros de altura y pintado por el arquitecto mexicano residente en Ecuador Arturo Guerrero Pérez, representa a Escriba de rodillas rezando ante el retablo de Nuestra Señora de la Evangelización, rememorando así la visita que él hizo a la catedral primada del Perú el 14 de Junio de 1974, cuando empezó una gira por varios países hispanoamericanos. Cuando llegó a la catedral, se dirigió a la capilla de la Inmaculada Concepción, donde permaneció un largo tiempo de rodillas. A los lados del Sagrario había una imagen de la Virgen y otra de San José, pertenecientes al primer belén tallado en la ciudad). Su secretario, Álvaro del Portillo y Díez de Sollano, le comentó en voz baja: «El Señor aquí está muy bien acompañado», a lo que Escriba asintió y dijo: «Está la Trinidad de la tierra».

El episodio, de claro tinte hagiográfico, fue resumido así en una inscripción dentro del cuadro:
«En esta capilla, el domingo 14 de julio de 1974 San Josemaría Escrivá de Balaguer oró ante el Santísimo Sacramento, acompañado por Mons. Álvaro del Portillo y Mons. Javier Echevarría. A través de la mediación de Nuestra Señora de la Evangelización elevamos a la Trinidad Beatísima nuestra ferviente acción de gracias por los innumerables beneficios recibidos».
El cuadro fue inaugurado por el entonces vicario regional de “La Obra” José Luis López-Jurado Escribano en Junio de 2005, en presencia del entonces arzobispón opusino Juan Luis Cipriani Thorne, y allí permaneció hasta que fue retirado y sustituido por un cuadro de la Inmaculada Concepción. Había remplazado el retablo sepulcral del virrey-arzobispo fray Diego Morcillo Rubio de Auñón de Robledo O. Ss. T. (†1730), que fue trasladado en 1980 a la antigua Capilla de Ánimas.
   
Actualmente, el cuadro se encuentra cubierto por un papel y puesto tras un confesionario en un rincón.
   
  
COMENTARIO: Si bien en anteriores oportunidades se ha denunciado las posturas heréticas y anticatólicas de Carlos Castillo Mattasoglio (que fue suspendido como profesor de teología por Cipriani, y en respuesta inició una “huelga de cura”), como cuando dijo que «Jesús muere como un laico asesinado», «La imagen de soldados de Cristo es obsoleta», «Nadie se convierte con el Sagrario», o que quería “párrocos laicos”, esta vez hemos de aplaudir la acción (aun cuando se desconoce quién dio la orden y por qué) de remover el cuadro, que desentonaba con el estilo propio de la catedral (barroco y neoclásico).
   
Aparte de no comparecerse con la realidad histórica (en esa época, la imagen de la Virgen –tallada por Roque Balduque en el siglo XVI, siendo quizá la imagen más antigua de América del Sur– todavía tenía la puntura blanca con que había sido cubierta para evitar ser robada por las tropas chilenas cuando tomaron la ciudad durante la Guerra del Pacífico), el cuadro de marras es una expresión de la megalomanía de y el culto idolátrico hacia “El Padre” (cuya imagen es desproporcionada y el punto focal, siendo el retablo de la Virgen un mero elemento decorativo), culto que había empezado ¡EN VIDA DE ÉL! como la exigencia de hacerle la genuflexión ante él (que según Vicente Gracia Plana en su obra “En el nombre del Padre: La vida privada de monseñor Escrivá, fundador del Opus Dei”, pág. 182, fue introducida en la liturgia interna de La Obra en 1956), o cuando hicieron trasladar en 1959 la pila en que él fue bautizado en la catedral de Barbastro (pila de 1635 que fue transformada en benditera a partir de los fragmentos rescatados después de haber sido destrozada y arrojada al río Vero en 1936 por los rojos) a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz (episodio cuyos detalles relata Andrés Vásquez de Prada en “El fundador del Opus Dei”, tomo I, págs. 15-16), o cuando trasladaron en 1972 al santuario de Torreciudad (también construido por Escriba) la campana “Santa Bárbara” de Nuestra Señora de los Ángeles cuyo tañido imposible se oyó por Escriba cuando tuvo la no menos fantasiosa revelación del Opus en la Casa Central de los Paúles (sita en la calle García de Paredes, a casi una milla de distancia) aquel 2 de Octubre de 1928 (cuya historia se lee en el artículo “La campana del 2 de octubre” de Martín Ibarra Benlloch).
    
Que el señor Soldevilla y Fernando Lino Cruz (ex director de comunicaciones del Arzobispado de Lima) dijeran que «el cuadro era parte de la devoción de muchas personas» que no necesariamente son del Opus, es posible porque (sin entrar a juzgar el fuero interno de las personas) al estar exhibido dentro del templo, no podía esperarse otra cosa y menos del vulgo ignorante de los entresijos y sombras detrás de ese personaje y la organización que fundó. Pero en vida y después de muerte, Escriba no era santo de devoción para muchos que lo conocieron y trataron (el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, ni el obispo auxiliar de Barcelona Juan Carrera Planas, entre otros prelados españoles, dijeron que él «no será un santo de especial devoción», mucho menos para ellos); además que al ser el primer beneficiado del proceso de “canonización” mutilado de 1983 (a cambio de 1.000 millones de dólares de la época para salvar al Vaticano de la quiebra tras el descalabro del Banco Ambrosiano), NO ES UN SANTO CATÓLICO (ni sus herejías le habrían permitido tal honor).

OBISPÓN AUXILIAR ALEMÁN, ACUSADO DE MALVERSACIÓN

      
Informa KNA que Johannes Bündgens (foto), de 65 años de edad y obispón auxiliar de Aquisgrán, comparecerá ante el tribunal de distrito de Kerpen los días 7, 13 y 14 de Octubre por malversación de fondos e infidelidad en administracion.

Bündgens (“instalado” presbítero el 10 de Octubre de 1980 en Roma por el cardenal Joseph Martin Schröffer Grüb, y obispón titular de Árd Carna y auxiliar de Aquisgrán el 20 de Mayo de 2006 por el entonces obispón aquisgranense Heinrich Mussinghoff, ambas con el inválido rito montini-bugniniano) fue acusado en Julio de 2021 por presuntamente transferir entre 2017 y 2018 a su cuenta privada la suma de 128.000 euros, supuestamente sustraídos a la viuda Marga K., que sufría de demencia y falleció en Marzo de 2020 a los 79 años, a cambio del derecho de habitación de una casa de 600.000 euros que él había comprado en la calle Eupener, al sur de Aquisgrán (negocio imposible con un salario bruto de 8.000 euros y un crédito del Pax-Bank, vinculado a la Iglesia alemana). Por el “caso Bündgens”, recibió una pena de nueve meses en libertad condicional y una multa de 5.000 euros.
  
El diario Frankfurter Rundschau publicó en 2021 que Bündgens y Marga se conocieron en Sievernich, lugar que desde el año 2000 es sede de unas presuntas “apariciones” a Manuela Strack, de la cual Bündgens había sido nombrado director espiritual. Marga apoyaba al grupo “Amigos del lugar de oración y encuentro de Sievernich”, surgido en torno a las “apariciones”, al cual donaba grandes sumas de dinero.
  
Cuando se anunció la sentencia (que descartó una acusación de malversar otros 15.000 euros), Bündgens estaba ausente por motivos de salud. El abogado defensor de Bündgen, Christof Püschel, presentó una objeción, tras lo cual un experto evaluó el estado de salud y la capacidad del clérigo para ser juzgado. Ahora, Bündgens debe comparecer ante el tribunal.

Bündgens, quien también había sido vicario episcopal de Caritas (donde dirigió proyectos cooperativos en Colombia y Tanzania) y canónigo de la catedral desde 2006, renunció a sus cargos a fines de 2019. El obispón de Aquisgrán, Helmut Ders, dijo que estaba «conmocionado» por las acusaciones e instó a que se aclarara totalmente el asunto. Bündgens también podría enfrentarse a un proceso canónico por esta causa.