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martes, 20 de octubre de 2020

ENCÍCLICA “Reputántibus saepe”, SOBRE LA CUESTIÓN LINGÜÍSTICA EN BOHEMIA

El siglo XIX vio resurgir los nacionalismos bajo el aspecto lingüístico-racial, a partir entre otros de la obra de Johann Herder y sus discípulos (como Vuk Stefanović Karadžić), afectando gravemente a Europa. Sobre todo en Bohemia y Moravia (actual Chequia), a la sazón parte del Imperio Austro-Húngaro, que ya llevaba a rastras cuatro siglos de la herejía husita y en ese momento tenía la nefasta semilla del liberalismo y el modernismo, que buscaba introducir el uso de la lengua vulgar en la predicación y en los servicios litúrgicos. 
   
El Papa León XIII, analizando esta situación, publica la encíclica “Reputántibus sæpe” en Acta Sanctæ Sedis, vol. XXXIV (1901-1902), págs. 321-325, recomendando a los obispos que se aparte al clero de las polémicas nacionalistas, y se inculque en los fieles la pertenencia a la Unidad de la Iglesia más allá de las particularidades étnicas, lingüísticas y nacionales de cada individuo.
    
Por primera vez traducimos en su totalidad esta Encíclica al castellano (hasta ahora sólo habían algunos fragmentos), como quiera que este documento papal condena anticipadamente la prédica de los clérigos y docentes “católicos” de Cataluña y las Vascongadas, que aduciendo un “hecho diferencial” sólo por tener un idioma particular, inoculan en su incauta audiencia el ídolo separatista y la violencia contra España.
    
ENCÍCLICA “Reputántibus sæpe” DE NUESTRO SANTÍSIMO PADRE LEÓN XIII, SOBRE LA CUESTIÓN LINGÜÍSTICA EN BOHEMIA
        

A nuestros Venerables Hermanos Teodoro Kohn, Arzobispo de Olomuc, y los Arzobispos y Obispos de Bohemia y Moravia.
   
1. Mientras reflexionamos sobre la condición de vuestras iglesias, Nos parece que en este momento casi en todas partes todo esta lleno de temor, lleno de preocupación. Sin embargo, la situación es seria porque mientras el Catolicismo está expuesto al odio y la astucia de enemigos externos, asuntos domésticos también lo dividen. Porque mientras los herejes proceden abierta y ocultamente en esparcir el error entre los fieles, semillas de discordia crecen diariamente entre los mismos católicos, el medio más seguro para minar la fuerza y quebrar la constancia.
   
2. Seguramente el disenso más fuerte, especialmente en Bohemia, se halla en las lenguas que cada persona emplea según su origen. Porque es implantado por naturaleza que cada uno desee preservar la lengua heredada de sus antepasados.
   
3. Para estar seguros, Hemos decidido abstenernos de resolver esta controversia. De hecho, no puede hallarse falta en la preservación de la propia lengua materna, si es mantenida dentro de límites definidos. Con todo, lo que es válido para otros derechos privados, debe también aplicarse aquí también: a saber, que el bien común no debe sufrir a causa de su preservación. Es tarea de los encargados del Estado preservar intactos los derechos de los individuos, de modo que el bien común de la nación se asegure y se le permita florecer.
   
4. En la medida de nuestras preocupaciones, Nuestra tarea nos manda tener constante cuidado de que la religión, que es el principal bien de las almas y la fuente de todos los otros bienes, no sea puesta en peligro por controversias de esta naturaleza.
      
5. Por consiguiente, exhortamos seriamente a vuestros fieles, aunque sean de varias regiones y lenguas, a preservar esa amistad tanto más excelente que nace de la comunión de la fe y los sacramentos comunes. Porque cuantos son bautizados en Cristo tienen un solo Señor y una sola fe; tienen un solo cuerpo y un solo espíritu, tanto que son llamados a una misma esperanza. Sería realmente desgraciado que los que están unidos por tantos vínculos sagrados y están buscando la misma ciudad celeste sean divididos por razones terrenales, como dice el Apóstol, y odiándose unos a otros. Por tanto, debe inculcarse constantemente en los fieles ese parentesco de almas que viene de Cristo, y debe erradicarse toda parcialidad. «Porque de hecho es mucho mayor la paternidad de Cristo que la de la sangre: porque la hermandad de sangre toca sólo la semejanza del cuerpo; la hermandad de Cristo, sin embargo, mira la unanimidad de corazón y de alma, como está escrito: “La multitud de los creyentes era de un solo corazón y una sola alma”» [San Máximo, entre los sermones de San Agustín].
    
6. En esta materia, el clero sagrado debe superar en ejemplo a todos los demás. De hecho, es una variación con su oficio el mediar en tales disensiones. Si deben residir en lugares habitados por gentes de distintas razas o lenguas, a menos que se abstengan de cualquier apariencia de contienda, fácilmente podrían incurrir en odio y desprecio de ambos lados. No hay nada que represente mayor detrimento para el ejercicio de su sagrado ministerio que esto. Los fieles, sin duda, deben reconocer de hecho y en la práctica que a los ministros de la Iglesia sólo les conciernen los negocios eternos de las almas, y no deben buscar lo que es suyo, sino solo lo que es de Cristo.
   
7. Si, entonces, es bien sabido por todos que los discípulos de Cristo son reconocidos por el amor que se tienen unos a otros, con más razón el sagrado clero debe observar el mismo amor mutuamente entre ellos. Porque no solo se piensa, y merecidamente, que han bebido mucho más profundamente de la caridad de Cristo, sino también porque cada uno de ellos, dirigiéndose a sus fieles, debe ser capaz de usar las palabras del Apóstol: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» [Phil. 3, 17].
   
8. Podemos admitir fácilmente que es muy difícil en la práctica, a menos que se borren de sus almas los elementos de discordia en un momento temprano cuando los que aspiren al estado clerical, sean formados en sus seminarios. Por consiguiente, debéis ver diligentemente para que los estudiantes en los seminarios aprendan temprano a amarse mutuamente en un amor fraternal de un corazón sincero, como que nacieron no de una semilla corruptible sino de una incorruptible por la palabra del Dios viviente [1. Petr. 1, 22 s.]. Deben cesar las disputas, restringirlas fuertemente y no permitirles persistir en manera alguna; así los que están destinados para el clero, si no pueden ser de una lengua por sus diferentes lugares de origen, aún puedan ciertamente ser de un solo corazón y una sola alma.
   
9. Ciertamente, de esta unión de voluntades, la cual debe ser conspicua en el orden clerical, como ya os habíamos expresado, se seguirá entre otras esta ventaja: Los ministros de los sacramentos advertirán más eficazmente a los fieles de que no excedan los límites preservando y defendiendo los derechos justos de cada raza, o no violentar la justicia por excesivo partidismo y pasar por alto las ventajas comunes del Estado. Porque pensamos que esto, según las circunstancias de vuestras distintas regiones, debería ser la principal tarea de los sacerdotes, para exhortar a los fieles, a tiempo y a destiempo, a amarse unos a otros; deberán advertirles constantemente que no es digno del nombre cristiano quien no cumple en espíritu y obra el mandamiento nuevo dado por Cristo que nos amemos unos a otros como Él nos amó.
    
10. Ciertamente, no lo cumpliría quien piensa que la caridad pertenece solo a aquellos con los que está relacionado por lengua o raza. Porque, como Cristo dice, «si amáis a los que os aman, ¿no hacen así los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿no hacen así los paganos?» [Matth. 5, 46 s.]. Porque ciertamente una característica de la caridad cristiana es que se extiende igualmente a todos; porque, como advierte el Apóstol, «no hay distinción entre judío y griego, porque hay un mismo Señor de todos, rico para todos los que lo invocan» [Rom. 10, 12].
    
11. Que Dios, que es Amor, conceda benignamente que todos estén unidos en sus pensamientos y sus convicciones, pensando lo mismo y no teniendo contiendas; y conceda que con humildad todos piensen en los demás más que en sí mismos, que no busquen sus propios intereses sino los de los demás.
   
12. Que la Bendición Apostólica, que os concedemos amantísimamente en el Señor, a vosotros, Venerables Hermanos, y los fieles confiados a cada uno de vosotros, sea una prenda de esto y también de Nuestra benevolencia.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, a 20 de Agosto de 1901, año vigesimocuarto de Nuestro Pontificado. LEÓN XIII.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)