De gáudiis properámus ad gáudia, et fervéntem stylum matéria facit ferventiórem. De Vírgine veniámus ad Vírginem. Bonum est nos hic esse, mélius immorári, óptimum permanére. Felíces angélici spíritus, qui beátæ Vírginis habent præséntiam! Nos ínterim memóriam suavitátis ejus eructámus: illi præséntiam, nos memóriam. Sic si dulcis est memória, quid erit præséntia? Et illi quidem, abundantióri rore divinitátis infúsi, Génitum et Genetrícem visióne mirábili contuéntur, Regis et Regínæ glória cumuláti. Nos vero quos carceráriæ mortalitátis ærúmna contórquet, memória páscimur, Scriptúris revelámur, et quod illi vident, nos légimus. Utinam véniat, qui nos in lucem repónat dies, ubi non légere líceat, sed vidére! Interim consolémur nos suavitáte memóriæ, donec dulcédine præséntiæ satiémur.
Virgo, Dei Génitrix, cujus pulchritúdinem sol et luna mirántur, súbveni, Dómina, clamántibus ad te júgiter. Revértere, revértere, Sunamítis; revértere, revértere, ut intueámur te! Tu benedícta et superbenedícta, revértere primum per natúram. Numquid quia ita deificáta, ita nostræ humanitátis oblíta es? Nequáquam, Dómina; scis in quo discrímine nos relíqueris, ubi jáceant, quantum delínquant servi tui! Non enim cónvenit tantæ misericórdiæ tantam misériam oblivísci, quia etsi súbtrahat glória, révocat natúra. Non enim ita memoráris justítiæ Dei solíus, ut misericórdiam non hábeas; neque ita es impassíbilis ut sis incompassíbilis. Natúram nostram habes, non áliam, et justum est ut de rore tantæ pietátis diffúsius infundámur. Revértere secúndo per poténtiam. Fecit in te magna qui potens est, et data est tibi omnis potéstas in cœlo et in terra. Nihil tibi impossíbile, cui possíbile est desperátos in spem beatitúdinis releváre. Quómodo enim ilia potéstas tuæ poténtiæ póterit obviáre, quæ de carne tua carnis suscépit oríginem? Accédis enim ante illud áureum humánæ reconciliatiónis altáre, non solum rogans, sed ímperans; Dómina, non ancílla.
Revértere tértio per amórem. Scio, Dómina, quia benigníssima es, et amas nos amóre invincíbili, quos in te et per te Fílius tuus et Deus tuus summa dilectióne diléxit. In mánibus tuis sunt thesáuri miseratiónum Dómini, et sola elécta es, cui grátia tanta concéditur. Absit ut cesset manus tua, cum occasiónem quǽras salvándi míseros et misericórdiam effundéndi. Neque enim tua glória minúitur, sed augétur, cum pœniténtes ad véniam, justificáti ad glóriam assumúntur. Revértere ergo, Sunamítis, id est despécta, cujus ánimam pertransívit gládius, quæ fabri uxor appelláta fuísti. Ad quid? Ut intueámur te. Summa glória est post Deum te vidére, adhærére tibi, et in tuæ protectiónis munímine demorári. Audi nos: nam et Fílius nihil negans honórat te, qui est Deus benedíctus in sǽcula sæculórum.
TRADUCCIÓN
Vamos de gozo en gozo, y por vivaces que sean nuestras palabras, la materia las hace aún más. De la Virgen, vayamos a la Virgen. Es bueno para nosotros estar aquí, mejor morar aquí, y excelente permanecer aquí. ¡Benditos sean los santos Ángeles, que gozan de la presencia de esta Santísima Virgen! Nosotros, en cambio, exhalamos el recuerdo de su dulzura: para ellos su presencia, para nosotros su recuerdo. Si este recuerdo ya es tan dulce, ¿cómo será su presencia? Los Ángeles, es cierto, llenos del abundante rocío de la Divinidad, contemplan en una visión arrebatadora al Hijo y a la Madre, llenos como están de la gloria del Rey y la Reina. Para nosotros, a quienes la prisión de la mortalidad oprime con su duro abrazo, nos nutre este recuerdo, nos reanima con las Escrituras, y lo que ellos ven, al menos nosotros lo leemos. ¡Oh! ¡Que llegue el día que nos traiga a la luz, un día en que se nos permita no leer, sino ver! Mientras tanto, consolémonos con la dulzura de su recuerdo, hasta que nos sacie la dulzura de su presencia.
Virgen, Madre de Dios, ¡oh Vos cuya belleza admiran el sol y la luna! ¡Socorred, oh Señora, a los que claman a Vos sin cesar! ¡Volved, volved, oh Sunamita, volved para que podamos veros! ¡Oh Vos, bendita, y más que bendita! Volves primero por la inclinación de vuestra naturaleza. ¿Acaso por estar así deificada habéis olvidado nuestra humanidad? ¡De ninguna manera, oh Señora! Vos sabéis en qué peligros nos habéis dejado, ¡cuán abatidos y desfallecidos están vuestros siervos! No, no es propio de una misericordia tan grande olvidar una miseria tan grande, y si la gloria os separa de nosotros, la naturaleza os llama de vuelta. No estáis tan llena del recuerdo de la justicia de Dios como para carecer de misericordia, ni sois tan impasible como para ser inaccesible a la compasión. Vos tenéis nuestra naturaleza y ninguna otra, y es justo que nos nutramos más abundantemente del rocío de tan gran misericordia. Volved de nuevo por vuestro poder. El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en Vos, y todo poder os ha sido dado en el cielo y en la tierra. Nada es imposible para Vos, que podéis elevar a los desesperados a la esperanza de la bienaventuranza. ¿Cómo, en efecto, podría este poder, que recibió su origen mismo de vuestra carne, resistir vuestro poder? Sí, os acercais a este altar dorado de la humana reconciliación no solo en oración, sino con autoridad; sois Señora, no sierva.
Regresad finalmente, por amor. ¡Sé, oh Señora, que sois sumamente benevolente y que nos amáis con un amor invencible, a nosotros, a quienes vuestro Hijo y vuestro Dios han amado en Vos y por medio de Vos con supremo afecto! En vuestras manos están los tesoros de la misericordia de Dios, y de entre todos los elegidos, solo a Vos se os concede tal favor. ¡Dios no permita que vuestra mano se retire, puesto que buscais la oportunidad de salvar a los desdichados y de difundir la misericordia! Lejos de disminuir, vuestra gloria solo aumenta cuando los penitentes son llamados al perdón y los justos a la gloria. Regresad, pues, oh sunamita, es decir, humilde, Vos cuya alma fue traspasada por una espada, Vos que fuisteis llamada esposa de un artesano. Regresad, ¿y por qué? Para que podamos veros. La gloria más elevada, después de Dios, es veros, haber estado unidos a Vos y permanecer bajo vuestra protección. Escuchadnos, pues vuestro Hijo os honra al no negaros nada, Él que es Dios, bendito por los siglos de los siglos.
SAN PEDRO DAMIÁN. Sermón 44 (1.º de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María). En Migne, Patrología Latína 144, cols. 736B, 740 (Lecciones del 2.º Nocturno de la Fiesta de Nuestra Señora de la Santa Esperanza). Traducción propia.

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