Elementos tomando de GLORIA NEWS y otras fuentes. [ADVERTENCIA: El contenido de las citas presentes no es apto para menores de edad o personas altamente impresionables, por lo que se recomienda discreción al lector].
El 22 de Mayo de 2025, León XIV Riggitano-Prévost declaró “Venerable Siervo de Dios” por la “ofrenda de vida” al obispón español Alejandro Labaca Ugarte (religión Manuel de Beizama) OFM Cap., vicario apostólico que fuera de Aguarico (Ecuador), y a la religiosa terciaria capuchina Inés Arango Velásquez (en religión María Nieves de Medellín). El 11 de febrero, Infovaticana e Infocatólica publicaron citas del diario del primero.
Bendito nudismo, o la adaptación como ideología
Al hablar del nudismo, Labaca, en su Crónica Huaorani y otros escritos biográficos, no describe simplemente una adaptación cultural forzada por el clima o la necesidad (lo que igualmente no lo justificaría), sino que eleva el nudismo a categoría casi teológica, presentándola como retorno al “Paraíso antes del pecado”:
- «¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural!» (Crónica Huaorani, 39; en adelante, CH).
- «Ellos [los Huaorani] iban desnudos, nosotros comenzamos a ir también de esa manera. (…) Vivían desnudos y yo también a menudo estaba desnudo como ellos» (Tras el rito de las lanzas, Vida y lucha de Alejandro Labaka. Centro de Investigación Cultural de la Amazonía Ecuatoriana - CICAME. Coca, Ecuador, 2003, 199-200).
- «Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir, la moral natural como en el Paraíso antes del pecado» (CH, 57).
- En una ocasión en que Cai y su hijastra Deta le sacaron el “cinturón” que cubría sus partes íntimas y en que acabaron todos desnudos, él [Labaca] comenta: «Esta es la única ocasión en que todo el grupo por igual vivimos en la presencia del Creador un capítulo hermoso de la Biblia (Gen. 2, 25)» (CH, 113).
A consecuencia de esa postura, lo que Labaca inició como decisión personal, fue convirtiéndose en norma pastoral para la misión entre los indígenas. Incluso, aún en presencia de las religiosas:
- «Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de la familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con las palabras padre, madre, hermanas, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora, constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia… Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia» (CH, 37).
- «Temí ser un rechazo para la cultura y costumbres Huaorani si me manifestaba demasiado rígido (…). En esas circunstancias, comprendí que el misionero, si le toca andar por la selva con ellos, debe andar igual que ellos para poder vestirse cuando llegue la ocasión del frío de la noche» (CH, 38).
- «Todos me preguntan también si los Huaorani “ya son más decentes con nosotros”. Realmente ahora molestan mucho menos en este sentido; pero sostengo que los misioneros deben comportarse con toda naturalidad entre ellos; no extrañarse de su nudismo ni de ciertas curiosidades que puedan tener con nosotros, y hasta que debemos desnudarnos voluntariamente en algunas circunstancias, no en plan de exhibicionismo sino para no crear complejos de culpabilidad en una cultura de madurez sexual extraordinaria» (CH, 103).
- «Cada vez que se integran nuevos misioneros al equipo, se suscitan las mismas preocupaciones de nuestros primeros contactos con la cultura amazónica del ‘hombre desnudo’. La preocupación, hecha casi obsesión, se cifraba en que los Huaorani desnudaban a todos. Admitiendo todos que la desnudez era legal dentro de su cultura, constituía, en cambio, una de las dificultades mayores para la entrada del personal misionero, especialmente religiosas. Muy pronto nos dimos cuenta de que el misionero no tiene que esperar que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima a la cultura del pueblo Huaorani» (CH, 144).
- «Sucedió en el primer día de nuestra convivencia con ellos. Ya he dicho que los ríos estaban muy crecidos y, por tanto, estaban inundadas todas las zonas bajas. Las Hermanas y servidor caminábamos por la selva, hacia la casa de Caí, dirigidos por la Srta. Deta y la Sra. Neñene con su chiquito de pecho. En un momento dado, nos encontramos con que el camino se ha perdido en un profundo aguazal de unos quinientos metros de extensión. Sin dudar un momento, Deta se desviste y avanza desnuda con el agua hasta más arriba de la cintura; llegada a la orilla opuesta nos anima sonriente, mientras nosotros caminamos cautelosamente, sin atrevemos a imitar su ejemplo por nuestros prejuicios de educación. Después de un par de horas regresamos por el mismo camino. Deta, esta vez, no se quita su pantaloneta y atraviesa el aguazal, seguida de las Hermanas. Poco después llegamos nosotros: Neñene, con su criatura en brazos, me indica que le ayude a soltarse el lazo de su pantaloneta que, luego, me entrega para que se la pase yo. Ante este signo de confianza y naturalidad, me desvisto también y pasamos así el aguazal» (CH, 145).
Mención aparte merece el relato de Santos Dea Macanilla, indio naporuna y ex seminarista que acompañaba a los misioneros en sus correrías. De un viaje por los ríos Aguarico y sus afluentes Cuyabeno y Eno, en enero de 1980, donde acompañó al P. Labaka y a la Hna. Arango, dice:
«Estando en Puerto Bolívar, nos dieron una casa no habitada para que nosotros durmiéramos allí. Antes de la media noche llegaron a esta provisional vivienda millares de hormigas (…). Se desparramaron hacia donde estaban durmiendo la Hna. y el P.[adre]; luego de unos minutos les vi levantarse a la vez, (la Hna.) Inés estaba con una bata corta de dormir, mientras que Alejandro con la ropa de Adán (desnudo). La primera estaba tranquila frente al otro que se sacaba las hormigas de todo el cuerpo. Al día siguiente al hacer algún comentario al respecto, lo único que dijo es: me sorprendieron las hormigas y por mucho que busqué mi pantaloneta que había puesto en la cabecera, no la encontré, así que me levanté como estaba porque ya me estaban terminando» (Tras el rito de las lanzas, p. 108).
Convivencia homosexualizada con jóvenes
A partir de este punto, las cosas (que ya de por sí eran graves) se tornan cada vez más inquietantes:
- «Observé la facilidad, o mejor la práctica casi generalizada como algo ritual, de excitarse entre los varones frecuentemente y siempre que hacen sus necesidades; amén de otros juegos de aspecto homosexual en sus largas tertulias familiares. Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos, como, las partes vellosas del cuerpo. Pero ahí precisamente se me ofreció la ocasión de dar una lección, cuando uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía» (CH, 57).
- «Peigo [un joven Huaorani] se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama. En días anteriores le había rechazado, pues le temía por sus ademanes e intentos provocativos homosexuales. Esta vez tuve otra comprensión del “aceptar todo, excepto el pecado” y compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero» (CH, 51-52).
- «Nos acostamos muy temprano, apenas oscureció. La casa consta de un solo departamento: En un ángulo está el fogón, entre las hamacas de los esposos Inihua y Pahua. En el otro costado se encuentran las restantes hamacas, quitadas a los obreros de la Compañía, con sus toldos y sus colchas, en dirección este-oeste. Mi cama la pusieron detrás, en dirección norte-sur, en el suelo, de manera que podemos darnos la mano con el joven que duerme junto a mí en la hamaca. Estoy empapado de sudor y me quito la camisa y el pantalón» (CH, 36).
- «Mi madre Pahua se empeñó en que todos durmiéramos en su casa, a pesar de no haber casi sitio material para ello (…). Los jóvenes estuvieron más juguetones que nunca, abundando en palabras y signos que figuraban la unión de sexos, permitiéndose tocamientos en los genitales. Esta vez me molestaron especialmente, hasta constatar con algazara que las reacciones viriles son idénticas entre nosotros y los Huaorani. Con todo, no insistieron ni conmigo ni entre ellos de manera que se produjera polución. Procuré no hacer ningún drama y me esforcé en actuar con naturalidad, reírme con ellos y disuadirles del juego (…). En esta circunstancia concreta nada hubiera habido tan ridículo ni que produjera tanta hilaridad como la erección conseguida en el Capitán ‘Memo’ [el apodo que le dieron a Labaca]. Cuando llegaron de nuevo a acostarse, yo acababa de pedir perdón a Dios por si estaba convertido en “un viejo verde homosexual”» (CH, 146).
Lo anterior escrito plantea un escándalo grave sobre la prudencia, la continencia y el juicio moral de Labaca. Ítem, en el contexto del Gran Holocausto Sexual y Malversación Conciliar que desde 2002 se ha hecho público, estos textos no pueden ser minimizados como meras “anécdotas culturales”.
***
Alejandro Labaca nació en Beizama (España) el 19 de abril de 1920, entre los nueve hijos de los labriegos Ignacio María Labaca Leunda y Paula Ugarte Otaegui. El 14 de agosto de 1937 ingresó al noviciado capuchino de Sangüesa, donde hizo la primera profesión de votos religiosos en 1938, y la profesión solemne el 29 de septiembre de 1942 (luego de un breve tiempo como asistente del ejército nacional durante la Guerra Civil), tomando el nombre de Manuel de Beizama. Ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1945, fue enviado como misionero a Ping-Liáng (China) donde permaneció seis años hasta la expulsión de los clérigos y órdenes religiosas extranjeras por orden de Mao Zedong en 1953; y al año siguiente a la misión en la selva amazónica de Ecuador, especialmente entre los indios huaorani o aucas. Fue nombrado prefecto apostólico de Aguarico el 22 de enero de 1965, y asistió a la última sesión del Vaticano II (donde defendió los derechos de las minorías étnicas en la elaboración de la constitución “Gáudium et Spes” y el decreto “Ad gentes”, ganándole la acusación de ser nacionalista vasco), y no obstante su renuncia el 26 de junio de 1970, por su experiencia misionera fue nombrado su primer vicario apostólico el 2 de Julio de 1984, siendo “instalado” obispón titular de Pomaria (actual Tlemcen, Argelia) el 9 de Diciembre por el obispo Maximiliano Spiller, vicario apostólico de Napo.
Es en las misiones en la selva donde Labaca conoce a Inés Arango Velásquez, una religiosa de las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia (segunda orden amigoniana). Penúltima de los doce hijos (entre ellos José de Jesús Arango Velásquez, primer vicario apostólico de Guapí, Cauca) del matrimonio prestante de Fabriciano Arango Franco y María Magdalena Ángela Velásquez Posada, Inés nació en Medellín (Colombia) el 6 de abril de 1937. Siguiendo a sus hermanas Fabiola y Cecilia, ingresó al convento el 2 de julio de 1955, tomando el nombre de María Nieves de Medellín. Profesó los primeros votos el 7 de Julio de 1956, y los solemnes el 15 de agosto de 1959. Durante muchos años, enseñó en varios colegios de los departamentos colombianos de Tolima, Córdoba y Antioquia, hasta que en 1977 a petición del entonces prefecto apostólico de Aguarico fray Jesús Langarica Olagüe OFM Cap., enviada como misionera a la Amazonia ecuatoriana (inicialmente, y a causa de leer los documentos del Vaticano II con sus hermanas de sangre y religión, quería ir a misionar al Zaire –no se le otorgó–; y luego a Mitú, en la Amazonia colombiana –aunque había el proyecto, solo se concretó en 1978–). Inés llegó a Nuevo Rocafuerte y permanecería con Alejandro, incluso contra el consejo de sus superioras.
Alejandro e Inés fueron asesinados a golpes de lanza de chonta por los tagaeríes (una facción de los huaoranis que se aisló en 1968 luego de una disputa dentro del clan Coca, y de los cuales él había sido advertido cuando les mostró un mapa del Ecuador para proponerles viajar a otros asentamientos) en un área entre los ríos Cuchillacu y Tigüino en el corazón de lo que hoy es el Parque Nacional del Yasuní el 21 de Julio de 1987, al ser confundidos como trabajadores de una compañía petrolera dado que bajaron de un helicóptero alquilado a la Compañía General de Combustibles (empresa argentina in illo témpore al servicio de la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana –hoy Petroecuador–), y porque presuntamente los indígenas se enfermaron al comer la comida que ellos traían. El “obispo desnudo” recibió 80 lanzazos, uno de ellos en el ojo derecho. La monja murió al ser empalada en la vagina, y recibió otros veinte lanzazos. Los asesinos huyeron río arriba poco después.
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Siguiendo el estilo de su época de “los años locos” del Vaticano II y la inculturación a la luz de la “Teología de la Liberación”, Labaca no buscaba evangelizar (lo que él despectivamente llamaba «cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos», sino «recibir de ellos [los huaorani] todas las ‘semillas del Verbo’ ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido» (CH, 103). De hecho, entre los indígenas, nunca dijo Misa, no bautizó a nadie, no predicó a Jesucristo. Ni siquiera rezó la “Liturgia de las Horas”, el sucedáneo novusordita del Divino Oficio (aún cuando estaba obligado a hacerlo por su estado clerical), pero que sea él mismo que lo diga a las hermanas lauritas Inés Ochoa “Tigantai” e Inés Zambrano “Onae”, que junto a Mariano Grefa y Wilfrido Licui lo acompañaron en su recorrido del 1 al 8 de Junio de 1979:
«Después del desayuno [luego de la misa de Pentecostés el 3 de Junio], al organizar nuestra partida para la última etapa, surge la pregunta:- Padre, ¿llevamos el cáliz, las hostias y el vino?- Todo eso lo tenemos que esconder aquí, pues nos lo quitarían todo.- ¿Y entonces?- Esto tiene carácter de signo para nosotros.- ¿Cómo es eso?- Dios quiere que entremos hasta espiritualmente desnudos. Nuestra tarea fundamental y prioritaria es descubrir las “semillas del Verbo” en las costumbres, cultura y acción del pueblo Huaorani; vivir las verdades fundamentales que florecen en este pueblo y le hacen digno de la vida eterna. Tenemos que pedir al Espíritu que nos libere de nuestra propia autosuficiencia espiritual que pretende alcanzar a Dios por el Breviario, la Liturgia o la Biblia; para nada de eso tendremos adecuada oportunidad. Vamos, Hermanas, espiritualmente desnudos para revestirnos de Cristo que vive ya en el pueblo Huaorani y que nos enseñará la nueva forma original e inédita de vivir el Evangelio!» (CH, 144).
Hoy, a 39 años y siete meses después de la muerte de Labaca y Arango, la inmensa mayoría de esos indígenas a los que se quisieron adaptar, son protestantes por la predicación de la misionera presbiteriana estadounidense Raquel Saint Proctor (los huaoranis, seminómadas, fueron contactados por los Traductores Wiclef de la Biblia del controvertido Instituto Lingüístico de Verano en 1957), cumpliéndose así el apotegma, la sentencia: «Mientras los obispos latinoamericanos hicieron la “opción preferencial por los pobres”, los pobres hicieron la “opción preferencial por los protestantes”». Pero bueno, como dijo el mismo Labaca el 25 de Julio de 1976, «consideramos que es obra de la Iglesia lo que los Misioneros Lingüistas hacen con tanto esmero y en nombre de Jesús por la tribu Auca» (CH, 15). «EL QUE POR SU GUSTO ES TRISTE, QUE SE VAYA A QUEJAR AL INFIERNO».
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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)
Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)