PUNTO I
«Hijo mío —nos dice el Espíritu Santo—, procura emplear bien el tiempo,
que es la cosa más preciosa y el don más grande que que puede Dios otorgar a
un hombre en esta vida». Hasta los gentiles conocieron cuánto valía el tiempo,
pues Séneca dijo que no había precio que igualase al valor del tiempo: «Nullum témporis prétium». Pero
mejor que los gentiles han estimado y conocido los santos su mucho valer. Decía
San Bernardino de Siena que «un momento de tiempo vale tanto como Dios,
porque a cada instante puede el hombre, con un acto de contrición o de amor,
adquirir la divina gracia y la gloria eterna: Módico témpore potest homo lucrári grátiam, et glóriam. Tempus tantum valet, quántum Deus, quíppe in témpore bene consúmpto comparátur Deus».
El tiempo es un tesoro que solamente se halla en esta vida, pues en la otra no
existe, ni en el infierno ni en el cielo. «¡Oh, si tuviésemos una hora! O, si darétur hora!». Tal es el grito
de los condenados en el infierno. ¡Qué no darían por una hora de tiempo, en la
cual pudieran reparar su ruina! Mas esta hora no la tendrán jamás. En el Cielo no hay lamentos; mas si los bienaventurados pudieran llorar, llorarían, a buen
seguro, por haber perdido durante la vida el tiempo en el cual podían haber
adquirido mayor grado de gloria; pero tampoco ellos podrán alcanzar este
tiempo. Después de muerta se apareció una religiosa benedictina, radiante de
gloria, a cierta persona y le dijo que nadaba en delicias, pero que, si le fuese dado
desear alguna cosa, solamente desearía tornar a la vida y padecer mucho para
merecer más gloria, y añadió que se daría por dichosa el poder sufrir hasta el día
del Juicio todos los dolores que había experimentado en su última enfermedad
para lograr la gloria que corresponde al mérito de una sola Ave María [1].
Y tú, hermano mío, ¿en qué malgastas el tiempo? ¿Por qué lo que puedes hacer
hoy lo dejas para mañana? No te olvides de que el tiempo pasado desapareció ya
y no es tuyo; el que está por venir tampoco está en tu poder; sólo tienes el tiempo
presente para obrar el bien. «¡Oh insensato! —dice San Bernardo—, ¿por qué
presumes de lo futuro, como si Dios hubiera puesto en tus manos la presidencia
de los tiempos? Quid de futuro miser præsúmis, tánquam Pater témpora in tua posúerit potestáte?». A lo cual añade San Agustín: «¿Cómo puedes prometerte un
día tú, que no tienes una hora? Diem tenes, qui horam non tenes?». ¿Cómo puedes prometerte el día de mañana, si
no sabes si te queda todavía una hora de vida? Por lo cual concluye Santa Teresa
diciendo: «Si hoy no estás preparado para morir, teme una muerte desgraciada».
PUNTO II
No hay nada más precioso que el tiempo, ni tampoco hay cosa más
menospreciada y menos estimada de los mundanos. Esto es lo que deplora San
Bernardo cuando dice: «Nada hay más precioso que el tiempo y nada más
vilmente estimado: Nihil pretiósius témpore, sed nihil vílius æstimátur»; y luego añade: «Uno tras otro se deslizan los días de salud
para nunca más volver: Tránseunt dies salútis, et nemo recógitat sibi períre diem, et núnquam reditúrum». Ved a ese jugador que gasta días y noches en el juego.
Preguntadle qué hace, y os responderá: «Matar el tiempo». Ved a ese otro vago
que pasa las horas muertas en la calle, atisbando a ver quién pasa, si no es que se
entretiene en hablar de cosas obscenas o a lo menos inútiles. Si le preguntáis qué
hace, os responderá que está pasando el tiempo. ¡Desgraciados! De esta suerte
pierden tantos días, días que no volverán jamás.
¡Tiempo menospreciado, en el trance de la muerte serás buscado y apetecido
por los mundanos! Suspirarán entonces por otro año, por otro mes, por otro día,
mas no lo tendrán; y oirán, por toda respuesta, aquella voz terrible: «Ya no habrá
más tiempo: Tempus non erit ámplius». ¡Cuánto pagarían estos desventurados porque se les concediese
todavía una semana más, otro día de tiempo, para mejor ajustar las cuentas de su
alma! «Entonces, para lograr una hora de tiempo, darían —dice San Lorenzo
Justiniano— todos sus bienes, riquezas, honores, placeres: Erogáret opes, honóres, delícias pro una hórula». Mas ni esta hora
tendrán de tregua. «Apresúrate —le dirá el sacerdote que le asista—, apresúrate,
sal presto de esta tierra, que ya no queda tiempo: Proficíscere, ánima christiána, de hoc mundo».
Por esto nos exhorta el Sabio a que nos acordemos de Dios y procuremos su
gracia y amistad antes que desaparezca la luz. «Acuérdate de tu Creador antes que
se oscurezca el sol y desaparezca la luz: Meménto creatóris tui, ántequam tenebréscat sol, et lumen» (Eccl. 12, 1). ¡Qué dolor no siente el viajero, al saber
que ha perdido el camino, cuando le vienen encima las tinieblas de la noche y no
tiene tiempo de remediar el yerro! Este género de angustia acometerá en la hora
de la muerte al que ha vivido muchos años en el mundo sin emplearlos en el
servicio de Dios. «Vendrá la noche —dice el Señor—, en la cual nadie puede
obrar: Venit nox, in qua nemo potest operári». (Joann. 9, 4). Esta noche fatal será para él la hora de la muerte, en la cual no podrá ya
hacer nada «Y contra mí llamó al tiempo: Vocávit advérsum me tempus», dice el Profeta (Thren. 1, 15). Pasará entonces por delante de su conciencia el tiempo que ha tenido y que lo ha empleado en daño de su alma. Le vendrán a la memoria tantas luces, tantas gracias que ha recibido de Dios para hacerse santo, y no ha querido aprovecharse de ellas; y en aquel momento se verá imposibilitado de hacer el bien. Entonces, gimiendo, dirá: «¡Loco de mí! ¿Qué es lo que he hecho? ¡Oh tiempo perdido! ¡Toda tu vida está perdida! ¡Perdí los años en que podía haberme santificado! No lo hice, y ahora ya se acabó el tiempo». Pero ¿de qué le servirán entonces estos suspiros y lamentos, cuando está acabándose para él la escena de este mundo, y la lámpara de su vida despide los últimos fulgores, y el moribundo está para entrar en el momento del cual depende toda la eternidad?
PUNTO III
«Caminad —nos dice Jesucristo— mientras tengáis luz: Ambuláte dum lucem habétis» (Joann. 12, 35). Es menester que
caminemos por las vías del Señor mientras tengamos luz, esto es, durante la vida,
porque la luz se apaga en la hora de la muerte. Entonces no es tiempo de
prepararse, sino de estar ya preparado. «Estad preparados: Estóte paráti», nos dice el Señor. En la hora de la muerte no se puede hacer cosa de provecho: lo hecho, hecho está. ¡Oh Dios!, si a uno trajesen la triste nueva de que dentro de poco se iba a ventilar un proceso del cual depende su vida y toda su fortuna, ¿qué prisa no so daría para buscar un buen abogado que hiciese valer su razón ante los ministros de justicia y ver el medio de que la sentencia le fuera favorable ? Estarnos seguros que muy en breve, tal vez ahora mismo, se ha de tratar la causa que más nos importa: del negocio de nuestra salvación. ¿Y perdemos el tiempo?
Pero dirás: «Yo soy joven todavía; más tarde me daré a Dios». Pero ¿ignoras
por ventura —te diré yo— que el Señor maldijo a la higuera porque no llevaba
fruto, aun cuando, como lo advierte el Evangelio, «no era el tiempo de los
higos: Non enim erat tempus ficírum»? (Marc. 11, 13). Con lo cual quiso el Señor declararnos que el hombre, aun en los años
de su juventud, debe dar frutos de buenas obras; de otra suerte será maldito y en
lo por venir no dará frutos, como no los dio la higuera. «Nunca jamás coma ya
nadie fruto de ti: Jam non ámplius in ætérnum ex te fructum quíspiam mandúcet". Así dijo el Redentor al árbol, y de esta suerte maldice al que,
llamado por Él, le resiste. ¡Cosa digna de admiración! El demonio tiene por breve
el tiempo de nuestra vida, y por eso no pierde ni un instante para tentarnos. «El
diablo bajó a vosotros y está lleno de furor sabiendo que le queda poco tiempo: Descéndit diábolus ad vos habens iram magnam, sciens quod módicum tempus habet» (Apoc. 12, 12). Y mientras el enemigo no malogra un momento para perdernos, ¿malograremos
nosotros el tiempo que Dios nos ha dado para salvarnos?
«¿Y qué mal hago yo?», preguntará otro. Pues qué, ¿no es un mal perder el
tiempo en juegos, en conversaciones inútiles, que nada aprovechan al alma? ¿Por
ventura te da Dios el tiempo para que lo malgastes? «No —dice el Espíritu
Santo—; del buen don no pierdas ni la más mínima parte "Non te prætéreat partícula boni diéi» (Eccli. 4). Los obreros de que
nos habla San Mateo no hacían cosa mala: solamente perdían el tiempo, y, sin
embargo, fueron reprendidos por el dueño de la viña, que les dijo: «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día? Quid hic statis tota die otiósi?» (Matth. 20). En el día del juicio Jesucristo nos pedirá cuenta de
toda palabra ociosa. Todo el tiempo que no se emplea en el servicio de Dios es
tiempo perdido. «Mira como perdido—dice San Bernardo—todo el tiempo en
que no has pensado en Dios: Omne tempus, quo de Deo non cogitásti, cógita te perdídisse». Por eso nos exhorta el Señor y nos dice: Cuanto
pueda hacer tu mano, hazlo sin demora, porque ni para obra ni pensamiento
habrá lugar en el sepulcro, hacia el cual corres apresuradamente: «Quodcúnque fácere potest manus tua, instánter operáre, quia nec opus, nec rátio erunt apud ínferos, quo tu próperas» (Eccl. 9, 10). Decía la
venerable Madre Sor Juana de la Santísima Trinidad, carmelita descalza [2], que
en la vida de los santos no hay el día de mañana, que sólo se halla en la vida de
los pecadores, los cuales siempre están diciendo: «Mañana, mañana», y así les
asalta la muerte. «Ahora es el tiempo favorable —dice el Apóstol—: Ecce nunc tempus acceptábile» (2.ª Cor. 6, 2). «Si oyereis
hoy la voz del Señor —dice el Salmista—, no queráis endurecer vuestros
corazones: Hódie si vocem ejus audiéritis, nolíte obduráre corda vestra» (Ps. 94, 8). Dios te exhorta hoy a obrar el bien; hazlo hoy, porque bien puede ser
que mañana no sea ya tiempo, o que Dios no te llame más.
Si en lo pasado, por tu desgracia, has gastado el tiempo en ofender a Dios, procura llorarlo todo lo que te queda de vida, como se propuso hacerlo el rey Ezequías: «Repasaré, ¡oh Dios mío!, delante de Ti con amargura de mi alma, todos los año; de mi vida: Recogitábo tibi omnes annos meos in amaritúdine ánimæ meæ» (Is. 38, 15). Dios te alarga la vida a fin de que repares el tiempo
perdido. «Recobrad el tiempo perdido —dice San Pablo a los Efesios—, porque
los días de vuestra vida son malos: Rediméntes tempus, quóniam dies mali sunt» (Ephes. 5, 16). Comentando San Anselmo este texto, dice:
«Recobrarás el tiempo si haces lo que has descuidado hacer: Tempus rédimes, si quæ fácere neglexísti, fácias». «Si bien San Pablo
—dice San Jerónimo— fue en orden el último de los Apóstoles, los aventajó a
todos en mérito, porque después de su vocación trabajó más que todos: Páulus novíssimus in órdine, prior in méritis, quía plus in ómnibus laborávit».
Consideremos, a lo menos, ya que otra cosa no hagamos, que a cada momento
podemos alcanzar nuevos méritos para la vida eterna. Si te fuera dado en
propiedad tantas tierras como pudieras recorrer en una jornada o tanto dinero
como pudieras contar en un día, ¡con qué afán te pondrías a la obra! Pues bien, a
cada momento puedes adquirir tesoros eternos, ¿y pierdes el tiempo? Lo que
puedes hacer hoy no lo dejes para el día de mañana, porque el día de hoy será
para ti perdido y no tornará más. Cuando hablaban delante de San Francisco de
Borja de cosas mundanas, elevaba su corazón hacia Dios y se entretenía con Él
en santos afectos; de suerte que si al fin le preguntaban su parecer no sabía qué
responder. Un día que por ello le amonestaron dijo: «Antes prefiero pasar por
corto de ingenio que perder una partecita de tiempo: Malo rudis vocári, quam témporis jactúram pati».
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Preparación para la muerte, 2.ª parte, consideración XI. Traducción de Tomás Ramos C.Ss.R., 4.ª Ed. española. Madrid, El Perpetuo Socorro, 1943.
NOTAS [De la traducción española]
[1] La visión que narra Tobías Löhner SJ se refiere a un varón muy piadoso que había sufrido tres años de gota.
[2] Esta Sor Juana pertenecía por su nacimiento a las casas de los duques de Béjar y del Infantado. Murió en
Medina del Campo el 10 de mayo de 1628.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios deberán relacionarse con el artículo. Los administradores se reservan el derecho de publicación, y renuncian a TODA responsabilidad civil, administrativa, penal y canónica por el contenido de los comentarios que no sean de su autoría. La blasfemia está estrictamente prohibida, y los insultos a la administración constituyen causal de no publicación.
Comentar aquí significa aceptar las condiciones anteriores. De lo contrario, ABSTENERSE.
+Jorge de la Compasión (Autor del blog)
Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)