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martes, 1 de febrero de 2022

LA VERDAD SOBRE ADELA ZAMUDIO

Tomado del PERIÓDICO LA ESPERANZA (Parte 1Parte 2, Parte 3, Parte 4 y Parte 5).
     
Adela Zamudio Rivero, la anticatólica
   
Existe una enorme y desproporcionada admiración por la escritora feminista Adela Zamudio en Bolivia. Esto a tal punto que el 11 de octubre es Día de la Mujer Boliviana en honor al nacimiento de la literata, que vivió de 1854 a 1928.
    
Se suele reconocer la vida y obra de esta mujer como ‘ejemplo de lucha’, tanto en la izquierda como en la derecha política de Bolivia. Asimismo, a pesar de haber combatido duramente a la Iglesia Católica, es actualmente celebrada y reivindicada incluso por católicos.
   
¿Realmente hizo tantas cosas buenas? ¿Puede un católico admirar su obra? Vamos a analizarlo a detalle aquí.
   
Advertencia: esta serie de artículos no pretende ser un juicio a la persona de Adela Zamudio en su conjunto. Sabemos que, como todo ser creado por Dios, fue alguien capaz de redimirse, arrepentirse y enmendarse. Si lo hizo o no, solo Dios lo sabe: Él conoce la conciencia de esta mujer, así que aquí nos vamos a centrar en las ideas y la obra de esta escritora, no en su persona.
    
Además, vamos a partir de la información disponible hasta el momento y en los formatos accesibles por el autor de estos párrafos. El caso de Bolivia, quizás al igual que otros países de Hispanoamérica, es muy especial en cuanto a historiografía. Todavía quedan muchas cosas por desempolvar, analizar y difundir respecto a cómo le fue a los católicos de ese país defendiendo íntegramente su fe durante el turbulento siglo XIX, cargado de ataques contra la verdad, el bien y la belleza. En este entendido, prosigamos.
    
Día de la Mujer, ¿promulgado por una mujer?
Desde la educación primaria y secundaria, pasando también por los medios de comunicación, se nos suele decir que el Día de la Mujer Boliviana fue decretado por la presidente izquierdista Lidia Gueiler Tejada en 1980, ¿es esto cierto? Ella fue la primera y única mujer en gobernar este país, por tanto, es lógico y razonable que durante su gobierno haya sucedido algo así, ¿no?
    
El Decreto Supremo N.º 17081, que señala al 11 de octubre como Día de la Mujer Boliviana, aparece fechado el 2 de Octubre de 1979. En ese entonces, según el registro convencional, era presidente Walter Guevara Arze, miembro del mismo partido político de Gueiler.
    
Sin embargo, en el documento aparece como firmante Lidia Gueiler, ¡y como presidente! ¿No habrá habido alguna situación especial en este momento de la historia, a tal punto que hubo la necesidad de afirmar que su mandato empezó en noviembre de ese año, es decir, después de publicado el decreto?
    
Ya hubo antes otra situación especial: la historiografía convencional boliviana calla el hecho de que el arzobispo Juan de Dios Bosque presidió la república entre el 27 y el 28 de noviembre de 1873. Quizás también, por similar gravedad de circunstancias, Gueiler fue presidente interina por cierto tiempo en ciertos días, semanas o meses que se atribuyen a Guevara la presidencia de la república.
   
Pero más allá de eso, hay algo muy interesante: ¡el Día de la Mujer Boliviana ya había sido decretado más de diez años antes! ¡Y por un hombre! Fue el Decreto Ley N.º 7352 del 05 de Octubre de 1965, bajo la presidencia de la Junta Militar de Gobierno conformada por los generales René Barrientos y Alfredo Ovando.
    
En otras palabras, el Día de la Mujer Boliviana fue promulgado por primera vez no por una mujer, sino por un par de machos, ‘milicos’, el tipo de hombre que las feministas suelen despreciar y difamar. Lo más extraño de todo es que así lo reconoció el Ministerio de Trabajo en recientes declaraciones, a pesar de que entre los firmantes estuvo el entonces teniente coronel Hugo Banzer, futuro presidente, represor de comunistas y muy despreciado por la izquierda.
   
Puestas las cartas sobre el asunto, es evidente que existe una intención ideológica al proclamar a Lidia Gueiler como artífice del reconocimiento cívico a la mujer boliviana. También hay una clara intención ideológica en hacerlo con Zamudio, pero más adelante explicaremos más a fondo por qué.
   
Cuando hablamos de Adela Zamudio o de cualquier otro personaje de importancia histórica, debemos tomar en cuenta qué es lo que define la bondad o maldad de su obra. En esta labor, el historicismo constituye un obstáculo medular, porque nos lleva a hacer demasiado buenos a los malos y a ser demasiado malos con los buenos.
    
Básicamente, el historicismo es un error que consiste en interpretar la historia como un curso inevitable de acontecimientos que se suceden los unos a los otros. Según esta visión, lo que pasó, «pasó porque tenía que pasar» y ya, es decir, las cosas tienen un devenir positivo, necesario, bienhechor.
    
El curso de la historia se constituye, para este error, como un cúmulo de acontecimientos que implica un choque de fuerzas. Estas fuerzas son necesariamente contradictorias, y donde no haya el choque, hay que provocarlo de alguna manera para acelerar el ‘avance’ y llegar a la realización más perfecta del hombre.
   
Por esta equivocada forma de ver la realidad pensamos que, mientras más avanza la historia, más avanza la humanidad hacia la perfección de su ser. En otras palabras, la obra de Adela Zamudio encuentra toda su justificación porque «logró» o contribuyó a lograr ciertos «avances», que de otra manera hubieran resultado inviables: libertad de prensa, rebeldía femenina, Estado laico, etc.
    
Por ello, los obstáculos a Zamudio desde el historicismo tienen que ser percibidos como indeseables: cualquier persona, institución o costumbre que no se haya adaptado a los prejuicios ideológicos de Zamudio tiene que ser difamada. Lo mismo con otros íconos de la época anterior y posterior a ella: Simón Bolívar, Bernardo de Monteagudo, etc. Son personajes a los que no debemos cuestionar nada, porque supuestamente eran la vanguardia de su época, o sea, postularon «ideas avanzadas».
    
En el caso de Zamudio, si nos regimos por el historicismo, la ortodoxia católica representa un retroceso, un obstáculo a la realización última del hombre. Por el contrario, la pluma de dicha escritora representaría la vanguardia, la grandeza, la esperanza.
    
Si el historicismo fuera cierto, hoy por hoy habría menos maldad que antes en el mundo. Pero la situación parece indicar que no la hay, más bien al contrario: incrementan males como la impiedad, las violaciones, los robos, la corrupción, etc. En consecuencia, el historicismo necesariamente tiene que ser falso.
    
Para juzgar más apropiadamente la obra de Adela Zamudio, conviene despojarnos del historicismo, que no es más que un cúmulo de porquerías abominables y de muy mal gusto. Solo así podremos ver si Zamudio realmente colaboró al bienestar de la sociedad boliviana o si esto solo es un mito que favorece a ciertos grupos hegemónicos del poder que pretenden implantar su agenda perversa en la actualidad.
  
***
   
Si bien Doña Adela nació en una familia muy devota y participaba de la misa cada viernes, al menos durante su infancia, con el paso del tiempo sufrió una intensa desilusión por la fe católica. Cursó hasta 3º de secundaria y de ahí se dedicó a leer bastante a autores radicalmente heterodoxos, como Voltaire o Rousseau, grandes divulgadores de errores.
    
Esto, evidentemente, acrecentó su interés por los dogmas del liberalismo, y la llevó a promover ideas abominables como la supremacía del Estado sobre la Iglesia o la educación desligada de la religión. Lo curioso es que, a pesar de eso, su padre ayudó a divulgar su obra literaria. ¿Qué razones tuvo él para hacerlo? Quizá mala catequesis, ignorancia o falta de cariño paternal.
    
Según indica su biografía, con el paso del tiempo, Zamudio se hizo protestante. Por ejemplo, en 1913, la escritora reclamó la aplicación de cierta «moral humana» en una respuesta suya a fray Francisco Pierini, uno de sus mayores enemigos:
«Lo que evidentemente irrita a Ud. y le escandaliza es que, una cualquiera como yo, una mercenaria que gana el pan, tachada además de irreligiosidad, se haya atrevido a denunciar un error de matronas piadosas, ricas e influyentes. Si esa es la moral católica que Ud. tanto encomia, yo no la profeso ni la enseñaré jamás a mis alumnas. Yo profeso la moral humana, la inmutable, la que aquilata la virtud donde se encuentre, humilde y desconocida, y condena el error sea quien fuere el potentado que ha caído en él».
Además, Zamudio se lamentó de que la hayan tachado de ‘irreligiosa’, por lo cual es posible que sí haya querido ser considerada como creyente. Además, dice criticar a mujeres con grandes sumas de dinero, un clásico sofisma del protestantismo para alegar que la Iglesia Católica se gloría en la riqueza mientras que el pueblo sufre en la pobreza.
    
En su poema ¿Quo Vadis?, ella se burlaba de la figura del Papa: «Allí está Pedro, el pescador que un día predicó la pobreza y la humildad, cubierto de lujosa pedrería, ostenta su poder y majestad; feroz imitador de los paganos, el Santo Inquisidor». Como se ve, asumió y difundió leyendas negras sobre la Inquisición y comparó a los católicos con los paganos, tal como se suele hacer desde el protestantismo.
     
Los artículos más populares acerca de Zamudio (disponibles en la red) centran los motivos de su querella contra la fe católica en dos cuestiones: una obra de teatro inmoral ejecutada por niños y una monja enloquecida en el convento. Más allá de eso, los artículos no documentan abundantemente ningún otro incidente, es decir, existe cierto sesgo de confirmación —y de difamación contra la Iglesia— que explota estos hechos mediante el razonamiento inductivo. Esto significa que un par de anécdotas personales ya funcionan como argumento suficiente para ‘destruir’ a la Iglesia Católica, si no solo la boliviana o la de esa época, en su esencia misma.
  
Pongamos las cosas en orden: dos o tres errores de ministros de la Iglesia o de sus feligreses no son motivo suficiente para abandonarla. De ser así, muchos hubieran dejado de ser católicos en la época de Zamudio y hubieran aceptado dócilmente sus ideas. Dado que la escritora era cultivada en letras, es decir, de cierto nivel intelectual, no pudo haber cometido la insensatez de enojarse profundamente con la Iglesia por algunos incidentes.
   
Entonces, existe un vacío en ese relato feminista de la actualidad acerca de la obra de Zamudio, y como todo vacío, tiene que ser llenado por sofismas. Hace falta saber qué otros acontecimientos condujeron a la escritora al protestantismo y al liberalismo.
  
Como no podía ser de otra manera, ese proceso de artificio propagandístico consiste en ver el pasado con ojos del presente, es decir, utilizar conceptos modernos como «patriarcado», «lucha» o «emancipación» para describir las situaciones que Zamudio vivía o sentía. Además, esta maliciosa propaganda no explica qué pasó con fray Pierini, la Liga de Señoras Católicas o el Convento después de esos incidentes: si se arrepintieron, si se reconciliaron con Zamudio, si corrigieron su actitud, etcétera.
   
***
    
La escritora se inmiscuyó en la discusión y difusión de las nuevas ideologías que iban llegando a Bolivia. Se incorporó a élites intelectuales que publicaban en periódicos como El Heraldo y El Comercio. Además, publicó en la revista anarquista Arte y Trabajo, de la que también formaba parte el ateo nacionalista Carlos Montenegro. Asimismo, Zamudio colaboró en la revista Feminiflor, donde acompañó a otras feministas que divulgaban sus sofismas ideológicos.
     
Ella defendía el matrimonio civil, ya condenado por la Iglesia en 1880 mediante la encíclica Arcánum. ¿Pero qué tiene de malo el matrimonio civil? Que hace al «todopoderoso e incuestionable» Estado garante del vínculo entre el varón y la mujer, es decir, lo diviniza, pretende que su voluntad suplante a la de Dios. Pero el Estado es imperfecto y no puede jugar ese rol: solo Dios es perfecto, y nada de lo que Él sentencia puede ser malo para la humanidad.
     
Es importante destacar que, en su etapa temprana literaria (segunda mitad del siglo XIX), la escritora vivió bajo gobiernos conservadores, es decir, católicos y de tendencias ultramontanas. Y en el orden eclesiástico, gobernaba la región de Zamudio (Cochabamba) el Venerable Monseñor Francisco María del Granado.
     
¿Es posible que las críticas anticatólicas de una autora liberal tengan toda la razón con semejantes ejemplos de ortodoxia católica? Monseñor Del Granado era un gran hombre al servicio de los pobres y de la recta doctrina, y Baptista era un político muy piadoso y comprometido con la causa católica —a diferencia de otros conservadores.
     
Ya en su segunda etapa literaria (primera mitad del siglo XX), con los liberales gobernando, Zamudio encuentras las condiciones ideales para difundir sus errores y arremeter más duramente contra la Iglesia. El masón Ismael Montes le encargó la fundación y dirección de la Escuela Fiscal de Señoritas en 1903. Ahí se propagaba una educación desligada de la religión, idea condenada por la Iglesia años antes en la encíclica Libértas y otras más.
    
Ojalá la escritora hubiera promovido una firme educación masculina en castidad y respeto a la mujer, tal y como enseña la Iglesia, pero no. En lugar de eso, prefirió atacar hombres de paja, es decir, argumentos imaginarios. Su poema Nacer hombre devela estos errores: «Ella debe perdonar si su esposo le es infiel; mas, él se puede vengar (permitidme que me asombre); en un caso semejante, hasta puede matar él, porque es hombre». Sofismas puros y duros sin ningún desarrollo.
   
Como Dios inscribe la ley natural en todo corazón humano, necesariamente Zamudio ha debido de tener sus cosas buenas. Alguna vez en su vida habrá abrazado a sus padres o a sus hermanos, o habrá plantado un árbol o se habrá dormido temprano. Pero esas cosas buenas no son precisamente sus errores filosóficos, y es una pena que estos sean los más exaltados como «avances» o «logros».
   
Si bien no podemos valernos del principio «el amigo de mi enemigo es mi enemigo» como garante de certeza a la hora de emitir juicios, sí que nos da una pista para seguir el rastro de por qué no podría ser bueno admirar a esa escritora. En otras palabras, tal principio no constituye una prueba definitiva, pero sí un indicio muy importante.
     
Hay católicos que admiran a Zamudio, pero toca preguntarse: ¿hasta qué punto son ortodoxos esos católicos?, ¿se aferran a la fe verdadera o a una fe trastornada modernista? Considerando la actual crisis de la Iglesia, institucionalizada desde el Concilio Vaticano II —pero cociéndose desde antes— la situación se torna muy complicada, mas no por eso imposible.
     
Actualmente, no es raro ver a católicos compartir apasionadamente en sus redes sociales frases pintorescas de personajes heterodoxos como Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Esto con igual o mayor intensidad que de personajes ortodoxos, como Santo Tomás o San Agustín.
    
En consecuencia, es de esperarse que también compartan con alegría los escritos de Adela Zamudio, quizás no los que se refieren a la religión, pero sí a sofismas vagos agradables para el pensamiento moderno. Si los católicos reciben una mala catequesis, una mala educación familiar y una mala influencia del colegio, de la universidad y de los medios de comunicación, no esperemos que admiren a los personajes correctos.
     
Esta —posible, mas no segura— buena fe en los católicos quizás disculpa sus errores. Solo Dios sabe qué hay en la conciencia de cada uno, así que no vamos a juzgar la intención de los católicos modernos. Lo único evidente aquí es que piensan como piensan por culpa de alguien más, y ese alguien lo conforman toda una serie de factores que conforman el sistema secularizado que nos gobierna.
    
Además, el chauvinismo es un factor crucial a la hora de entender por qué Zamudio obtuvo la fama que tuvo. A veces, la búsqueda desesperada de figuras públicas que hagan destacar el nombre de nuestros países en el extranjero nos lleva a cometer la peor de las locuras: admirar los errores de ciertos personajes y tratar de imitarlos.
    
No es de extrañarse que algún boliviano se emocione cuando alguna modelo —de esas que visten en paños menores— triunfa en concursos de belleza en el extranjero. No importa que ella promueva la perversión sexual o la fornicación: lo que importa es que «es de nuestra tierra» y tenemos que difundir lo que hace.
     
Tal situación sucede con personajes de pérfidas obras o doctrinas, como Víctor Paz Estenssoro, Fausto Reinaga o Juan Lechín Oquendo. Pareciera que a muchos no les interesa matizar si lo que hicieron estos individuos fue bueno o malo o si favorecieron al bien común: lo único que importa es que eran bolivianos y eran famosos en el extranjero; por tanto, habría que reivindicarlos.
   
Entonces, pero ¿qué tiene de malo Zamudio? Si luchó por los derechos de la mujer, por la libertad, por la educación… pues eso es lo que dice la propaganda. Generalmente, cuando hay términos vagos de por medio, como «igualdad ante la ley», cabe desconfiar de un escrito que haga apología de una forma de pensar determinada.
     
Basta con saber que el panfleto feminista, proaborto y prosodomita Muy Waso exalta frecuentemente la figura de Zamudio. El feminismo es un error condenado por la Iglesia, así que no es lícito para un católico adherirse a su doctrina.
   
Los dogmas feministas giran en torno a una supuesta emancipación de la mujer, mediante la cual esta se libró y se sigue librando de los malvados esquemas mentales a los que la sometía la sociedad machista —vaya uno a saber qué es exactamente el machismo—. En este sentido, el feminismo considera que las labores domésticas no solo son perjudiciales para el bienestar de la mujer, sino también indeseables y opresivas.
    
La doctrina católica sostiene y ampara las labores domésticas, porque constituyen el orden natural querido por Dios para la familia, formada del matrimonio entre varón y mujer. Además, promueve su reconocimiento y trato justo, frente al liberalismo desquiciado que pretende aniquilar la armonía del orden cristiano. No es de extrañarse que los liberales «antiprogres» de hoy se burlen de las mujeres denigrando la admirable labor de ama de casa.
  
Y por si fuera poco, una logia masónica lleva el nombre de Adela Zamudio, y la masonería también está condenada por la Iglesia (ver encíclica Humánum Genus). Inclusive, estudiosos del tema como el profesor universitario Arturo Urquidi señalan que Zamudio era «profundamente deísta». En tal caso, es posible que en algún momento de su vida Zamudio haya pasado del protestantismo al deísmo.
   
La masonería sostiene el deísmo, es decir, la idea de que Dios forma parte de una experiencia personal solamente. Esto a todas luces se opone a la doctrina católica, que proclama a Dios no solo como primera causa de todo lo que existe, sino también como un interventor constante que no deja que nada suceda o se permita sin su voluntad; es decir, lo que Él hace nos afecta a todos.
   
Siendo entonces el feminismo y la masonería enemigos acérrimos de la fe católica, es conveniente, saludable y necesario que los católicos lo piensen dos veces antes de admirar la obra de semejante personaje.
    
Aarón Mariscal, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista del Alto Perú.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)