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jueves, 17 de diciembre de 2015

EL MOVIMIENTO CARISMÁTICO: UNA FORMA “DEMOCRATIZADA” DE INICIACIÓN DIABÓLICA

Tomado de REVISTA SI SI, NO NO (Edición Española), Abril de 2005
 
«Los católicos saben ahora que se puede recibir el bautismo del Espíritu Santo sin la imposición de las manos por parte de los obispos ni de los sacerdotes, porque pueden ir directamente a Jesús [como los protestantes]. He descubierto con gran sorpresa por mi parte que los católicos se alegran de no depender ya en todo de los sacerdotes»(1)

La Congregación para la Doctrina de la Fe promulgó una Instrucción relativa a las plegarias para obtener la curación de parte de Dios (v. L'Osservatore Romano, 24 de noviembre del 2000). Además de ratificar la autoridad del obispo diocesano, la Instrucción exige que: 
Al efectuar tales “plegarias”, «no se llegue, sobre todo por parte de quienes las dirigen, a formas semejantes al histerismo, a la artificiosidad, a la teatralidad o al sensacionalismo» (art.5 §3).
  
La Instrucción se refiere claramente al movimiento carismático, cuyas formas de fanatismo y de sensacionalismo son las únicas que parecen temer las autoridades romanas. De ahí que la prensa haya visto en el documente una legitimación del «auge súbito del carismatismo, tanto más cuanto que, al ser un fenómeno que comprende a cristianos de todas las confesiones, coincide con el camino de reunificación de las iglesias, al cual se han adherido, desde el Concilio Vaticano II en adelante, todos los Papas, especialmente el actual» (Libero, 6 de Enero del 2001).
 
Si es así, hay que decir una vez más que el ecumenismo es la palanca de la “autodemolición” de la Iglesia. En efecto, en el movimiento carismático (llamado también movimiento pentecostista o “renovación del Espíritu”) hay algo mucho más grave que las manifestaciones de fanatismo y de sensacionalismo. Por eso nos ha parecido bien brindar una reducción y traducción nuestras de algunos artículos aparecidos en Sous la Bannière, nn. 89-90, de mayo-junio y julio-agosto del 2000, animados por la esperanza de redespertar algún sentido de la responsabilidad en los Pastores y, en cualquier caso, por la de poner en guardia a algunas ovejas del pobre rebaño de Cristo, indefenso y engañado.
 
Lo preternatural diabólico
Parece necesario y urgente de todo punto tratar nuevamente de la renovación carismática, porque se dice que en ella suceden “cosas extrañas”, lo cual nada tiene de sorprendente, toda vez que dicha “renovación” se injerta en una corriente oculta que nos lleva en línea recta a lo preternatural diabólico. El pentecostismo carismático parte de un fenómeno al que, según parece, se quiere hacer pasar por obra del Espíritu Santo, mientras que es obra de Satanás, travestido de ángel de luz: dicho fenómeno consiste en una iluminación iniciática, cuyo punto de llegada estriba en una forma de unión con el demonio.
 
La iluminación iniciática
La iluminación iniciática constituye el umbral de todo lo que se erige en sede de influjos diabólicos: sociedades secretas, congregaciones iniciáticas, etc. En el movimiento carismático, la iluminación iniciática “precipita” al alma en 8un universo que no es ya, pese a las apariencias, el de la fe católica, sino otro universo: el universo del “otro”, del enemigo de Dios y de las almas. Para llegar a la iluminación iniciática se requiere una elección, una decisión. En el movimiento carismático, dicha elección consiste en la de recibir el famoso “bautismo del Espíritu”. Nótese que la iluminación iniciática no es algo que se aprende, sino una “impresión” que se recibe y que no se puede explicar. René Guénon, gran especialista en el arte luciferino, expresa así la esencia de la iluminación iniciática: «No se aprende nada misterioso, sino que se experimenta» (Aperçus sur l'initiation).
 
La iluminación iniciática exige un iniciado
Para experimentar ese “algo misterioso” se necesita a alguien que haya recibido ya la iluminación iniciática. En el libro Les authentiques fils de la lumière (Los auténticos hi­jos de la luz), ed. de la Colombe, 1961), el autor, un masón anónimo, escribe al hablar de su iniciación en el grado de “Rosa-Cruz”: «El Venerable es un canal del influjo espiritual, que es el agente» (p. 87). Un “canal”: el “Venerable”, es decir, el soporte de un poder que no entiende y que al mismo tiempo debe transmitir. Este es el papel del iniciador.
 
Ahora bien, es evidente que en el movimiento carismático nada, absolutamente nada, puede verificarse sin un miembro “iniciador”, que haya recibido ya el “bautismo del Espíritu” (o sea, la “iniciación carismática”) y que, por lo mismo, se haya vuelto capaz de transmitir el “influjo espiritual” productor de la impresión iniciática. Esto constituye un elemento ca­pital en el movimiento carismático, elemento que también permite distinguir el sacramento de la confirmación conferido en el seno de la Iglesia católica del susodicho “sacramento carismático”.
  
Sólo el obispo obra en el sacramento de la confirmación (o un sacerdote delegado por él), y no puede transmitir su poder a sus sacerdotes y aún menos a los laicos. En el movimiento carismático, en cambio, el iniciado transmite con la iniciación su propio poder de “iniciar”. Además -¡cosa extraña!-, un cardenal puede recibir la iniciación carismática de manos de un niño dotado de “poderes espirituales” de que carece el príncipe de la Iglesia; basta con que este niño haya recibido el “sacramento” iniciático del “bautismo del Espíritu”. Lo cual, habida cuenta de la naturaleza jerárquica de la Iglesia, ¡es sencillamente aberrante!
 
De ahí que los grupos carismáticos puedan multiplicarse hasta el infinito: basta con que tengan un “iniciado”, sea cura, religioso o laico, hombre o mujer, viejo, adulto o niño; eso no importa.
 
La iluminación iniciática exige un rito
Otro punto capital es el de la necesidad de un rito para realizar la iluminación iniciática. Este “rito” sirve para comunicar la corriente de “satánica”, para injertar a las almas en aquel que se hace llamar el “Gran Espíritu”.
 
Oigamos ahora al anónimo autor masónico citado más arriba: «Pero, para conservar su eficacia, los ritos deben observarse escrupulosamente» (op. cit., p. 87). Y René Guénon dice (Aperçus... cit.) que, con objeto de que el rito pueda comunicar el influjo “espiritual”, es necesario que un ejercicio «o de silencio, o de recitación, o de movimiento [piénsese en la imposición de las manos en el bautismo carismático] suscite vibraciones rítmicas» (y aquí se desvela el carácter encantatorio del rito); dichas vibraciones les permiten, a los que se entregan al rito iniciático, «percibir directamente -nos dice Guénon- los estados superiores de su ser» (se trata, que quede bien claro, de estados ligados, en realidad, al influjo preternatural diabólico). De tal modo, el rito encantatorio «sirve para provocar artificialmente una especie de ‘éxtasis’», esto es: “hace salir” al iniciado de su universo para introducirlo en otro, dominado por el espíritu infernal.
 
Guénon habla aquí de la gran iniciación masónica que exige, por ser tal, “éxtasis” repeti­dos; pero hay que reconocer que el movimiento carismático es la historia de un influjo “espiritual” (ajeno a la fe católica) transmitido por un “iniciado” mediante un rito que sirve de vehículo: el “bautismo del Espíritu” con imposición de las manos; ¡rito que los católicos fueron a buscar entre los pentecostistas protestantes!; el movimiento carismático no es nada, nada en absoluto, sin tal rito, es decir, sin la transmisión de un influjo “espiritual” destinado a producir una impresión o iluminación iniciática. El padre Philibert de Saint Didier, capuchino y maestro en teología, subraya justamente que este rito «se requiere para todo nuevo recluta» (Plaidoyer pour le Pentecotisme de M. l'abbé Laurentin).
 
La iluminación iniciática goza de una eficacia automática
La particular eficacia de la iluminación iniciática es muy importante, porque constituye el signo seguro de la toma de contacto con el influjo preternatural. René Guénon se muestra tajante al respecto: el rito iniciático es «siempre eficaz cuando se cumple según las reglas; poco importa que su efecto sea inmediato o más lento». La eficacia automática es un elemento impor­tante de las “místicas” diabólicas: la seguridad absoluta de obtener el efecto buscado consti­tuye un elemento precioso en la seducción del falso ángel de luz.
 
Ahora bien, la eficacia automática, índice revelador de la transmisión del influjo preternatural, es una nota esencial del movimiento carismático, así como de todo movimiento iniciático. Escuchemos al anónimo autor del citado Les authentiques fils de la lumière, quien nos ha­bla de su iniciación masónica: «... sentí al punto una impresión ardiente, como un relámpago... ‘algo’ subía desde lo más profundo de mi ser. Descubría un mundo nuevo, donde, de improviso, el tiempo natural se había cambiado en tiempo sacro. Sensación que no puede analizarse, pero tampoco borrarse. Así, cuánta alegría experimenté al participar, esta vez en varios ágapes en que el pan y el vino creaban un lazo místico entre los comensales del banquete sagrado» (pp. 98-99).
 
Así, pues:
  • impresión imborrable;
  • descubrimiento de un mundo nuevo, es decir, emergencia de un espíritu nuevo que lo ve todo de una manera absolutamente distinta;
  • creación de un lazo “místico” con los demás participantes porque el iniciado, en virtud de su iniciación, se halla incorporado a una especie de “cuerpo místico”.
Pasemos ahora de la iniciación masónica a la carismática.
 
Para darse cuenta de hasta qué punto la eficacia constituye una característica esencial del movimiento carismático, basta considerar los efectos producidos por el rito del “bautismo del Espíritu” mediante la imposición de las manos.
 
Cuando refieren tales efectos, los Ranaghan, que figuraron entre los primeros “pentecostistas católicos” y asimismo entre los primeros en escribir sobre el movimiento carismático (v. Le retour [sic] de l’Esprit, ed. du Cerf, Paris), no se cansan de hablar de ellos. He aquí cómo se expresa uno de los dos: «Con este bautismo fue como si me hubieran sumergido en un gran océano, solo que el agua era Dios, era el Espíritu Santo» (p 24). Sigue la ilustración de los efectos experimentados por el grupo de “fundadores” del “pentecostismo católico”: «Cuando estas personas de Pittsburg [profesores universitarios de los Estados Unidos, en Pensylvania] describen su experiencia del ‘bautismo en el Espíritu Santo’, hablan de una nueva conciencia del amor de Dios, cual se ofrece particularmente a través de Cristo resucitado [sic]. Jesús se les torna familiar de un modo nuevo, y ellos se encontraban a sus anchas cuando se le acer­caban como a Señor y hermano, tanta era la conciencia de su familiaridad con El. Sus plegarias se trocaron espontáneamente en alabanzas a Dios, y el deseo de orar creció en su interior. De repente, la Biblia presentó para ellos un atractivo nuevo. Habían estudiado la Escritura hacía ya tiempo, pero comenzaron a leer el Viejo Testamento y el Nuevo por pura alegría y a alegrarse de las maravillas obradas por el Padre en la historia de la salvación. Se hallaban en paz de un modo sorprendente. Serios problemas de personalidad, tensiones entre particulares, laborales o relativas a los estudios, se resolvieron fácilmente en el ámbito del amor a Cristo. Una fe nueva los llenaba. [...] Junto con esta maravillosa transformación interior, recibieron varios dones del Espíritu Santo, o incluso todos. Se trata de los carismas que abundaban sobremanera en la Iglesia primitiva [pero de un origen diametralmente opuesto, como veremos]. [...] Recibieron otro don que parece muy extraño. Aunque San Pablo nos recuerda que no constituye, sin duda, el más im­portante de los dones del Espíritu Santo, con todo y eso, es el que más llama la atención cuando se trata del movimiento pentecostista: es el “don de lenguas” [o glosolalia]. Se le puede definir como una alabanza a Dios en un lenguaje nuevo, un lenguaje que no lo entiende quien lo profiere, aunque lo hable.[...] Por lo común, esta plegaria no es inteligible, pero, con to­do, tiene un estilo, un vocabulario, una serie de inflexiones que denotan un verdadero lenguaje humano. Considerado el menos importante de los dones, es a menudo el primero en ser recibi­do, pero no siempre. Constituye para muchos un umbral a través del cual se entra en el reino de los dones y de los frutos del Espíritu Santo» (pp. 25-27).
 
Estos efectos producidos por el “sacramento” del Crisma han seguido manifestándose al ritmo de las sucesivas iniciaciones, muchas veces de manera clamorosa. He aquí un tes­timonio:
«Estaba de pie ante el altar, y un momento después me hallaba derribado por tierra, llorando y sumido en un rapto que quizás no vuelva a experimentar jamás. Después de algún tiempo (no sé cuánto), volví a encontrarme en pie, y bajé con la conciencia de que el Espíritu de Dios había obrado en mí [..]. Reflexioné y comprendí que debía volver a la capilla para rezar. Tenia miedo de entrar, pero lo hice. Me encontré tumbado de espaldas, con los brazos en cruz. Rogaba, pero con una sensación extrañísima: no pensaba en las palabras antes de pronunciarlas; al escuchar lo que decía lo oía por vez primera. Era como si oyese hablar a otra persona. Entretanto, alguien había entrado en la capilla, pero casi no me di cuenta. Al cabo de un rato, me senté y vi que era una amiga mía. Me sentí tan feliz al verla rezar, que no pude contenerme; la miré y le dije: ‘Le deseo bien’; ella me respondió: ‘Yo también’, y me preguntó si podía leerme algo. Abrió la Biblia y comenzó a leer. No sé cómo fue, pero, tras las primeras palabras, sentí la cercanía de Cristo aún más intensamente que antes. Al ir a hablar con los que habían entrado me di cuenta de que emitía sólo sonidos ininteligibles, como un mudo que intentara expresarse» (pp. 34-35).
  
Y he aquí otro testimonio, con “olor a azufre” y un pasaje típico que pondremos de relieve más adelante: «Aquella noche, nueve de nosotros nos reunimos con el profesor Duquesne para rezar y le pedimos nos impusiera las manos y rogara para que recibiéramos el bautismo en el Espíritu. Comenzó ordenando a Satán, en nombre de Jesús, que saliera de nosotros [Nótese aquí una inversión propiamente diabólica]; que hiciera cesar las tentaciones, las dudas y los obstáculos que suscitaba en nosotros; que nos dejara en libertad de responder plenamente a Dios [¿?] Luego nos impuso las manos y rogó para que nos llenásemos del Espíritu Santo [...]. Cuando se llegó a mí, no me esperaba realmente ninguna manifestación exterior [...] Se paró un momento frente a mí y, en nombre de Cristo, expulsó a Satanás [¿?]. Apenas había terminado de hablar, tuve conciencia de que un demonio [¿?] me dejaba. Sentí que temblaba y reconocí clara y distintamente un olor a azufre quemado. [...] Después, me impusieron las manos y aunque no recibí el don de lenguas aquella primera noche, comenzaron a suceder tantas cosas que estuve cierto de la fuerza del Espíritu Santo [¿?] Me sentí de improviso atraído con fuerza hacia la Biblia. La Escritura me parecía transparente; la plegaria, una auténtica alegría. Era tan fuerte el sentimiento de la presen­cia y del amor de Dios, que me acuerdo de haber permanecido sentado en la capilla durante media hora, riendo de alegría mientras pensaba en el amor de Dios» (pp. 62,63).
  
Prestemos atención a este pasaje: “Se paró un momento frente a mi y, en nombre de Cristo, expulsó a Satanás. Apenas había terminado de hablar, tuve conciencia de que un demonio me dejaba, etc.”. 
  
Citemos a modo de parangón algunas líneas de un texto del Padre Catry: un religioso ha expulsado con agua bendita al demonio de un energúmeno mientras éste practicaba la escritura automática:
«El poseso: -¿Qué ha pasado?
El religioso: -Señor N.: estaba usted escribiendo y yo le he rociado con agua bendita.
El poseso: -¿De veras?... Había en mi una fuerza que pugnaba por escribir, pero otra fuerza me lo impedía desde fuera. He luchado y perdido.
El religioso: -¡Ha sido vencido por el poder de Dios en el agua bendita! ¿Nunca antes ha­bía experimentado nada semejante?
El poseso: -No; o mejor dicho, sí, pero en sentido contrario. Fue el día de la iniciación. La fuerza que resistía estaba dentro de mi, y yo la expulsé.
El religioso: -Era el Espíritu Santo de su bautismo. Expulsó a Nuestro Señor Jesucristo pa­ra dar cabida al demonio».
 
Recordemos estas palabras del endemoniado: “Fue el día de la iniciación”.
 
El paralelismo entre ambos textos muestra la inversión diabólica [Dios es expulsado por Satanás, y Satanás por Dios] y que el olor a azufre advertido por la víctima ¡venía en rea­lidad del prof. Duquesne, quien desempeñaba su papel de iniciador carismático!
 
Todos los promotores del movimiento carismático sedicentemente católico alardean, con complacencia, de los efectos del “bautismo del Espíritu”, como el abate Caffarel en ¿Se debe hablar de un pentecostismo católico?
  • Un incremento de vida divina y el descubrimiento del Huésped interior; 
  • una plegaria viva y jubilosa; 
  • el amor a la Sagrada Escritura; 
  • el apego a la Iglesia; 
  • el impulso misionero; 
  • una experiencia de liberación (en el plano físico, moral, psicológico), 
  • y, por último, los carismas: profecía, discernimiento de espíritus, poder de curar, hablar en lenguas, don de interpretar... 
  
En pocas palabras: ¡todo lo que se precisa para renovar la faz de la tierra! Y precisamente porque provoca estos efectos maravillosos de ardor religioso, la renovación carismática presenta un atractivo fuera de lo común, toda vez que la atracción de lo extraordinario es la más fuerte de todas. En efecto, ¿qué sacerdote, qué católico militante, no desea que su apostolado sea eficaz? ¿qué discípulo de Cristo no desea ardor al rogar, al leer la Sagrada Escritura, al practicar la caridad? ¿qué cristiano de a pie no desea “sentir” el amor de Dios, su inefable presencia, su acción benéfica? ¿Qué católico no se cansa de vivir en la “desnudez” de la fe, en la “negrura” de la esperanza (sperare contra spem), en un mundo cada vez más desierto, en el cual los miedos, los compromisos, las traiciones asfixian cada vez más a la Verdad, natural o sobrenatural, y donde la caridad es muchas veces nada más que filantropía sin fuego divino y, por ende, sin llama?
  
Así, pues, hay que considerar ante todo que la eficacia automática del pentecostismo, de todo movimiento carismático, constituye el signo manifiesto de un influjo extremadamente poderoso capaz de transformar a un ser humano en el plano físico, psíquico, moral, religioso, sin que éste haga el menor esfuerzo, salvo el de dejarse imponer las manos y escuchar la fórmula requerida. «El rito siempre es eficaz», nos dice Guénon.
 
La cuestión capital: ¿de qué naturaleza es ese influjo iniciático?
Llegados a este punto, se plantea el interrogante más importante: ¿cual es la verdadera naturaleza de este influjo iniciático?
 
Dejemos hablar otra vez al masón anónimo de Los auténticos hijos de la luz, quien cita un texto que considera en extremo esclarecedor:
«Hay algunos que pueden, en determinados momentos, separarse de sí propios, descender bajo el umbral, cada vez más abajo, a las oscuras profundidades de la fuerza que sostiene su cuerpo, donde esta fuerza pierde su nombre y su individualidad. En dicho punto, se tiene la sensa­ción de que esta fuerza se dilata, comprende al yo y al no-yo, invade la naturaleza toda, ma­terializa el tiempo, transporta miríadas de seres como si estuvieran ebrios o alucinados, presentándose bajo mil formas: fuerza irresistible, salvaje, inagotable, que no descansa, caren­te de límites, abrasada por una insuficiencia y una privación eternas» (p. 88).
 
Es un lenguaje que termina por coincidir con el propio de los escritores eclesiásticos cuan­do hablan del demonio. La fuerza salvaje, que no descansa, abrasada por una insuficiencia y una privación eternas, la fuerza capaz de transportar miríadas de seres como si estuvieran ebrios o alucinados, es el Espíritu de Lucifer, marcado por una incandescencia que ilumina y “quema”, y que puede transformar en un instante a un ser humano para hacer de él una víctima segura.
 
Ahora bien, basta leer los testimonios de las víctimas de la renovación carismática para comprender que el “Espíritu” que presta su fuerza preternatural al influjo iniciático produce efectos absolutamente extraordinarios por su número, género, rapidez, intensidad.
 
El actor masónico llega hasta a hablar de una “presencia invisible” en el momento de la iluminación iniciática: «Es uno de los misterios de la iniciación: el ambiente (...) y quizás una presencia invisible causan una emoción inefable» (p. 99). En efecto, la “presencia” de Satanás es la que explica la subitaneidad y la intensidad de la emoción experimentada, y la que hace de la iluminación iniciática una experiencia mística diabólica. No se trata de “autosugestión”: la eficacia prodigiosa de la iniciación está ahí para demostrarlo; se trata de la verdadera recepción de una influencia externa: aquí radica la gravedad de la iniciación.
 
Escuchemos ahora al Padre Catry, en el artículo ya citado: «¿Cuál es la naturaleza del ‘influjo espiritual’, tan indispensable para el iniciado como la electricidad para el motor? René Guénon habla de un ‘elemento no humano’, ‘de orden trascendente’, ‘sobrenatural’, que pone en comunicación con los ‘estados superiores del ser’. Este no puede ser el verdadero sobrenatural, el sobrenatural divino: Dios da testimonio de Sí propio, no del ‘gran todo’. ¿Será un influjo de orden preternatural, diabólico? Es posible. Tanto más cuanto que Guénon asimila los ángeles a los ‘estados superiores del ser’... Pero, dado que el demonio sobresale en el arte de disfrazarse de ángel de luz, importa distinguir los influjos. ¿Qué ángeles intervienen en la iniciación? Los buenos concurren sólo a preparar la iluminación de la fe y observan siempre la mayor discreción. Pero los ángeles malos pueden alimentar cualquier ilusión y ha­cerla seductora, acompañándola hasta con prodigios en los que se entregan a su acción».
  
Es de bulto que la iluminación iniciática no puede tener un origen divino en el movimiento carismático, porque su fuente no es la de la fe católica. El Padre Eugenio de Villembanne escribe al respecto: «El pentecostismo sedicente ‘católico’, que se ramifica en ‘renovación carismática’ y ‘renovación del Espíritu’ y que intenta, a posteriori, dotarse de una justificación doctrinal, empezó por rechazar a la Iglesia Católica jerárquica, por rebelarse contra ella u olvidarla voluntariamente; los fundadores de este pentecostismo ‘católico’ y los padres de las distintas ‘renovaciones’ le volvieron la espalda a su obispo para ir a pedir a unos pentecostistas protestantes la iniciación doctrinal y el ‘bautismo del Espíritu’, o efusión del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos. Violaron, además, el canon 1399, nº 5...» (Illuminisme “67”: Reflexions et conclusions, p. 1; traducción nuestra). En efecto, todo comenzó con la participación en asambleas de pentecostistas protestantes y con la recepción del “bautismo del Espíritu” por obra de los sobredichos pentecostistas.
 
También aquí nos encontramos otra vez con René Guénon, con la necesidad -dice- de «vincularse a una organización ritual, porque nada puede comenzar y progresar sin iniciación». Leyendo en el libro de los Ranaghan (Le Retour de l'Esprit) la narración del origen del pentecostismo católico, se reconocen todos los elementos de la iniciación indicados por Guénon: en el seno de la organización protestante hallamos al iniciado o a los iniciados mediante los cuales se transmite “el influjo espiritual” según un rito bien preciso: la plegaria al “Espíritu” acompañada de la imposición de las manos; y este rito demuestra su eficacia por los efectos que se siguen de él. Veámoslo.
 
El 18 de enero de 1967, «día de la octava de la Epifanía, consagrada por la liturgia católica a la celebración del bautismo de Jesús mediante el Espíritu Santo en el Jordán, ... ellos [los fundadores del pentecostismo] se encontraban en casa de miss Florence Dodge, una presbiteriana que había organizado el grupo de oración un tiempo antes. El grupo se reunía en su ca­sa con regularidad y ella dirigía habitualmente estas reuniones» (p. 22). Después, los tres profesores de Pittsburg y la mujer de uno de ellos asistieron a una primera reunión carismática: «Nos dejó la impresión duradera, dice uno de ellos, de que allí obraba el Espíritu [¿?]» (p. 23)
 
Dos de los de los profesores asisten a la siguiente reunión: «terminó -dice el mismo testigo- cuando Pat y yo pedimos que se rogase con nosotros a fin de recibir el bautismo del Espíritu.
 
Ellos se dividieron en varios grupos, porque rogaban por varias personas. Sólo me pidieron que hiciera un acto de fe para que el poder del Espíritu obrara en mi. Muy pronto recé en lenguas» (p. 23). «La semana siguiente -agregan los Ranaghan-, Ralph [uno de los dos iniciados] impuso las manos a los otros dos [compañeros] y también ellos recibieron el bautismo del Espíritu» (p. 24). El proceso está en marcha: el iniciado se vuelve iniciador a su vez y así transmite el “influjo espiritual”. Todo el denominado pentecostismo ‘católico’ se halla en germen en estos textos del libro de los Ranaghan. Prosiguiendo su lectura, vemos cómo la “corriente” pasa de uno de los promotores a los recién llegados: «Una pareja de novios... había oído hablar del “bautismo del Espíritu Santo” y deseaba recibirlo. Se acercaron por eso a Ralph Keifer [uno de los fundadores del pentecostismo “católico”] y le pidieron que rogara con ellos para que el Espíritu Santo se hiciera plenamente activo en su vida... fueron profundamente to­cados por el Espíritu de Cristo. El Espíritu se manifestó muy pronto con el don de lenguas en las cuales aquel joven y aquella muchacha loaron a Dios» (p. 29). Y no acaba todo ahí: «Pero ellos sabían que, al mismo tiempo, una de las jóvenes [miembro del grupo pentecostista] ...había sido atraída a la capilla y que allí había sentido la presencia casi tangible del Espíritu de Cristo. Salió temblando de la capilla y apremió a los otros para que regresaran a ella. Los miembros del grupo, solos o en parejas, se trasladaron allí y, mientras estaban todos unidos en oración, el Espíritu Santo se derramó sobre ellos» (pp. 29-30). ¡Salta a la vista que esta especie de “Espíritu” sopla mucho y “pneumatiza” a todo el que se entrega su acción desbordante de favores carismáticos! En pocas palabras: la corriente carismática pasó del protestantismo herético e iniciático a los susodichos católicos, provocando “efectos maravillosos” de ardor religioso que no pueden explicarse por el recurso a una causa sobrenatural, porque el Señor no puede en manera alguna entrar en una experiencia hecha por católicos desobedientes a la Iglesia, en un ambiente herético y con una iniciación, un rito, abiertamente acatólico.
 
La renovación carismática no se funda ni en la doctrina católica, ni en la espiritualidad católica, ni en la liturgia católica. Tiene la exterioridad de la fe, pero, en realidad, cons­tituye su negación. La “fe” carismática está hecha de intuición, de sentimiento, de experien­cia interior; es una “fe” inmanente y subjetiva. No se trata ya de “saber” para creer, sino de “sentir” para creer. El alma toma el camino de la sensibilidad, y es ahí donde el demonio está en acecho.
 
Piénsese en la novela modernista de Fogazzaro Il Santo (publicada hacia el 1904): «Recoger nuestras almas en Dios, silenciosamente, cada uno por su cuenta, hasta sentir dentro de nosotros la presencia misma de Dios... Queremos sentirnos unidos... debemos sentir a Dios presente en nosotros, pero cada uno de nosotros debe sentirlo presente también en los otros; ¡y yo lo siento tan vivamente en vosotros!... Todos nosotros que sentimos que Cristo prepara... una inmensa transformación por medio de profetas y de santos». La “fe” carismática es tal a base de experiencia sensible [v. San Pío X, Enc. Pascendi contra el modernismo]. El cardenal Suenens se expresa de esta suerte sobre la esperanza “teologal”: «La esperanza teologal se hace experi­mental» (Une nouvelle Pentecôte). A lo que el padre Philibert de Saint Didier (ya citado) se apresura a responder: «Es una afirmación curiosa. El objeto de una esperanza declarada ‘teologal’ es Dios que promete. ¡pero no se experimenta a Dios! Se cree en El. Cuanto al motivo de dicha esperanza ‘teologal’, estriba (por lo mismo que antes, por su teologalidad) nada más que en la fidelidad por naturaleza de Dios que promete. Y tampoco ésta se experimenta» (Interroga­tion sur le Pentecotisme?).
 
Nos queda ahora por tratar un último punto: ¿Dónde desemboca la iluminación iniciática?
 
La desembocadura de la iluminación iniciática
Henos aquí ante almas “iniciadas”, es decir, entenebrecidas, incapaces de efectuar el discernimiento necesario para volver a encontrar el verdadero camino de la fe católica. Estas almas deseosas de recibir el “bautismo del Espíritu” no se han dado cuenta de que le abren los brazos al demonio en el seno de la experiencia carismática, tanto mas cuanto que éste pone el mayor cuidado en esconder sus cuernos y sus garras, y se viste de luz para seducir a sus víctimas.
 
Bossuet nos previno: «Veo en la Iglesia dos tipos de persecuciones: la primera, en el origen y bajo el imperio romano, preponderantemente violenta; la segunda, al fin de los tiempos, la cual será el reino de la seducción». Al comprobar el poder de seducción de la renovación carismática, ¡no puede uno dejar de creerse de alguna manera en este último reino! Con la seducción es con la que el “príncipe de este mundo” quiere enredar a las almas que aún distinguen el bien del mal.
 
La impresión recibida durante la iluminación iniciática es una impresión luminosa, eufórica, exaltante. Así se exalta ni más ni menos un carismático anónimo: «Alegría y luz, desper­tar cristiano [cf. el “despertar” masónico] , renovación de vida y de voluntad, explosión de alegría interior, dulce y duradera, iluminación divina del último grado de la vida mística: todas estas cosas se conceden con la fuerza del Espíritu Santo a los principiantes...».
   
Los favores carismáticos abundan y sobreabundan en el umbral del camino iniciático, lo que le permite al pentecostismo- renovación “crecer como los hongos” para el mayor daño de las almas incautas. El nuevo afiliado se calma en virtud de la seducción diabólica; una tranquilidad perfecta se adueña de él, por lo que ya no puede descubrir el disfraz del falso ángel de luz. Puesto que el mal incluido en la iluminación iniciática no es manifiesto, las almas no se ha­cen siquiera la pregunta de si está bien o mal, y caen presas en la red infernal sin saberlo. Para librarlas de su ceguera sería menester obrar el discernimiento de espíritus, lo único que permite desvelar una inspiración diabólica allí donde se cree ver una inspiración divina. Lo que pone en peligro al falso místico es precisamente el hecho de que le inspira el Tentador, el cual impulsa con tiento a las almas a donde jamas habrían querido ir si se les hubiera revelado antes el auténtico desemboque.
 
Las cosas se presentan en el movimiento carismático como si el demonio quisiera, de algún modo, “democratizar” una forma simplificada de iniciación para coger en sus redes al mayor número posible de almas, ígnaras como están de sus astucias más sutiles. De hecho, ¿cuál es el resultado de la maniobra carismática de Satanás? El “Espíritu” al que se adora no es ya objetivamente el Espíritu Santo de la fe católica: es el “gran espíritu” salido del infierno, y los “dones carismáticos” concedidos por él son la manifestación de su presencia y de su acción. Si el demonio da con tanta largueza es porque así usurpa el lugar del Señor y recibe una adoración que sólo a El se debe. Dios, en efecto, no se puede dejar confiscar por una caricatura simiesca del sacramento de la confirmación, totalmente ajena a la fe católica.
 
La doctrina católica da el remedio contra la seducción diabólica
Dios, en verdad, es dueño de sus dones y puede dar los que quiera, a quien quiera y cuando quiera; pero el católico no debe “tentar” al Señor (Mt 4, 7), a diferencia de lo que el pentecostalismo- renovación le invita a hacer. En efecto, si hay una petición a la cual el demonio responde con toda seguridad es la del “bautismo del Espíritu” con todo su diluvio de carismas: el “espíritu” implorado se apresura a llegar, ¡pero no es el que se esperaba!
 
Por eso San Vicente Ferrer, como Santo Tomás y San Juan de la Cruz, pone muy en guardia a las almas contra la «sugestión e ilusión del demonio, que engaña al hombre en sus relaciones con Dios y en todo lo que a Dios se refiere» (La Vida espiritual), y da el remedio contra las tentaciones espirituales suscitadas por el diablo: «Los que quieran vivir en la voluntad de Dios no deben desear obtener [...] sentimientos sobrenaturales superiores al estado ordinario de quienes tienen un temor y un amor de Dios muy sinceros. Tal deseo, en efecto, sólo puede ve­nir de un fondo de orgullo y de presunción, de una vana curiosidad respecto a Dios y de una fe demasiado frágil. La gracia de Dios abandona al hombre presa de este deseo y lo deja a la mer­ced de sus propias ilusiones y de las tentaciones del diablo que lo seduce con visiones y revelaciones engañosas» (ivi). Y también: «Huid de la compañía y la familiaridad de quienes siem­bran y difunden estas tentaciones y de quienes las defienden y alaban. No escuchéis sus relatos ni sus explicaciones. No busquéis ver lo que hacen porque el demonio no dejaría de haceros ver en sus palabras y obras signos de perfección a los cuales podríais prestar fe y así caer y perderos con ellos» (ivi).
 
De aquí la necesidad de abstenerse no sólo de participar en las ceremonias carismáticas para recibir en ellas una influencia real, sino también de asistir a ellas en calidad de simples espectadores. Agreguemos asimismo las palabras de San Ignacio, experto en el discernimiento de espíritus: «Es propio del ángel malo, transfigurado en ángel de luz, comenzar con los sentimientos del alma devota y terminar con los propios».
 
Desde el momento en que el alma cruza el umbral del universo carismático (universo oculto), puede pasar de todo. Se empieza con dones inefables: entusiasmo y ardor ferviente, liberación de los complejos, de los vicios, don de profecía, de curación, de glosolalia (o xenoglosia: ha­blar una lengua extranjera desconocida), etc...; se sigue con una evolución paralela a la de la droga (puesto que la “efusión del Espíritu” en el seno del movimiento carismático es una auténtica droga espiritual: comporta una degradación progresiva del alma, un anonadamiento cada vez mayor de la vida de la fe), y se termina con juergas sensibles y sensuales, y a veces en la locura. Y dado que vivimos en una época en que no se conoce ya al demonio (la demonología ya no es una ciencia religiosa oficial, ya no se la enseña en los seminarios), una época en que no se habla de él, en que se ríe sólo con pensar en é1 o mencionarlo, una época en que hay pocos sacerdotes o religiosos competentes en este campo, en que se toma la conciencia de una cierta posesión interior por una enfermedad que atañe a la psiquiatría, bien se echa de ver cuánto habrán de sufrir las almas que, “ígnaras” o “imprudentes” (como dice San Juan de la Cruz), se hayan dejado atrapar en las fantasías carismáticas del pentecostismo- renovación, «es­ta nueva forma de brujería que apela al Espíritu Santo» (Padre Calmel, o. p.).
 
Imposible no acordarse de estas palabras del Evangelio: «Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad» (Mt 7, 22-23).
 
Pentecostismo y modernismo
Añadamos, para completar, que el pentecostismo o renovación carismática, si bien constituye el fruto de todos los “iluminismos” del “Paráclito” que han marcado la historia de la Iglesia desde el gnosticismo, es también el fruto de las filosofías que han preparado, sostenido, provocado “teologías” esotéricas. Todo lo que rechaza la objetividad de la razón filosófica o científica así como de la fe católica, en provecho exclusivo de la intuición del corazón, de la experiencia íntima y personal, ha preparado, de lejos o de cerca a la “religión” carismática. Por esta vía, y sobre todo gracias al modernismo, se ha podido hacer del “hombre moderno” un hombre que siente su filosofía, su religión, como provenientes del corazón, de su religión personal. La renovación carismática es subjetivismo gnóstico por naturaleza: se trata de hacer en sí la “experiencia de lo divino” o, traducido al lenguaje carismático, la experiencia viva del “Espíritu Santo”.
 
Pentecostismo y ecumenismo
Se comprende fácilmente que la renovación carismática sea un instrumento privilegiado en el plan ecuménico de la Contra- Iglesia, que deba servir de común denominador para la unificación de las religiones.
 
Así lo escribe el Padre Eugenio de Villeurbanne ya citado: «Esta pretensión se patentiza a todo lo largo del libro del modernista cardenal Suenens Une nouvelle Pentecôte... el autor quiere que el Espíritu Santo sea ‘agente de comunión’ ... nótese también su comparación errada y falsa de la Iglesia con la Trinidad, ‘unidad plural’, para persuadirnos de que la Iglesia (el autor nunca dice la Iglesia Católica, porque para él la Iglesia es lo que los protestantes llaman ‘la gran Iglesia’ o federación de iglesias) debe componerse de varios elementos distintos (mejor dicho: heterogéneos). Pero, por desgracia para el cardenal, la Santísima Trinidad no es una ‘unidad plural’, porque lo que constituye fundamentalmente su unidad está total, igual e idénticamente en cada una de las tres Personas; y dado que la esencia divina, una y única, no está dividida, ¿cómo podrá ser “plural”? Las Personas divinas no multiplican la unidad divina. Por ello, si la Iglesia debe ser una imagen de la Trinidad, lo será sólo cuando todas sus partes tengan la misma sustancia y naturaleza, lo que no sucede ni sucederá jamás con “iglesias” que no posean la misma fe ni el mismo ‘depositum fidei’ o Credo. Es certísimo que a los carismas se les quiere hacer desempeñar el papel de denominador común, a costa de una blasfemia sacrílega: poner al Espíritu en contradicción consigo mismo, haciendo que llene de carismas y de una supuesta efusión a los que niegan los dogmas que El ha revelado junto con el Padre y el Hijo».
 
De este modo, la renovación carismática, al funcionar de denominador común para la unificación de las “religiones”, ¡nos encamina hacia la Iglesia universal, o sea, hacia el cuerpo místico de Satanás! Los enemigos de la Santa Iglesia no se equivocan sobre este punto: «Estos es­fuerzos hacia el ecumenismo cristiano significan para nosotros nada más que unos pasos en el camino de un ecumenismo que querríamos total» (F . .. Ryandey, citado por P. Virion en Mystère d'iniquité, p. 132).
 
La “Iglesia del amor” o el hombre en lugar de Dios
En el libro de Huysmans titulado Là bas (“Allá”), figura un pasaje particularmente importante, el cual evoca a la iglesia carismática de Juan (contrapuesta a la iglesia jerárquica de Pedro), que florecerá con la venida del Paráclito y que se denomina la “iglesia del amor” (en sintonía con la “civilización del amor” de Pablo VI), la “iglesia de la reconciliación”, la “iglesia ecuménica” o “universal” (en virtud de su carismatismo): «Es un axioma teológico que el espíritu de Pedro vive en sus sucesores. Vivirá en ellos, más o menos celado, hasta la expansión auspiciada del Espíritu Santo. Entonces Juan, tenido de retén -dice el Evangelio- comenzará su ministerio de amor y vivirá en el alma de los nuevos Papas». Este texto muestra claramente el lazo esotérico que media entre la “expansión del Espíritu Santo” (por conducto de la “renovación carismática”) y el “ministerio de amor” de Juan. El autor esotérico Salémi anunciaba en 1960: «El nuevo evangelio de Juan pronto se predicará en toda la tierra» (Le message de l'Apocalypse, p. 293).
 
Estamos en los tiempos de este “nuevo evangelio”: «Se invoca al apóstol San Juan -escribe Pierre Virion-, discípulo del amor, contra la autoridad de Pedro. Es la vieja teoría de los Rosa- Cruz, que profetiza la iglesia esotérica [iniciática] de Juan, superior a la iglesia exotérica [no iniciática] de Pedro, y cuyos tiempos apocalípticos parecen llegados hoy. La Iglesia romana debe cederle el puesto, debe desaparecer tal como es: ‘El ciclo de Juan... se ha abierto’» (Mystère d'iniquité, p. 146).
 
Se plantea entonces la pregunta: ¿qué diablos es esta “iglesia de Juan”, la iglesia de la tercera hora, la iglesia de la hora del Espíritu Santo? La iglesia de Juan no es ya Dios en el primer puesto, sino el hombre; no la trascendencia divina, sino la inmanencia; no la fe, sino el gusto sensible, lo prodigioso, los carismas (democráticamente asegurados a todos gra­cias al “bautismo del Espíritu”); no el dogma, sino la “revelación interior”, el subjetivis­mo, el profetismo, el iluminismo; no el sacramento instituido por Cristo, sino otra especie de “sacramento” injertado en una corriente oculta (tal es el “bautismo del Espíritu: una parodia de sacramento al haber en él efusión de “gracia diabólica” por conducto de un rito herético); no la eucaristía- sacrificio (de aquí el encarnizamiento contra el rito llamado de San Pío V), sino la eucaristía- fiesta; no el sacerdocio ministerial, sino el carácter sa­cerdotal de todo fiel (1); no la iglesia jerárquica y carismática al mismo tiempo, sino una iglesia meramente carismática; no el Papa, sino un sínodo paralizador; no los obispos, sino una colegialidad sofocante; no los párrocos, sino las asambleas presbiterales; no la jerar­quía oficial, sino comisiones, comités, etc., etc., constitutivos de un gobierno paralelo; no la Iglesia Católica Romana, sino una iglesia universal que asfixia todos los cultos tributados a cualquier divinidad. En conclusión: la que René Guénon llamaría una “iglesia integral”. Y esta “iglesia integral”, cuyo cometido se cifra en destruir por asfixia a la iglesia jerárqui­ca tradicional, que es la iglesia de Pedro, debe ser el fruto de la venida del Espíritu (los Ranaghan decían: del “retorno” del Espíritu), ¡porque es el “Pentecostés” de este “Espíritu" el que permitirá a Juan ejercer su “ministerio de amor”!
 
Comprendemos ahora por qué en nuestros días se nos habla tanto de amor: «Se engañará al pueblo en nombre del amor, de un amor que no es la caridad teologal, pero cuyo nombre usurpa. Así, nunca habíamos leído tanto en las publicaciones masónicas la frase: ‘Amaos los unos a los otros’. Pero se la emplea siempre, en nombre de Cristo, contra su Iglesia» (Mystère d'iniquité, cit., p. 146).
 
¿Qué hacer?
¿Qué hacer frente a la ceguera causada por la invasión carismática, caricatura diabólica del sacramento de la confirmación, pero llamada “bautismo” con razón porque marca el paso del mundo católico al oculto? San Juan de la Cruz dice: «[Una vez cegada el alma] podrase engañar en la cuantidad o cualidad, pensando que lo que es poco es mucho, y lo que es mucho poco; y acerca de la cualidad teniendo lo que tiene en su imaginación por tal o tal cosa, y no será sino tal o tal, poniendo, como dice Isaías, las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, y lo amargo por dulce y lo dulce por amargo (5, 20)» (Subida del Monte Carmelo, L. 3, cap. 8).
 
Es necesario hoy más que nunca insistir en lo que constituye la verdadera vida de fe. Sigamos escuchando a San Juan de la Cruz: «(...) y así, yendo el alma vestida de fe, no ve ni atina el demonio a empecerla, porque con la fe va muy amparada -más que con todas las demás vir­tudes- contra el demonio, que es el más fuerte y astuto enemigo.
 
Que por eso san Pedro no halló otro mayor amparo que ella para librarse dél cuando dijo: Cui resistite fortes in fide (I Petr 5, 9). Y para conseguir la gracia y unión del amado, no puede el alma haber mejor túnica y camisa interior, para fundamento y principio de las demás vestiduras de virtudes, que esta blancura de fe, porque sin ella, como dice el Apóstol, imposible es agradar a Dios (Hebr 11, 6), y con ella es imposible también dejarle de agradar, pues El mismo dice por el profeta Oseas: Desponsabo te mihi in fide (Os 2, 20), que es como decir: Si te quieres, alma, unir y desposar conmigo, has de venir interiormente vestida de fe» (Noche pasi­va del espíritu, cap. 21).
 
Recurramos a la santísima Virgen para que aplaste la cabeza de aquel que se hace pasar por el Espíritu Santo y quiere hacerse adorar en su lugar. Recitemos por eso el Santo Rosario con todo el ardor de nuestra fe, enemiga de la “sensibilidad carismática”.
 
El lanzazo
El pentecostismo- renovación es, en la evolución de la iglesia “conciliar”, como el lanzazo al corazón de Cristo, golpe no sentido por quien lo recibió porque ya estaba muerto. Se diría que revive místicamente en la iglesia “conciliar”, que no advierte el lanzazo inferido a su corazón por la renovación carismática; la falta de reacción al respecto de las autoridades parece la insensibilidad de un muerto en las tinieblas sepulcrales. Pero el sepulcro esta contiguo a la resurrección, y si nos sintiéramos tentados de preguntar al Señor lo que Isaías (21, 11) preguntaba al centinela: «¿A qué hora estamos de la noche?», la respuesta del Místico Custodio sería: «Se acerca la mañana».
  
NOTAS
(1) Así lo testimonia un pentecostista: «Los católicos saben ahora que se puede recibir el bautismo del Espíritu Santo sin la imposición de las manos por parte de los obispos ni de los sacerdotes, porque pueden ir directamente a Jesús [como los protestantes] . He descubierto con gran sorpresa por mi parte que los católicos se alegran de no depender ya en todo de los sacerdotes» (citado por Lumière, julio de 1975). También un cura católico carismático atestigua: «Comenzamos a realizar el sacerdocio de todos los fieles» (ivi)

Il Segno, revista de la Diócesis de Bolzano- Bressanone, 25 de Noviembre del 2000: «Hacia el Adviento/ Reflexionamos sobre el perdón», con la firma de un tal Gualtiero Meneghelli. En su primera “reflexión”, nos informa de que Dios «es un papá que no premia ni castiga», y se acoge al Evangelio: a la parábola de la oveja descarriada y a las demás “parábolas de la misericordia”. Pero el Evangelio -observamos- no se encuentra enteramente en las parábolas de la misericordia. ¿Nunca ha leído el articulista de la revista diocesana de Bolzano- Bressanone, por ejemplo, el juicio universal en Mt. 25, 46?: «Y aquellos irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna»: ¡He aquí en el espacio de una sola frase, el premio eterno de los buenos, y el castigo, eternamente eterno, de los malos! No importa: leer en la Sagrada Escritura aquello que agrada o sirve a las propias tesis es un arte tan viejo como el “padre de la mentira”, quien, incluso para tentar a Nuestro señor Jesucristo se sirve de un pasaje aislado de la Escritura (v. Mt. 4, 5-7).

Del Evangelio de San Mateo cita Meneghelli, en cambio, el capítulo 18, versículos 15 al 18, ofreciendo de él una “novísima” exégesis además de una versión “ad usum delphini”. Según él, cuando Jesús dice: Si el hermano, corregido privadamente y luego en presencia de dos testigos, no te escucha, «díselo a la Iglesia, y si ni siquiera la Iglesia presta oído, sea para ti como gentil y publicano», en realidad no habla de someterse al juicio de la Iglesia, a quien confiere incluso el poder de expulsar de su seno al rebelde obstinado, sino que invita a todos a poner a esos obstinados rebeldes... en lugar preferente, igual que puso en lugar preferente a los gentiles y publicanos (¡sin importar que estuviesen o no arrepentidos!) y cuando Jesús añade: «En verdad os digo que todo cuanto atareis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado también en el cielo», siempre según Meneghelli, no se refiere a la jerarquía sino, democráticamente, a toda la comunidad cristiana, como ya pretendieron, contra el unánime testimonio de los Padres y del Magisterio constante e infalible de la Iglesia, Zuinglio y otros “reformadores” protestantes, que con tal fin, transformaron el “Dic ecclesiae” en “Dic communitati”, exactamente como “Il Segno” cambia el “díselo a la Iglesia” por el “díselo a la Asamblea” (sobre este tema, v. Cornelio A lapide, Commentarium In Mattheum, cap. XVIII).

Esta interpretación -admite Meneghelli- «parece contradecir nuestra tradición... También va contra la enseñanza que nos a sido dada». ¿Y qué? La enseñanza tradicional “es algo que ha contribuido al alejamiento de muchos cristianos [“los hermanos separados”] respecto de la comunidad de la que formamos parte [la Iglesia Católica] “y ahora -ecuménicamente- contradecimos la tradición, rechazamos la enseñanza de Cristo que nos ha sido infaliblemente transmitido por la Iglesia y protestantemente con los peores protestantes, digamos, como dice Meneghelli en Il Segno, que «el cometido de la reconciliación, de la remisión de los pecados, no ha sido confiado solamente a los sacerdotes», sino que «perdonar los pecados concierne a todos, y no sólo a los sacerdotes, [y puesto que los hermanos separados niegan la confesión, más precisa y reductivamente prosigue:] reconciliarse con cualquiera que sepamos tener algo en contra nuestra».

Y si algún católico atrasado aún deseara confesarse, ¡hágalo, pues!. «Con todo aquello que hemos dicho [¿plural mayestático?] - escribe Meneghelli- no queremos convencer a ninguno de la inutilidad de confesarse con un sacerdote. ¡Absolutamente no!» ¿Y sabéis por qué? Porque «el hombre, cada uno de nosotros, necesita de alguien a quien dirigir sus demandas de perdón, confesar sus angustias y sus pecados». ¡Eso es todo! Simple cuestión de utilidad psicológica (que el hombre moderno ya ha resuelto recurriendo al “psicólogo”), de ningún modo cuestión de un sacramento de institución divina, obligatorio para obtener el perdón de todo pecado mortal.

Las irreflexiones... ¡perdón! Las reflexiones sobre el perdón publicadas por la revista diocesana Il Segno no acaban aquí. Después de la confesión, le toca a la Eucaristía. Meneghelli nos informa que en la iglesia, nuestra iglesia católica [minúscula, por supuesto, a pesar de las reglas gramaticales, poco respetadas por cierto en todo el discurso de las tres reflexiones] existe una norma, una decisión doctrinal, la cual, -¡pásmense!- proviene del Concilio de Trento, he aquí un ditirámbico elogio sobre la autoridad de ese Concilio cordialmente detestado por los modernistas. Bien manifiesta es la razón de tal elogio. Meneghelli necesita de la autoridad de ese Concilio para convencer a los católicos de que pueden acercarse a la Santa Comunión, incluso en pecado mortal: «Una de las decisiones del concilio de Trento, tomada en la XII sesión del 25 de noviembre 1551 (§ 1743) -escribe solemnemente- afirma que: ‘La Eucaristía concede la gracia y el don de perdonar los crímenes y los pecados, incluso graves’. Sin embargo esto -deplora- no suele predicarse [¡menos mal!], pero nosotros debemos saberlo, debemos enseñarlo, a menos que -añade- nuestro obispo o incluso el Papa nos digan que esta norma ya no vale».

No, querido improvisador, no es necesario que el obispo o incluso el Papa nos digan que esa norma y ano vale: ¡tal norma no existe, no ha existido nunca! El DS 1743 se refiere no a la Eucaristía- Sacramento (comunión), sino a la Eucaristía- Sacrificio (Santa Misa) y en realidad, suena exactamente así: «Aplacado por esta ofrenda el Señor, concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona las deudas y los pecados aunque éstos sean graves». Es la defensa del valor propiciatorio de la Santa Misa, valor negado por los protestantes. Dios concede el perdón de los pecados con motivo del sacrificio de su Hijo, pero no por medio de la Misa, sino por medio del sacramento de la Confesión. En cambio, para la Eucaristía- Sacramento (comunión), el Concilio de Trento promulga una norma muy diferente que dice exactamente lo contrario de lo afirmado por Meneghelli desde las páginas de Il Segno: «Nadie, consciente de estar en pecado mortal, por mucho que pueda estimarse contrito, se acerque a la santísima Eucaristía sin que haya precedido la Confesión sacramental» (DS 1647), con su correspondiente anatema en al canon 11: «Si alguno tuviera la presunción de enseñar, predicar o afirmar pertinazmente lo contrario o incluso defenderlo en pública discusión, sea por ello excomulgado» (DS 1661; cf. 1646- 1647).

No nos asombramos de las heréticas proposiciones de Meneghelli, que entre otras cosas, no parece sacerdote. Nos asombramos de que -sacerdote o laico- haya obtenido el permiso de divulgar tales errores desde las páginas de la revista diocesana de Bolzano- Bressanone y por ende, a la sombra de la autoridad del Obispo de aquella diócesis, cuyo primer deber como obispo (i.e. inspector o vigilante) consiste, en cambio, en vigilar sobre la integridad y pureza de la Fe. Nos asombramos, además, y no cesará nunca nuestro estupor, de que indignos pastores sean enviados para hacer estragos en el pobre rebaño de Cristo.

En medio de los actuales desórdenes, es importante repetir a los hombres que la Iglesia es, por divina institución, la única arca de salvación para la humanidad... Más que nunca, es oportuno enseñar que la Verdad liberadora, tanto para los individuos como para las sociedades, es la verdad sobrenatural en toda su plenitud y en toda su pureza, sin atenuaciones o disminuciones y sin compromisos, tal y como Nuestro Señor Jesucristo viene a darla al mundo, confiando su enseñanza y custodia a Pedro y a la Iglesia. 

BERGOGLIO REHABILITA A "PADRE CÍCERO"

El diario brasileño O POVO registró esta noticia el 13 de Diciembre:
"Hoy, con ocasión de la apertura solemne de la Puerta Santa de la Misericordia en esta Catedral de Nuestra Señora de la Peña, quiero anunciar con alegria, a la querida Diócesis de Crato y a los peregrinos y peregrinas de Juazeiro do Norte, un gesto concreto de misericordia, de atención y de cariño por parte del Papa Francisco (sic) para nosotros: la iglesia Católica (sic) se reconcilia históricamente con el padre Cícero Romão Batista".

Cícero Romão Batista, "Padre Cícero"
 
Con estas palabras, el obispo conciliar de Crato (Brasil), Francisco Panico, anunció en su homilía del mismo día la rehabilitación del Padre Cícero, en medio de la inauguración diocesana del Año conciliar de la Misericordia.
 
Según la carta, firmada por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, 
"El presente mensaje fue redirigido por expresa voluntad de Su Santidad el Papa Francisco (sic), en la esperanza de que Vuestra Excelencia Reverendísima no dejará de presentar a su Diócesis y a los peregrinos del Padre Cícero la auténtica interpretación de la misma, procurando por todos los medios apoyar y promover la unidad de todos en la más auténtica comunión eclesial y en la dinámica de una evangelización que dé siempre y de manera explícita el lugar central a Cristo, principio y meta de la Historia".
  
El comunicado de la reconciliación de la iglesia con Padre Cícero "es más que una reconciliación. Es un pedido de perdón de la iglesia por lo que le sucedió al sacerdote brasileño", afirmó Armando Rafael, asesor de comunicaciones de dom Fernando Panico.
 
AMPLIACIÓN
El Padre Cícero fue fundador de Juazeiro do Norte (Ceará), y adquirió fama desde que en 1889 fuera protagonista de un supuesto milagro eucarístico. Ante esto, su obispo le prohibió dar declaraciones públicas de ello y le conminó a abandonar el pueblo. Años después fue excomulgado por el Santo Oficio (sentencia cambiada a reducción a estado seglar), por desobediencia. Actualmente es tenido como santo para la liberal Iglesia Católica Apostólica Brasileña (fundada por el obispo excomulgado Carlos Duarte Costa). 
  
Durante muchos años los obispos prohibían hasta nombrarle públicamente, hasta que con la llegada del actual obispo de Crato en 2001, Monseñor Fernando Panico, se empeñó a una cruzada para rehabilitar su memoria y, con probabilidad, iniciar el proceso de "canonización" ante el Vaticano. Todo ello, a raíz de atribuirle a la intercesión del Padre Cícero, la curación de un cáncer que sufría.
 
SÓLO FALTA QUE BERGOGLIO (O SU SUCESOR) REHABILITE A LUTERO Y A HOLLMAN LONDOÑO, ¿Y POR QUÉ NO A JUDAS ISCARIOTE Y ORÍGENES?

EL QUE AYUDE A LOS JUDÍOS SE EXCLUYE DE LA IGLESIA DE CRISTO

  • Es tal la codicia de algunos, que por ella se separan de la Fe, conforme expresó el Apóstol, como que muchos sacerdotes y legos, recibiendo dones de los judíos, fomentaban su perfidia patrocinándolos; los que no sin razón se conoce ser del cuerpo del Anticristo, puesto que obran en contra de Cristo. Cualquier obispo, presbítero, o seglar, que en adelante les prestare apoyo contra la Fe cristiana, bien sea por dádivas, bien por favor, se considerará como verdaderamente profano y sacrílego, privándole de la comunión de la Iglesia Católica, y reputándole como extraño al reino de Dios, pues es digno que se separe del cuerpo de Cristo el que se hace patrono de los enemigos de este Señor” [IV Concilio de Toledo (año 633), canon LVIII (“De aquellos que prestan auxilio y favor a los judíos en contra de la fe de Cristo”].
  • Ningún hombre de ninguna religión, ni de ningún orden, ni de ninguna dignidad, ni de nuestra corte, ni de pequeños, ni de grandes, ni ningún hombre de ninguna gente, ni de ningún linaje, ni de príncipes, ni de poderosos, se esfuercen ni amen en su corazón de amparar a los judíos que se no quisieren bautizar, de estar en su fe ni en sus costumbres, ni a los que son bautizados, de tornar en su perfidia ni en sus malas costumbres. Ninguno los ose defender por su poderío en ninguna cosa, por estar en su maldad. Ninguno se trabaje por darles ayuda, ni por razón, ni por hecho, por que vengan contra la santa Fe de los cristianos, ni probar, ni decir, ni tañer en ninguna cosa contra ella, ni en oculto, ni en manifiesto. Y si alguno amare de hacerlo, si es obispo, o clérigo, o de orden, o lego, que fuere de esto probado, sea apartado de la compañía de los católicos, y sea excomulgado por la Iglesia, y pierda la cuarta parte de toda su hacienda, y téngala el rey. Porque derecho es que aquellos sean apartados de la compañía de los fieles de Cristo, y que pierdan sus cosas los cuales se trabajan de contrariar el amor de Cristo y la verdad por los enemigos” [Fuero Juzgo, libro XII, título segundo, ley XV (“Que ningún cristiano debe amparar a los judíos, ni defenderlos”].

FALLECIÓ MONS. ROBERT McKENNA, OP

  
Ayer 16 de Diciembre, falleció a la edad de 88 años en Michigan (Estados Unidos) Mons. Robert Fidelis McKenna, el último obispo Católico perteneciente a la orden dominica.
  
Mons. McKenna fue sacerdote legítimo y válido, ordenado en 1958 por el cardenal Amleto Cicognani (1.883-1.973); y consagrado obispo el 22 de Agosto de 1986, por el obispo  Michel-Louis Guérard des Lauriers, OP (1898-1988), quien a su vez fue consagrado por Mons. Pierre Martin Ngô-dinh-Thuc el 7 de Mayo de 1981, siguiendo el Ritual Católico Tradicional. Mons. McKenna fue teólogo co-fundador del Movimiento Católico Ortodoxo (ORCM) junto con el P. Francis Fenton (sin relación con Mons. Joseph C. Fenton), en los primeros días del sedevacantismo público, paralelo a la mexicana Unión Sacerdotal Trento, siguiendo la propuesta del P. Joaquín Sáenz y Arriaga. Mons. McKenna consagró a Mons. Donald Sanborn el 19 de Junio de 2002, quien es actualmente el abanderado del Sedeprivacionismo en su seminario Most Holy Trinity de Brooksville (Florida).
    
Al igual que su consagrante Mons. Guerard des Lauriers, McKenna fue un defensor de la tesis de Cassiciacum (también conocida como la Tesis materiáliter-formáliter o “Sedeprivacionismo”) respecto a los reclamantes papales desde el Vaticano II. En pocas palabras, esta teoría compleja sostiene que a pesar de que los “papas” desde el Vaticano II no son verdaderos papas sin embargo, poseen una elección [¿válida?] al Pontificado romano, y, por esta razón, serían automáticamente convertidos en Papa si renunciaran a sus herejías y se convirtieran al Catolicismo. Ellos son, en cierto sentido, “papas electos”. Esta tesis es herética porque va en contravía de la Doctrina Católica que define que los herejes se apartan del Cuerpo Místico de Cristo y no pueden tener autoridad sobre la Iglesia (principio definido en la Sagrada Escritura y por los Padres de la Iglesia, inspirador de la Bula “Cum ex Apostolátus” de Pablo IV, confirmado por San Pío V mediante “Inter multíplices”, desarrollado por San Roberto Belarmino e incorporado en el Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico). 
 
Mons. McKenna fue un sacerdote y obispo Católico legítimo y válido. Fue un notorio exorcista. Pero SOSTENÍA QUE LOS NO CATÓLICOS PUEDEN SALVARSE SIN LA FE CATÓLICA, o lo que es lo mismo, defendía el “Bautismo de Sangre-Deseo” y la “Ignorancia invencible”. Por tanto, NO FUE FIELMENTE CATÓLICO, porque es de fe el dogma “FUERA DE LA IGLESIA CATÓLICA NO HAY ABSOLUTAMENTE NINGUNA SALVACIÓN PARA NADIE”, y en el Nuevo Testamento, después del Bautismo de Cristo, es obligatorio y de necesidad el recibir el uno y único Bautismo para remisión de pecados (tan obligatorio es que la Bienaventurada Virgen María lo recibió de manos de su Hijo). Además, el reconocer a los reclamantes conciliares al Papado jurisdicción material significa necesariamente obedecerles a ellos en sus herejías. Como herejes, los antipapas conciliares NO SON CATÓLICOS Y NO TIENEN AUTORIDAD ALGUNA SOBRE NADIE, tanto civil como eclesiásticamente.

domingo, 13 de diciembre de 2015

CORNELIO CODREANU, EL IDEAL ENCARNADO

Por Daniel O. González Céspedes para ADELANTE LA FE
 
“Soy trigo de Cristo. Dejad que sea molido por las fieras para ser pan agradable al Señor”. San Ignacio de Antioquia
  
Cornelio Zelea Codreanu
  
En la medianoche del 29 al 30 de noviembre de 1938 asesinaban a Cornelio Zelea Codreanu, Jefe y Capitán de la Legión del Arcángel San Miguel. Su recordación e imitación se tornan necesarias y urgentes ya que uno de los males de estos tiempos es la falta de nobles ideales; y el Capitán los encarnó de manera concreta, hasta el martirio, acto supremo de la Caridad.
 
San Agustín enseña que a los pueblos se los puede llegar a conocer por lo que estos aman. Análogamente podemos conocer a un hombre a partir de sus amores. Amó en primer lugar a Dios. La fe en el Señor lo sostenía y en el ejercicio de la Esperanza se hizo invulnerable, incluso ante los desalientos más comprensibles:
“Cuando más solos y oprimidos estábamos -nos dirá- tanto más se alzaban a Dios nuestros pensamientos. Esto nos daba una fuerza invencible y una luminosa serenidad ente todas las desdichas”.
  
También sabrá enseñarnos: 
“No nos habíamos reunido porque pensásemos de la misma manera, sino porque sentíamos de la misma manera; no teníamos el mismo modo de pensar, sino la misma estructura espiritual… no teníamos ni dinero ni programa; teníamos en cambio, a Dios en el alma, y Él nos inspiraba la fuerza invencible de la fe”.
  
Y en su Diario que llevaba en la Cárcel, dejará escrito: 
“… Después que he sido atacado en mi ser moral, después que he sido tratado con barbarie desde el punto de vista físico, ahora viene sobre mí un tercer ataque: me atacan los microbios, ¡pero Dios ve y recompensará! Acto de fe y de esperanza es rezar. Cornelio sabe de la importancia de la oración ya que la entiende como una de las armas invencibles que todo caballero cristiano posee. La plegaria -manifestación de valor ante las adversidades que se nos presentan- será, para decirlo con sus palabras, “el elemento decisivo de toda victoria”.
  
Codreanu amó a su Patria, Rumania, la Centinela del Este. Y la amó como se debe, con eficacia, pues sabía que después de Dios nadie necesita tanto de uno como la patria carnal: 
“Una Rumania nueva sólo puede salir de la lucha, del sacrificio de sus propios hijos… La Legión y la Patria crecen de lo que no hacemos para nosotros; por tanto, de todo aquello que para nosotros es renunciamiento y sacrificio… Nosotros al entrar a la Legión, no pedimos nada para nosotros, pero damos. Damos alma, damos trabajo, damos sufrimiento, damos todo lo que tenemos por el día de la victoria de la nación rumana… El principio legionario nos dice: la cantidad de sacrificio hecho determina la victoria. Nuestra gloria es la gloria del sacrificio que hacemos”.
 
A modo de ejemplo y en apretadísima síntesis, nombremos los Campos de Trabajo, el Batallón de Comercio legionario, los famosos Nidos, las Fraternidades de la Cruz y la Escuadra de la Muerte.
 
“Ama y haz lo que quieras”, nos enseña el Águila de Hipona. Y Cornelio estaba movido por el amor. Así fue que, en 1927, funda la Legión del Arcángel San Miguel, en el principio del amor. Son sus palabras: “Sólo el amor puede derrotar a la tiranía y a la injusticia, y evitar revoluciones sangrientas y guerras sociales”. ¿Cuál es su idea basal? Codreanu parte del hombre como un valor moral y no como una entidad numérica, aplicándolo a la Legión. El resultado de esto no será, por cierto, un partido político, sino una escuela y una milicia de vida, de sacrificios y de renovación interior en donde, “si entra un hombre, deberá salir un héroe”. Sobre esto, es muy importante señalar que nuestro P. Alberto Ezcurra decía: “sería exacto definirlo (al Movimiento) como una Orden a la vez religiosa y militar, en la más noble acepción de estas palabras”.
 
Se comprende entonces que no bastaba hacer profesión de legionario sino que debían evidenciarse aquellos cambios que desarrollaran armónicamente las distintas cualidades del hombre, haciéndolo aspirar a metas más altas. De allí que a los legionarios les exigía ser honrados, valientes, serios y repudiar de manera absoluta la deslealtad. A sus legionarios les dirá: “Camina únicamente por la senda del honor… No seas nunca vil. Deja a otros la senda de la infamia. Es preferible caer con honor que vencer con infamia… Enseñad a vuestros hijos a no emplear nunca la vileza, ni contra el amigo ni contra el mayor enemigo, porque obrando así no venceríamos… La villanía permanecería inmutable”. La llamará “locura espantosa”.
  
Este ejemplo de pureza, evidentemente, desencadenó una endemoniada persecución contra su persona y contra la Guardia de Hierro por parte del indigno Rey Carol II, manejado por los antojos y caprichos de su amante judía Magda Wolf, alias Elena Lupescu.
 
Mientras los enemigos formulaban una instigación pública para asesinarlo, Codreanu es detenido por supuestas injurias. Le suman otros delitos más y la Corte Marcial lo condena a diez años de trabajos forzados. En la cárcel de Jilava mantiene su lucha: medita los Santos Evangelios y reza para mantener viva la fe en Dios y la Esperanza de una Rumania resucitada.
  
Estando frente a la imagen de San Miguel, se ofrece a Dios tomando sobre él los pecados de su Patria. Pide que acepte los sufrimientos que va a padecer para que fructifiquen en días mejores para su Patria. Y Dios se lo aceptó.
  
Cornelio entendió que el objetivo final de los pueblos no es la vida, sino la resurrección en Nuestro Señor. Por eso pudo escribir, y esta es la gran lección: ¡Cristo ha resucitado! Así resucitará también la justicia para el pueblo rumano. Más para obtener esto es necesario que sus hijos recorran el camino que recorrió Jesús; que pongan sobre sus cabezas la corona de espinas, que suban al Gólgota de rodillas, con la cruz a cuestas y se dejen crucificar… Quien renuncia a la tumba, renuncia a la resurrección”.
 
Al fin, el Capitán junto a trece camaradas, con el pretexto de un traslado, es llevado a la foresta de Tancabesti, cerca de Bucarest. Allí los estrangulan y para fingir una fuga, disparan contra los cuerpos. ¡Creyeron así, acabar con él y con el espíritu legionario!
  
Nuestro mártir, Jordán Bruno Genta, decía respecto al Capitán: 
“Hay algo que nos queda, incluso, a los que no tenemos armas; dar testimonio. Dar testimonio, dice Codreanu, como los antiguos mártires, y los millares de Santos que refulgen en la historia de la Iglesia, dar testimonio de que la vida es tanto más digna de ser vivida, cuanto más dedicada está al servicio de Dios, de sus mandamientos y de una causa justa, como es la de nuestra Patria restaurada en Cristo. Nosotros no tenemos más que a Cristo, pero si creemos en Él de verás, tenemos más que todos juntos. El problema es que seamos capaces de ese testimonio en la Verdad”.
  
Roguemos a San Miguel Arcángel que con su espada nos trace el camino del testimonio y que el Señor nos conceda la gracia de no apartarnos de este.

BERGOGLIO: "DIOS ES PADRE Y MADRE"

Francisco Bergoglio concedió una entrevista a Credere, la revista oficial del Jubileo de la Misericordia (entrevista publicada en italiano en el website oficial del Vaticano el 2 de Diciembre). La agencia ZENIT, el órgano informativo del macielismo, lo tradujo al inglés. Reproducimos los extractos más importantes de la traducción; las negritas son nuestras. Al final del artículo, hemos incluido un comentario de RORATE CAELI acerca del peligro extremo que supone para la fe católica la afirmación bergogliana acerca de que Dios “es Padre y Madre” (afirmación que sabemos, la formulara por primera vez por Juan Pablo I). Y posterior a ella, la infaltable y deprimentemente familiar afirmación de que la Iglesia "excluye a la gente" y es demasiado legalista, siguiendo una "línea dura", "preocupándose solo en las normas morales".
P: Santo Padre, ahora que estamos a punto de empezar el Jubileo [de la Misericordia], ¿puede explicarnos qué impulso del corazón le llevó a subrayar, precisamente, el tema de la misericordia? ¿Qué urgencia percibe a este respecto, en la presente situación del mundo y de la Iglesia?
Francisco I: El tema de la misericordia se acentúa con fuerza en la vida de la Iglesia a partir del Papa Pablo VI. Juan Pablo II lo enfatizó mucho con su Encíclica Dives in Misericordia, la canonización de Santa Faustina Kowalska y la institución de la Festividad de la Divina Misericordia en la Octava de Pascua. En esta línea, sentí que es, en cierto modo, un deseo del Señor mostrar Su misericordia a la humanidad. Por lo tanto, no se me ocurrió a mí, sino que, más bien, retomo una tradición relativamente reciente que, sin embargo, siempre ha existido.
 
Mi primer Ángelus como Papa fue acerca de la Misericordia de Dios y, en aquella ocasión, hablé también de un libro acerca de la misericordia que me regaló el Cardenal Walter Kasper durante el cónclave; también, en mi primera homilía como papa, el domingo 17 de marzo, hablé de la misericordia en la parroquia de Santa Ana. No fue una estrategia; me nació de dentro: el Espíritu Santo desea algo. Es evidente que el mundo de hoy está necesitado de misericordia, está necesitado de compasión, es decir, “padecer con”. Estamos acostumbrados a las malas noticias, a noticias crueles y a las mayores atrocidades que ofenden el nombre y la vida de Dios. El mundo necesita descubrir que Dios es Padre, que hay misericordia, que la crueldad no es el camino, que la condenación no es el camino, porqué la Iglesia misma, a veces, sigue una línea dura, cae en la tentación de seguir una línea dura, en la tentación de enfatizar sólo las normas morales, por lo que, mucha gente queda excluida.
 
Me vino a la mente la imagen de la Iglesia como un hospital de campaña después de la batalla; es cierto, ¡cuánta gente está herida y destrozada! Se atiende a los heridos, se les ayuda y se les cura, no se les hace un análisis de colesterol. Creo que este es el momento de la misericordia. Somos todos pecadores, todos cargamos con un lastre interno. Sentí que Jesús desea abrir la puerta de Su corazón, que el Padre desea mostrar sus entrañas de misericordia, y por eso, nos manda al Espíritu: para movernos e inspirarnos. Es el año del perdón, el año de la reconciliación. Por un lado, vemos el tráfico de armas, la producción de armas que matan, los asesinatos de inocentes de la manera más cruel posible, la explotación de personas, menores, niños: se está llevando a cabo un sacrilegio, permítame el término, contra la humanidad; porque el hombre es sagrado, es la imagen de Dios vivo. Entonces el Padre dice: “Deteneos y venid a mí”. Esto es lo que yo veo en el mundo.
  
***
 
P: Según la Biblia, el lugar donde descansa la Misericordia de Dios es el útero, las entrañas maternas, de Dios que se conmueven hasta el punto de perdonar el pecado. ¿Puede el Jubileo de la Misericordia ser una ocasión para redescubrir la “maternidad” de Dios? ¿Hay también un aspecto más “femenino” de la Iglesia que se debe valorar?
Francisco I: . Él mismo lo afirma cuando dice en Isaías que, si incluso una madre puede olvidarse de su hijo, hasta una madre puede olvidarse de su hijo… “Yo, por el contrario, nunca me olvidaré de ti”[1]. Aquí se ve la dimensión maternal de Dios. No todo el mundo entiende cuando se habla de la “maternidad de Dios”, no es un lenguaje popular, en el buen sentido de la palabra, parece un lenguaje para elegidos. Por lo tanto yo prefiero utilizar la palabra ternura, propia de una madre, la ternura de Dios, la ternura que nace de las entrañas paternas. Dios es Padre y Madre.
  
P: Refiriéndonos a la Biblia, nos da a conocer a un Dios mucho más “emotivo” del que a veces nos imaginamos. ¿Podría cambiar nuestra actitud hacia nuestros hermanos, el descubrir a un Dios que se conmueve y tiene compasión por los hombres?
Francisco I: Descubrirlo nos llevará a tener una actitud más tolerante, más paciente, más tierna. Durante el Sínodo de 1994, en una reunión de grupo, dije que se debía establecer una revolución de la ternura, y un Padre Sinodal, un buen hombre a quien respeto y quiero bien, ya muy anciano, me dijo que no era apropiado utilizar ese lenguaje y me dio explicaciones razonables, de hombre inteligente; pero yo sigo diciendo que hoy, la revolución, es la de la ternura; porqué de ahí deriva la justicia y todo lo demás. Si un hombre de negocios contrata a un empleado de septiembre a julio, y en julio le dice que se tome unas vacaciones para retomar el trabajo con un nuevo contrato de septiembre a julio, entonces el trabajador no tiene derecho a indemnización, ni a una pensión, ni a la seguridad social; no tiene derecho a nada. El hombre de negocios no muestra ternura, sino que trata a su empleado como a un objeto, por poner un ejemplo en el que no hay ternura. Si uno se pone en los zapatos del otro en lugar de pensar en su necesidad de un poco más de dinero, entonces las cosas cambian. La revolución de la ternura es lo que tenemos que cultivar hoy como fruto de este Año de la Misericordia: la ternura de Dios hacia cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros debe decir: “¡Soy un hombre desafortunado, pero Dios me ama así, entonces yo tengo que amar a los demás de la misma forma”.
 
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P: ¿Nos puede adelantar algún gesto que tenga la intención de hacer durante el Jubileo para dar testimonio de la Misericordia de Dios?
Francisco I: Se harán muchos gestos, pero un viernes de cada mes haré un gesto diferente.
 
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Volvemos a presenciar la peligrosa afirmación “Dios es Padre y Madre”, que Bergoglio blandió en esta ocasión.
  
De cierto es que una cosa es el manejo de imágenes o metáforas femeninas para describir las acciones de Dios hacia los hombres, o compararle a Él y Su amor con una madre y el amor que ésta siente por su hijo (como en el libro de Isaías). Así también ha de entenderse ciertas afirmaciones místicas medievales (sobre todo en la mística inglesa de San Anselmo de Canterbury o Juliana de Norwich), donde se refieren a Dios o a Cristo, como “Madre” (como lo hiciera Juan Pablo I: “Dios es un Padre y, todavía más, una Madre”). Pero algo muy distinto (y peligroso) es referirse directamente a Dios como “Madre”, algo sin absolutamente ninguna justificación ni en las Escrituras ni en la Tradición.

Aún, la Iglesia, nunca ha hecho referencia a Dios como “Madre” en su liturgia, en el Credo, ni en sus documentos doctrinales, por no hablar de la devoción católica cotidiana, que a lo largo de los siglos, ha perseverado refiriéndose a Dios como “Padre”, siguiendo el mandato de Cristo. Sobre todo, la mentalidad medieval está a años luz de la mentalidad (post) moderna; razón por la cual aquello que pudo haber sido una expresión inocua hace siglos, hoy es un arma en las manos de las “teologías” modernistas, feministas y radicales que fueron acogidas e implementadas desde el Vaticano II, y buscan hacer trizas y aniquilar la auténtica Tradición de la Iglesia.
 
Adoptando este lenguaje, Antipapa Francisco Bergoglio, quiéralo o no, alienta a feministas y liberales que han estado presionando, precisamente, para que nos refiramos a Dios como “Madre” (como ya sucedió en la iglesia episcopal de Escocia); mientras humilla a los que han dedicado un enorme esfuerzo a bloquear el lenguaje inclusivo y feminista en la liturgia y la práctica espiritual. En la atmósfera abusivamente ultramontana (o pseudo-ultramontana)[2] del pseudo-papado bergogliano, en la que los liberales y sus compañeros de viaje conservadores defienden todo lo que sale de la boca de Anticristo Francisco como pura ortodoxia, no es menester mucha imaginación para darse cuenta de cuánto van a utilizar esta expresión errónea los enemigos de la Fe. Recordad que Bergoglio en esta entrevista que el Jubileo de la Misericordia será una ocasión para “redescubrir” la “maternidad” de Dios.
  
No pasa semana sin que nos llegue por lo menos una expresión ambigua o problemática del reclamante conciliar al Trono de San Pedro (y que tengamos que hablar de ello en nuestros espacios), situación que genera una inmensa confusión y dificultad para los ya acosados, inferiores en número, y, a menudo, demonizados defensores de la ortodoxia católica dentro de la iglesia conciliar, y que éstos, a pesar de la evidencia, no cedan ante la evidencia de que el Vaticano II es un conciliábulo, Bergoglio no es papa y la secta conciliar es la ramera apocalíptica. Parece que, durante el Jubileo de la Misericordia, las cosas se van a poner aún peor para ellos. Y SEGUIRÁN EMPEORÁNDOSE, PORQUE LA DEGENERACIÓN CONCILIAR IRÁ HASTA EL DÍA DEL JUICIO.
   
NOTAS
[1] Isaías 49,15: «¿Puede una mujer olvidarse de su niño, sin que tenga compasión del hijo de sus entrañas? Pero aun cuando ella pudiese olvidarle, yo no me olvidaré de ti».
 
[2] En italiano en este texto y en la traducción al inglés que transcribimos. El término ultramontane, es un término acuñado para referirse, de forma despectiva, al denominado integrismo católico, es decir, a las personas o grupos que sostienen las posiciones tradicionalistas (pre-conciliares) del catolicismo romano y, por tanto, contrarias a la linea doctrinal del Concilio Vaticano II. El autor lo emplea para destacar el ambiente contrario a esta ortodoxia católica, imperante en algunos círculos vaticanos que buscan desarrollar aún más y, a ser posible, llevar aún más allá las tesis conciliares. (N. de Traductor y Editor).

MISERICORDIA OCULTA EN EL CASTIGO: EL "SACO DE ROMA"

Traducción del artículo escrito por Rodolfo De Mattei para CORRISPONDENZA ROMANA.
   
El Saco de Roma
  
La Iglesia vive una época de desorientación doctrinal y moral. El cisma ha explotó en Alemania, pero el Papa no se da cuenta de la significación del drama. Un grupo de cardenales y de obispos propugna la necesidad de un acuerdo con los herejes. Como siempre acaece en las horas más graves de la historia, los eventos se suceden con extrema rapidez. Domingo 5 de mayo de 1527, un ejército venido de la Lombardía se apostan frente al Janículo.

El emperador Carlos V, airado por la alianza política del papa Clemente VII con su adversario, el rey Francisco I de Francia, había enviado un ejército contra la capital de la Cristiandad. Aquella tarde será la última vez que el sol resplandece sobre la Roma renacentista. Cerca de 20.000 hombres, italianos, españoles y alemanes, entre ellos los mercenarios Lansquenetes, de fe luterana, se aprestan para el ataque en la Ciudad Eterna. Su comandante les concedió licencia para el saqueo. Durante toda la noche, la campana de alerta del Campidoglio sonó para llamar a los romanos a tomar las armas, pero ya era demasiado tarde para improvisar una defensa eficaz. Al amanecer del 6 de mayo, favorecidos por una densa niebla, los Lansquenetes fueron al asalto de la muralla, entre Sant’Onofrio y Santo Spirito. 
  
Lansquenetes
  
La Guardia suiza se acantonó en torno al Obelisco del Vaticano, decididos a permanecer fieles hasta la muerte a su juramento. Los últimos se inmolaron frente al altar mayor de la Basílica de San Pedro. Su resistencia permite al Papa, con algunos cardenales, una posibilidad de escapar.
   
A través del Passetto del Borgo, vía que conecta al Vaticano con el Castillo de Sant’Angelo, Clemente VII llega a la fortaleza, único baluarte que le quedaba contra el enemigo. Desde lo alto de sus muros, el Papa presenció los terribles estragos que comenzaron con la masacre de aquellos que arremolinados frente a las puertas del Castillo pedían refugio, mientras los enfermos del hospital de Santo Spirito in Sassia eran muertos a lanzazos y a filo de espada.
  
Castillo Sant’Angelo, donde el Papa Clemente VII permaneció prisionero siete meses
 
La licencia ilimitada de robar y de asesinar duró ocho días, y la ocupación de la ciudad nueve meses. «El Infierno es nada en comparación colla veste che Roma adesso presenta», se lee en una relación veneciana del 10 de mayo de 1527, recogida por Ludwig von Pastor (Historia de los Papas, Desclée, Roma 1942, vol. IV, 2, p. 261). Los religiosos fueron las principales víctimas de la furia de los Lansquenetes. Los palacios de los cardenales fueron presa del pillaje, las iglesias fueron profanadas, los sacerdotes y monjes muertos o esclavizados, las monjas fueron violadas y vendidas en el mercado. Se observan obsenas parodias de las ceremonias religiosas, cálices de Misa usados para embriagarse entre blasfemias, hostias consagradas son rostizadas en sartenes y dadas en pasto a los animales, desacradas las tumbas de los santos, las cabezas de los Apóstoles, como la de san Andrés, usadas para jugar fútbol en las calles. Un asno fue revestido de hábitos eclesiásticos y conducido al altar de una iglesia. El sacerdote que rehusó darle la comunión fue descuartizado. La ciudad se vio ultrajada en sus símbolos religiosos y en sus memoriales sacratísimos (puede verse en André Chastel, El Saco de Roma, Einaudi, Turín 1983; Umberto Roberto, Roma capta. El Saco de la ciudad desde los Galos a los Lansquenetes, Laterza, Bari 2012).
    
Los lansquenetes (mercenarios), luteranos, se entregaron al saqueo y al libertinaje. (Cuadro “El Saco de Roma”, de Francisco Amérigo y Aparicio)
     
Clemente VII, de la familia de los Médici, no recogió el apelo de su predecesor Adriano VI a una reforma radical de la Iglesia. Martín Lutero llevaba diez años defendiendo sus herejías, pero la Roma de los Papas continuaba inmersa en el relativismo y el hedonismo. No todos los romanos eran corruptos y afeminados, como parece creer el historiador Ferdinand Gregorovius. No lo eran aquellos nobles, como Giulio Vallati, Giambattista Savelli y Pierpaolo Tebaldi, que enarbolando un estandarte con la enseña “Pro Fide et Patria”, opusieron la última resistencia heroica en el Puente Sixto, no lo eran los alumnos del Colegio Capranica, que marcharon y murieron en Santo Spirito para defender al Papa en peligro.
  
Clemente VII. San Malaquías de Armagh lo llama “Flos pilae aegrae” (La flor de las columnas enfermas), por pertenecer a los Médici (cuyas armas incluyen tres lises de oro) y porque durante su pontificado fue indolente, débil en lo espiritual y mal estadista, lo que redundó en crisis para la Iglesia.
   
A aquella hecatombe se le debe la atribución del título “Almo” a dicho colegio eclesiástico romano. Clemente VII se salvó y gobernó la Iglesia hasta 1534, afrontando el cisma anglicano sucedáneo al luteranismo, pero el presenciar impotente el saqueo de la ciudad, fue para él más duro que la misma muerte. El 17 de octubre de 1528, las tropas imperiales abandonaron una ciudad en ruinas. Un español, testigo ocular de los hechos, presenta un cuadro terrorífico de la ciudad a un mes del saqueo: «En Roma, capital de la cristiandad, no se tañe campana alguna, no se abre ninguna iglesia ni se dice Misa, no hay Domingo ni días de fiestas. Las ricas bodegas de los mercaderes sirven como caballerizas, los palacios más espléndidos están devastados, muchas casas incendiadas, en otras partes las puertas y ventanas arrancadas y destrozadas, las calles convertidas en letrinas. Es horrible el hedor de los cadáveres: hombres y bestias tienen la misma sepultura; hen las iglesias he visto cadáveres devorados por los perros. No sé con qué comparar esto, fuera de la destrucción de Jerusalén. Ahora reconozco la justicia de Dios, que no olvida aunque llegue tarde. En Roma se cometieron a plena luz todos los pecados: sodomía, simonía, idolatría hipocresía, engaño; por eso no podemos creer que fuera casualidad, sino por juicio divino» (L. von Pastor, Historia de los Papas, cit., p. 278).
 
El Papa Clemente VII comisionó a Miguel Ángel el Juicio Universal en la Capilla Sixtina, casi para inmortalizar el drama que padeció en aquellos años, la Iglesia de Roma. Todos comprendieron que se trataba de un castigo del Cielo. No faltaron los avisos premonitorios, como un rayo que cayó en el Vaticano y la aparición de un eremita, Brandano da Petroio, venerado por muchos como “el loco de Cristo”, que el Jueves Santo de 1527 (18 de abril), cuando Clemente VII bendecía en San Pedro a la gente, gritó: «Bastardo sodomita, por tus pecados Roma será destruída. Confiésate y conviértete, porque en 14 días la ira de Dios se abatirá sobre ti y sobre la ciudad».
  
Brandano da Petroio, “el loco de Cristo”, fue un ermitaño agustino de Siena que predicó la penitencia y profetizó en Italia, Francia y España
 
El año anterior, a finales de agosto, la armada cristiana fue derrotada por los Turcos otomanos en el campo de Mohács. El rey de Hungría Luis II Jagellón murió en batalla y el ejército de Solimán el Magnífico ocupó Buda. La ola islámica parecía imparable en Europa. 
  
Pero la hora del castigo fue, como siempre, la hora de la misericordia. Los hombres de Iglesia comprendieron cuán tontamente habían seguido las sendas de los placeres y del poder. Tras el terrible Saco, la vida cambió profundamente. La Roma alegre del Renacimiento se trasformó en la Roma austera y penitente de la Contrarreforma. 
  
Entre aquellos que sufrieron el Saco de Roma, está Gian Matteo Giberti, obispo de Verona, pero que residía en Roma para la época. Prisionero de los sitiadores, juró que si fuere liberado no abandonaría jamás su sede episcopal. Manteniendo su palabra, retornó a Verona y se dedicó con todas sus fuerzas a la reforma de su diócesis, hasta su muerte en 1543. San Carlos Borromeo, que será luego el modelo de los obispos de la Reforma Católica, se inspiró en él. 
  
San Carlos Borromeo, modelo de los obispos contrarreformistas.
  
También estaban en Roma Carlo Carafa y San Cayetano de Thiene que, en 1524, fundaron la orden de los Teatinos, un instituto religioso que era ridiculizado por su posición de intransigencia doctrinal y el abandono en la Divina Providencia hasta el punto de esperar la limosna, sin pedir jamás para sí. Los dos cofundadores de la orden fueron apresados y torturados por los Lansquenetes y escaparon milagrosamente de la muerte. Cuando Carafa devino en cardenal y presidente del primer tribunal de la Santa y Universal Inquisición romana, quiso junto a sí a otro santo, el padre Michele Ghislieri, dominico. Los dos hombres, Carafa y Ghislieri, con los nombres de Pablo IV y de Pio V, serán los dos Papas por excelencia de la Contrarreforma Católica del siglo XVI. 
   
El Concilio de Trento (1545-1563) y la victoria de Lepanto contra los Turcos (1571) demostraron que, aún en las horas más oscuras de la historia, con la ayuda de Dios es posibile el resurgir: pero el origen de este renacimiento fue el castigo purificador del Saco de Roma.

sábado, 12 de diciembre de 2015

HUMOR POLÍTICO: POLÍTICA EN LA ESCUELA

Se cuenta por ahí que una profesora de primero de ESO en una aldea vasca explica en clase que ella es de Batasuna (brazo político de ETA), y entonces pide que levante la mano todo el que también sea seguidor de Batasuna. Todos en clase, por temor a represalias por parte de la maestra, levantan la mano diciéndose abertzales, excepto una niña que estaba sentada el fondo de la clase. La profesora miró a la niña con sorpresa y le preguntó:
– Martita, ¿por qué no has levantado la mano?
– Porque yo no soy de Batasuna.
La profesora extrañada pregunto de nuevo:
– Vaya, y si no eres de ETA, ¿entonces con quién simpatizas?
– Con los españoles, respondió orgullosa la niña.
La maestra, cuyos fanáticos oídos no podían dar crédito a algo así, exclamó:
– Martita, hija mía, ¿qué pecado has cometido para ser españolista?
La niña muy tranquila le respondió:
– Mi madre es españolista, mi padre es españolista y mi hermano también es españolista, ¡por eso yo también soy españolista!, remató orgullosa y convencida la pequeña.
– Bueno, replicó irritada la profesora, pero eso no es motivo para ser españolista. Tú no tienes porque ser lo que sean tus padres. Por ejemplo, si tu madre fuera prostituta y drogadicta, tu padre vago, alcohólico y traficante y tu hermano atracador y homosexual, entonces, ¿tú qué serías?
– Seguramente de BATASUNA, respondió la niña.

LOS CONCILIARES NO DEBERÍAN CONVERTIR A LOS JUDÍOS (VATICANO)

La "Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo", adscrita al deuterovaticano Consejo para la Promoción de la Disolución de los Cristianos (quise decir, de la Unidad de los cristianos) publicó ayer el documento "Los dones y la llamada de Dios son irrevocables" (Rm 11:29) - Una reflexión sobre cuestiones teológicas en torno a las relaciones entre católicos y judíos en el 50 aniversario de "Nostra Aetete" (N°.4). En este documento largo e indigesto (como todo documento conciliar), destácase el numeral 40° que dice así:
Es fácil entender que la así llamada "misión a los Judíos", es para los Judíos una cuestión muy delicada y sensible, porque a sus ojos lleva implicada la existencia misma del Pueblo Judío. Esta cuestión se demuestra también ardua para los Cristianos, pues a sus ojos el significado de la universalidad salvífica de Jesucristo, y por consiguiente la misión universal de la Iglesia, tienen una importancia crucial. La Iglesia se ve así obligada a considerar la evangelización en relación a los Judíos, que creen en un sólo Dios, con unos parámetros diferentes a los que adopta para el trato con las gentes de otras religiones y concepciones del mundo. En la práctica esto significa que la Iglesia Católica [sic] no actúa ni sostiene ninguna misión institucional específica dirigida a los Judíos. Pero, aunque se rechace en principio una misión institucional hacia los Judíos, los Cristianos están llamados a dar testimonio de su fe en Jesucristo también a los Judíos, aunque deben hacerlo de un modo humilde y cuidadoso, reconociendo que los Judíos son también portadores de la Palabra de Dios, y teniendo en cuenta especialmente la gran tragedia de la Shoah
  
Y la prensa no tardó en hacerse eco de la declaración. La Agencia Judía de Noticias presentó este informe:
VATICANO: “LOS CATÓLICOS NO DEBERÍAN CONVERTIR A LOS JUDÍOS”
  
AJN.- “Un cristiano nunca puede ser un antisemita, especialmente por las raíces judías del cristianismo”, dijo un nuevo documento emitido por la Santa Sede. Esta es la primera vez que la iglesia católica repudia oficialmente intentos activos de conversión. También destaco que los católicos deben ser particularmente sensibles con el significado del Holocausto para los judíos 
 
Los católicos no deben intentar convertir a los judíos y deben trabajar con ellos para luchar contra el antisemitismo, dijo hoy el Vaticano en un nuevo documento que alejó a la iglesia aún más de las tensas relaciones de su pasado. “El cristianismo y el judaísmo están entrelazados y Dios nunca anuló su pacto con el pueblo judío”, dijo el documento de la Comisión de Relaciones Religiosas con los Judíos de la Santa Sede.
  
“Por lo tanto, la iglesia está obligada a ver la evangelización de judíos, que creen en un Dios, de una manera diferente a la que la ve la gente de otras religiones y del mundo”, remarcó. También destaco que los católicos deben ser particularmente sensibles con el significado del Holocausto para los judíos y prometió que hará “todo lo posible para repeler las tendencias antisemitas”. 
  
“Un cristiano nunca puede ser un antisemita, especialmente debido a las raíces judías del cristianismo”, agregó el escrito. Este coincidió con el 50º aniversario de una declaración revolucionaria del Vaticano que repudió la culpa colectiva judía ante la muerte de Jesús y lanzó un diálogo teológico que ha sido rechazado por los tradicionalistas.
  
Un importante funcionario del Vaticano dijo: “En términos concretos esto significa que la iglesia católica no conduce ni apoya a ninguna misión institucional específica dirigida hacia los judíos”. Además agregó que hay “un rechazo a la misión judía institucionalizada”, la cual busca la conversión, informó el medio israelí Ynet.
  
De más está decir que eso PRUEBA LA FALSEDAD DE LA IGLESIA CONCILIAR Y SU APOSTASÍA, ya que rechazan el positivo mandamiento de Jesucristo nuestro Señor, que dijo “Id, pues, y haced discípulos a TODAS LAS GENTES bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (San Mateo 28, 19-20), en favor de un respeto humano y la falsa doctrina de que el Antiguo Testamento sigue vigente, cuando el Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario significó el final de la anterior Alianza mil veces profanada, y el surgimiento del Nuevo y Eterno Testamento. Esta decisión de ellos es continuar sumando pecados a pecados contra los pérfidos judíos, pero su muerte eterna reclamará contra la secta del Vaticano II. Por nuestra parte, y como Católicos sedevacantistas que somos, ¡CONTINUAREMOS NUESTROS ESFUERZOS Y ORACIONES PARA QUE LOS JUDÍOS SE QUITEN LAS VENDAS Y RECONOZCAN A JESUCRISTO COMO EL ÚNICO Y VERDADERO MESÍAS!
  
¡CONCILIARES HIPÓCRITAS! Si el Antiguo Pacto sigue vigente como decís, ¿POR QUÉ NO GUARDÁIS LOS 613 PRECEPTOS DE LA LEY DE LOS JUDÍOS?

martes, 8 de diciembre de 2015

PRIMER ACTO "MISERICORDIADOR": "EXCOMÚLGUESE A QUIEN OSE CRITICAR A PACHO BERGOGLIO"

Comenzó entre bombos y platillos el "Año Santo de la Misericordia" de Bergoglio, homenaje al quincuagésimo aniversario de la clausura del Vaticano II. No está de más decir que nosotros NO ACEPTAMOS NI ACATAMOS ESTA INVENCIÓN CONCILIAR. Sin embargo, encontramos esta noticia que tomamos del blog acuerdista CATHOLICVS en que se muestra una polémica de un arzobispo conciliar que amenazó extender excomunión a los que critiquen a Antipapa Francisco, toda vez que quiere asimilar las críticas (verbales o escritas) a la violencia física contra el Pontífice.
 
En el Derecho civil o secular, la ley penal prohíbe las analogías en la tipificación de los delitos y las penas, como una garantía en favor del imputado frente al poder del Estado, y que una cosa es la vida y la integridad personal, y otra muy distinta es la honra como bienes jurídicos (por algo los Códigos Penales occidentales los tratan en capítulos separados). Y  el Derecho Canónico recoge estas mismas ideas.
  
Aparte, Bergoglio está excomulgado ipso facto y latæ senténtiæ, careciendo por ello de autoridad sobre el Cuerpo Místico de Cristo, por lo cual sus mandatos son nulos y sin efecto. Y las penas que decreta resaltan su estado de desnudez ideológica e impotencia espiritual (resalta que sea un laico juscanonista sea el que le reprocha esto a un clérigo), ya que dicta sentencia contra sí, como pasó con los hijos de Esceva, que queriendo dárselas de exorcistas, intentaron expulsar al demonio en nombre de “aquel Jesús que Pablo predica”, pero el demonio les contesta por boca del poseso “A Jesús lo conzco, y sé quién es Pablo, pero ¿quiénes sois vosotros?”, y se arroja sobre ellos, dejándolos desnudos, golpeados y humillados (cf. Act. 19:13- 16).
  
El Año de la Misericordia comienza con una amenaza de excomunión a quienes critiquen al “Papa” Francisco. Un reputado canonista estadounidense responde a la misma negando tal posibilidad
   
Salvatore “Rino” Fisichella, Arzobispo titular de Voghenza
  
S. E. R. Mons. Salvatore “Rino” Fisichella, Arzobispo titular de Voghenza, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, y uno de los obispos auxiliares de Roma, ha provocado una nueva controversia relacionada con la Santa Sede, al sugerir que algunas críticas al Papa Francisco podrían resultar en excomunión automática (latæ sententiæ).
 
El Arzobispo Fisichella hizo estas declaraciones durante una rueda de prensa dada en el Vaticano para explicar cómo operarán los nuevos “Misioneros de la Misericordia” del Papa Francisco. Los 800 “misioneros” tendrán el poder de absolver las penas [canónicas] previamente reservadas a la Santa Sede.
  
En referencia al Canon 1370, que impone la excomunión automática (latæ sententiæ) a quienes ejerzan “violencia física” contra el Romano Pontífice, el Arzobispo Fisichella ha afirmado:
Diría que tenemos que entender bien “violencia física”, porque a veces las palabras también son rocas y piedras, por lo que creo que algunos de estos pecados también están mucho más extendidos de lo que podríamos pensar.
  
Este comentario del Arzobispo Fisichella será interpretado por muchos como un intento de silenciar a los fieles católicos que están profundamente preocupados por la dirección que actualmente han tomado aquellos que tienen cargos en los más altos niveles de la Iglesia. En los últimos dos años y medio se han planteado serias preocupaciones en relación con:
  • La presunta manipulación del Sínodo Extraordinario de 2014 y del Sínodo Ordinario de 2015.
  • La publicación de la heterodoxa Relátio Sýnodi del Sínodo Extraordinario.
  • La publicación del heterodoxo Instruméntum labóris del Sínodo Ordinario.
  • La publicación de la heterodoxa Relazione Finale del Sínodo Ordinario.
  • Las reformas radicales en los procedimientos canónicos que rigen la declaración de nulidad del matrimonio.
  • La colaboración abierta entre la Santa Sede y los principales defensores mundiales del control de la población.
  • Las confusas observaciones hechas por el Santo Padre sobre quiénes pueden recibir la Sagrada Comunión.
  • Las confusas declaraciones hechas por el Santo Padre sobre la relación entre los preservativos y el sida.
  • Las confusas declaraciones y acciones del Santo Padre sobre el tema de la homosexualidad.
  • El respaldo, por parte de los organismos oficiales de la Santa Sede, de los “Objetivos de Desarrollo Sostenible” de la ONU (objetivos pro-abortistas y pro-anticoncepción).
  • El respaldo de la agenda ambiental en la carta encíclica Laudato Si', sin el suficiente reconocimiento de la profunda conexión entre el ambientalismo (ecologismo) y el movimiento de control de la población.
  • La pública y notoria conexión de Laudato Si' con los elementos más radicales del movimiento ecologista y pro-control de la población, y la discrepancia con la doctrina de la Humánæ Vitæ.
  • El nombramiento, ascenso o elevación a cargos eclesiásticos o a posiciones de influencia, por el Santo Padre, de muchos prelados abiertamente heterodoxos, incluyendo, pero no limitado a: el obispo Franz-Josef Bode, el Arzobispo Blaise Cupich, Godfried Card. Danneels, John Card. Dew, Walter Card. Kasper, el obispo Heiner Koch, Reinhard Card. Marx, Vincent Card. Nichols, Christoph Card. Schönborn y Donald Card. Wuerl.
  
A la vista de éstos y otros escándalos, los católicos tienen no sólo el derecho, sino también el deber de ofrecer respetuosas, pero enérgicas críticas. Este deber grave se describe en los Cánones 211 y 212 del Código de Derecho Canónico [N. del E. Refiérese al Código Wojtyliano de 1983, que es írrito, nulo e ineficaz para el Catolicismo, toda vez que Wojtyla NO FUE PAPA CATÓLICO]:
Can. 211: Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero.
  
Can. 212: § 1. Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia.
§2. Los fieles tienen derecho a manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos.
§ 3. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.
  
Por su parte, el conocido y reputado canonista norteamericano Dr. Edward Neal Peters* ha contestado en esta entrada de su blog (en inglés) a la mencionada amenaza:
Fisichella “estaba hablando en el contexto de las facultades para absolver las excomuniones automáticas (latae sententiae), y como hay excomunión automática contra quienes emplean la fuerza física contra el Papa (Canon 1370 § 1 del Código de Derecho Canónico vigente desde 1983), supongo que Fisichella podría estar pensando que el “lenguaje duro” contra el Papa es un delito canónico que hace a uno merecedor de la excomunión. Si cree eso, se equivoca”.
 
Edward Neal Peters, Doctor in utróque Jure (Civil y Canónico)
   
Peters puntualiza que el Canon 18… “…requiere que los cánones penales sean leídos en sentido estricto (es decir, lo más literalmente como sea razonablemente posible)”. También señala que “el Canon 1370 criminaliza ‘Physicam vim’ contra el Papa, no ‘verba aspera’ o variantes de la misma, y no conozco ninguna nota en el Código de Derecho Canónico que incluya las ‘palabras’ como una especie de ‘fuerza física’ en este contexto”. Por el contrario, Peters señala que cuatro notas del Código de Derecho Canónico “excluyen expresamente la ‘violencia verbal’ de la gama de acciones penalizadas en virtud del Canon 1370”.
  
Voz de la Familia y LifeSite, que han difundido esta noticia, confían en que los católicos en todos los niveles de la Iglesia seguirán cumpliendo con su deber de defender la fe católica en todo el “Año de la Misericordia” y durante los próximos años.
 
* El Dr. Edward Neal Peters, más conocido como Ed Peters, es Referendario (consejero) del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y Catedrático de Derecho Canónico del Seminario Mayor del Sagrado Corazón de la Archidiócesis de Detroit.

martes, 1 de diciembre de 2015

SATÁN CLAUS, UN ANTICRISTO DE TEMPORADA

Tomado de VATICANO CATÓLICO
 
Santa Claus, Papá Noel, Viejo Pascuero, Santi Cló o como se llame, ES OTRA ESTRATAGEMA DE SATANÁS EL MALDITO PARA DESTERRAR A JESÚS DE LA MENTE DE LAS PERSONAS DURANTE LA NAVIDAD.
       
A medida que el mundo se vuelve más y más oscuro, a medida que se aleja cada vez más de la sociedad católica, el verdadero significado de la Navidad va desapareciendo poco a poco ante los ojos del mundo. Sin embargo, no podría haber sido posible presenciar la plena difusión de esto sin el anticristo conocido como Santa Claus. ¿Qué es la Navidad para el mundo pagano moderno y la America pagana moderna? Se trata de un Santa Claus que reparte regalos a la gente. ¿Qué vemos a nuestro alrededor? Vemos que la gente se viste de Santa Claus en su estúpido disfraz.
    
Satanás sabe que no puede acabar con la celebración de la Navidad. Él también sabe que, siempre y cuando la Navidad sea celebrada, todo el mundo recordará profundamente a nuestro Señor Jesucristo, de quien casi todos se han olvidado. Cada año, cuando se acerca la Navidad, todos se recuerdan de nuestro Señor Jesucristo, les guste o no. Ya sea un gran pecador que ha dejado de practicar la fe católica o un judío que intenta olvidarse de Cristo para no tener que creer en Él, todos pensaban en Jesucristo en cada Navidad… al menos hasta cuando se creó el Satán Claus.
 
Aunque mal le pesa al mundo, el recuerdo del Primer Advenimiento de Cristo está inevitablemente presente en la Navidad.
   
En vez de deshacerse de la Navidad por completo, que sabe es un intento inútil, Satanás inventó una de la más ingeniosa de sus diabólicas ideas hasta el momento: sustituir a Jesús con Santa Claus. Su plan ha sido asombrosamente exitoso al punto que, ahora donde se habla de la Navidad, en la mayoría de los países, casi todo gira en torno a Santa Claus. Jesús apenas es mencionado, y el público en general ni siquiera piensa lo incongruente que es todo esto. Santa Claus ha sustituido exitosamente a Jesús especialmente en las vidas de incontables niños. Esta sustitución anticristiana es quizás más identificable en la famosa canción, “Santa Claus is coming to town” (o sea “Santa Claus llegó a la ciudad”). La letra dice:
   
Mejor cuídate
Mejor no llores
No pongas mala cara
Te diré por qué
Santa Claus llegó a la ciudad
   
Pero detengámonos un momento… ¿quién es el que llega a la ciudad en Navidad? Es Jesucristo quien viene a la ciudad, por supuesto. Es Jesucristo el que llega al mundo en Navidad, razón por la cual celebramos la fiesta navideña. Pero aquí se nos dice que es Santa Claus quien de hecho llegará. Es muy obvio que Santa Claus es un falso Cristo. En realidad él es Satán Claus. Además dice la letra de la canción:
   
Él [Santa Claus] escribe una lista
Y la revisa dos veces
Para ver quién ha sido malo o bueno
Santa Claus llegó a la ciudad

Esta niña ha visto lo que en realidad es "Santa Claus": SATÁN
    
Él sabe cuándo duermes
Él sabe cuándo despiertas
Él sabe cuándo has sido malo o bueno
Así que deberías ser bueno
    
Vemos aquí que Santa Claus está investido con poderes sobrenaturales. Santa no sólo es capaz de volar milagrosamente y repartir regalos a todos en el mundo, sino también conoce tu consciencia; razón por la cual deberías ser bueno. En otras palabras, Santa Claus no solamente es el único que llegará en la Navidad en vez de Cristo, sino que también es el ‘dios’ a quien deberás dar cuentas por tu conducta.
    
Las personas dicen que Santa Claus es simplemente una representación de San Nicolás. Pero sólo podemos ver una similitud entre el Santa Claus moderno y San Nicolás. Con el fin de ayudar a una familia pobre en sus necesidades (cuya pobreza estaba causando algunos graves problemas espirituales), el verdadero San Nicolás visitó en tres ocasiones la casa de la familia a media noche, y lanzaba una bolsa de dinero a través de la ventana (El Año Litúrgico de Dom Prosper Gueranger, p. 341).

La tradición cuenta que San Nicolás se compadeció de un hidalgo de la localidad de Patara, que habiendo caído en la más absoluta miseria se había visto obligado a prostituir a sus tres hijas. Para remediarlo, San Nicolás echó tres bolsos llenos de oro, en otras tantas noches por la ventana del cuarto donde dormía aquel padre desnaturalizado, con lo que proveyó el remedio oportuno. (Fresco de la iglesia San Zenón, en Verona)
   
Esto ayudaba a la familia espiritualmente como también en lo material. No obstante, de esta única similitud, Satanás inventó el Santa Claus de hoy en día, que en efecto ha reemplazado a Jesucristo en Navidad. Y las familias ‘cristianas’ permiten que esto ocurra bajo el pretexto de que Santa Claus representa a San Nicolás.
   
Representa para el verdadero San Nicolás un insulto el que lo equiparen con el engendro diabólico de Santa Claus, y que con él quieran usurpar a Jesucristo en la Navidad.
  
Los cristianos católicos deberían ver claramente que Santa Claus es un falso dios, un ídolo, un falso Cristo, un Anticristo inventado por Satanás para sustituir al Niño Dios, nuestro Señor Jesús. Siendo ese el caso, Santa Claus claramente es una de las cosas más reprensibles en el mundo moderno. Ningún cristiano debería enseñarles a sus hijos o hijas sobre este ídolo. Ningún católico debería promover esta mofa anticristiana de la Navidad.
    
Y ningún cristiano (por supuesto) debería colocar galletitas para Satán Claus ni nada que tenga que ver con él. Sin embargo, es indudable que muchos ‘católicos’ e incontables herejes sustituirán a Jesús por Santa Claus en esta Navidad.